viernes, 14 de noviembre de 2014

Falsos amigos


"Viví en Cataluña cinco años y mi hija vive en Cataluña. No conozco ni una sola persona que quiera separarse de España". Tal como Mario Vargas Llosa ha puntualizado, lo que dijo no fue eso, sino que en los cinco años en que residió en Barcelona (principios de los setenta) apenas tuvo noticia de catalanes que fueran partidarios de separarse de España.

En las postrimerías del franquismo, en efecto, el separatismo era residual, y lo siguió siendo en los primeros compases de la joven democracia española. No en vano ninguno de los partidos catalanes con probabilidad de representación acudió a los primeros comicios con la consecución de la independencia estampada en el programa. No la llevaba el PSUC ni, por supuesto, el PSC (el derecho de autodeterminación de los pueblos era una criatura más alusiva al Sáhara que a Cataluña). Tampoco Convergència ni su antecesor, el Pacte Democràtic per Catalunya, asumieron jamás la independencia como objetivo programático. De hecho, la ilegitimidad del actual embate soberanista deriva, en parte, de que CiU no ha incluido ese punto en programa electoral alguno. Y el único documento congresual en que ha hablado de independencia (afirmando su voluntad de "legar al porvenir una Cataluña libre, justa e independiente") data de marzo de 2012, esto es, fue aprobado anteayer. Pero esta enmienda, insisto, no ha sido sometida al crudo sufragio, por lo que, en puridad, el único partido declaradamente independentista ha sido y es ERC, que en 1988, con Joan Hortalà como candidato, apenas reunió el 4% de los votos del electorado catalán.

El revelado de la tinta simpática no deja de ser descorazonador: cuanto más justificado estaba que hubiera nacionalistas, menos nacionalistas hubo. En cualquier caso, en el mentís de MVL que hoy publican los diarios hay una flagrante inexactitud respecto al titular de ayer, un mal uso de la sinonimia que, a mi modo de ver, ilustra cuanto tiene de trilero el soberanismo. "Vargas Llosa precisa que conoce a 'bastantes' independentistas catalanes", leemos en La Vanguardia. Ciertamente, se hace cada vez más difícil no conocer a alguno. Ahora bien, MVL no habló de "independentistas", sino de "personas que quisieran separarse de España". Y ahí ya no hay tantos. Porque una cosa es la fanfarria y otra la realidad; una cosa es engolfarse en un referéndum de pega y otra dejar a ciegas a tres generaciones de catalanes a los que, dicho sea de paso, no les quedará ni el consuelo de golear al Madrid.


Libertad Digital, 13 de noviembre de 2014

Una velada particular


La proyección de Gente que vive fuera se frustra por problemas técnicos y ahora el director del film, Arcadi Espada, deambula por un paisaje en que el cansancio limita con la melancolía. "Me ha pasado lo peor que me podía pasar: quedarme sin lectores". Tratamos, en vano, de consolarle. La única que no lo intenta, sabedora de la inutilidad del gesto, es su esposa. Qué curioso. La inacción como expresión del amor. A mi lado tengo a Cayetana Álvarez de Toledo, a la que había conocido dos días antes en el pase de prensa del documental. Me agradece, como envolviendo las palabras en una caricia, el artículo que he escrito en Libertad Digital sobre la película. Dudo si decirle que leía devotamente sus columnas en El Mundo, que, ahora que lo pienso, ocupaban el mismo rincón del periódico que hoy ocupan las de Arcadi. No sé si llegaron a coincidir. A mi derecha tengo a Andrea Martínez, Audrey, que ha venido acompañada del profesor Ferran Toutain. Tenía ganas de conocer a Ferran. Hablamos de su Sobre l'escriptura, el único manual del que he aprendido algo sobre el oficio de escribidor. En realidad no se trata de un manual, sino de un ensayo. La precisión es de Ferran. Me he nutrido tanto de ese libro que, a afectos prácticos, lo tengo por un manual. Afectos, sí, mejor así. Pero Sobre l'escriptura es también un informe: un informe ambicioso y delicado sobre los efectos (aquí sí, con e) de la Logse. La propensión de Ferran a ahondar en la incompetencia general del alumnado desborda los textos. "Hay quien te dice: 'Pues yo no estoy de acuerdo con Platón'... o 'Los griegos eran un poco machistas, ¿no?'". Reímos, claro. Y pedimos una copa. La camarera es una de esas petardas que creen que puede tratarte mal porque pronto presentará un telediario. Todos piden gintónic. Todos menos yo, que pido un Jameson. No descarto que sea por joder. Espada ha intentado que le sirvieran el gintónic en un vaso corto. "O en copa o en vaso de tubo", responde Sara Carbonero. Hoy todo es en vano. También está Laura Fàbregas, redactora de Crónica Global, y de la que no sabía que anduviera por Madrid. Su novio, nos cuenta ("Mi compañero", dice ella, sintagma tan enternecedoramente progre que motiva la chanza de Audrey); su novio, decía, está cursando el máster de El País y, claro, ella se ha trasladado con él a la capital. En realidad no hablamos en castellano, sino en catalán. Un catalán pulquérrimo, sí, pero que, dada la ausencia de connotaciones, se nos hace raro, o al menos a mí se me hace raro, acostumbrado como estoy a que el catalán sea, además de una lengua, una conducta. La velada resulta de lo más agradable y Arcadi se va reponiendo, aunque sólo para meditar sobre su frustración. "Usted no se ría porque también ha fracasado", me dice. Resulta que, en el pase de prensa de Gente que vive fuera, no me percaté de que si no había créditos fue por la negativa de quienes trabajaron en el film a que aparecieran. No quisieron. Por miedo. A que no les dieran trabajo. En Cataluña. Y yo no lo vi. Vuelvo a Toutain, con el que hablamos de los Stones, y del que fuera batería de los Who, Keith Moon. Y entonces dice:


-Somos fachas.

-¿Perdona?

-Eso, que somos fachas. Fascistas. Nosotros.

¿No es maravilloso?


Libertad Digital, 11 de noviembre de 2014

Catalanes todos

La cabina de cartón (fragmento), por Giovannini
No ha de sorprendernos que el Gobierno no haya movido un dedo para impedir la extinción del Estado. No, si tenemos en cuenta que ni siquiera ha habilitado una web desde la que hacer pedagogía de España. Una maldita web. Hoy, en lo que bien cabe tildar de fracaso orgánico, una parte de la población catalana, hechizada por 40 años de irradiación nacionalista, ha participado en un pucherazo organizado por Artur Mas. Ahí estaba el pueblo en su más gregaria encarnación, guardando cola con mansedumbre de zombi para rendir la papeleta que convierte en extranjeros, de una tacada, a millones de catalanes. Desde luego, todos y cada uno de los votantes merecerían esa plaga bíblica a la que llaman 'independencia', y cuyo único sustento argumental es la convicción de que sin el resto de los españoles la vida les será más propicia. Un conjuro medieval de raigambre xenófoba, en efecto: nosaltres sols. Tan sólo en otra ocasión he percibido este desamparo. Fue durante los días 11, 12 y 13 de julio de 1997.

Pero no conviene llamarse a engaño. La mayoría de los españoles no han mostrado sino indiferencia ante la posibilidad de una secesión. Paradójicamente, cualquier ínfima trifulca suscita mayor compromiso y agitación ciudadanas que el quebrantamiento de la ley que, mal que bien, ha propiciado el mayor periodo de paz y prosperidad en la historia de España. Es bastante probable que algunas de las amenazas que se ciernen sobre el régimen que nos dimos tras el franquismo estén más relacionadas con esa bonanza que con la crisis. Sea como sea, con el Estado ocurre lo que con los árbitros: vejarlos es más excitante que defenderlos, por mucho que sin ellos no haya partido.

Con todo, si el desistimiento de la ciudadanía es susceptible de una justificación, digamos, sociológica, el del Gobierno es, lisa y llanamente, pura incompetencia. En el peor de los sentidos, además: el literal. Parece oportuno que los eurodiputados de Ciudadanos y UPyD cursen una denuncia ante las autoridades comunitarias, y que sea Europa quien abra un expediente sancionador contra el Gobierno de España por haber tolerado el atropello. En la confianza de que si ser español no "tiene efectos jurídicos", al menos los tenga ser europeo.


Libertad Digital, 9 de noviembre de 2014

jueves, 6 de noviembre de 2014

Una vergüenza secular


Al encenderse las luces todavía aletea en la sala el eco de las últimas palabras de Félix de Azúa: "Quiero que me entierren en Madrid". Ésa es también la voluntad de Albert Boadella, quien hace siete años emprendió un singular proceso de descatalanización por el que se fue despojando de todos y cada uno de los atributos que aireaban su pertenencia al terruño, incluido el idioma, "origen", sostiene, "de nuestros males". Ambos protagonizan, junto con Federico Jiménez Losantos y Xavier Pericay, Gente que vive fuera, un relato polifónico sobre el totalitarismo en que su autor, Arcadi Espada, ha tratado de plasmar "lo que hace el nacionalismo con las personas". Aparten a las criaturas.

Boadella sostiene que eso que llaman cultura catalana es "una absoluta ficción"; no en vano, "es el talento el que se vuelca en las lenguas, no las lenguas en el talento". A Pericay le incomoda el ambiente, es decir, las esteladas en los balcones, alguna que otra conversación oída al vuelo o ese omnipotente foco de irradiación que es TV3. Félix de Azúa cree "interesante" que Mas declare la independencia desde un balcón, en la esperanza de que ese gesto induzca una respuesta del Estado. La clase de afirmaciones, en fin, que serán exhibidas por el nacionalismo rampante como se exhibía en Bañolas al negro de Botsuana.

Las palabras de los personajes tienen como telón de fondo una serie de abruptas antipostales de la Ciudad Condal en que se aprecia un vago afán alegórico, y que actúan, en cualquier caso, como descansillo meditativo. Este poemario cuasi brossiano constituye una operación simbólica que pretende trasladar al cine el aire de los periódicos. También aquí, en efecto, hay noticias. Así, De Azúa cuenta que en cierta ocasión un alto cargo de CDC le confió que, veinte años atrás, en un cónclave del partido, captó una conversación entre Marta Ferrusola y Jordi Pujol que, a la luz de los últimos sucesos, bien cabe tildar de premonitoria. "Els nostres fills aniran a la presó", le advertía él. Y FJL narra cómo le ofrecieron matar al one-hit wonder del terrorismo que le descerrajó un tiro en la pierna. Y que declinó la oferta."Yo mataría a Hitler, no a un mamarracho". El disparo no se oye, se ve: tras la rememoración de FJL, una bandada de palomas estalla en el cielo, en un plano que acaso restituye el único punto de vista admisible en el relato de un atentado, de cualquier atentado: el de la víctima; en este caso, un filólogo que se juró que no sería menos que nadie por el hecho de ser español y que ahora, al ver manar la sangre, aún consciente, teme morir desangrado. "¿Y si la bala me ha desgarrado la arteria?", se sigue preguntando.

Con todo, el film encierra un triunfo inapelable. Vean por qué. A FJL le tirotearon, a Boadella le boicotearon; De Azúa no quiere que el profesorado catalán, vivísima destilación de 30 años de pedagogía del odio, tenga el menor roce con su hija. En cuanto a Pericay, una noche fue al teatro y, al salir, se dio cuenta de que ya nada le retenía en Cataluña. Atrás quedaba su vano intentó de vivir del catalán sin ser nacionalista. Y se largaron, sí, mas Cataluña y sus lúgubres adherencias no han sido óbice para que hoy, además de influyentes profesionales, sean tipos razonablemente felices.

Tan razonablemente que ni siquiera caen en la tentación sentimental. Pericay: "Mi Barcelona son ahora cuatro amigos". FJL: "Fui feliz en Barcelona, sí; pero, ojo, también lo fui de crío en Teruel". De Azúa: "Me gusta ser madrileño y que me pongan una tapa con la cerveza, qué demonios, y criticar esos absurdos parquímetros en que uno ha de teclear la fecha de nacimiento de su abuela". Boadella: "Tengo un gran recuerdo de lo que fue el paisaje de mi enamoramiento, pero vaya, lo importante fue el enamoramiento". Entre tanto, unos bañistas tientan las aguas de Barcelona y el mar se descompone en un destello infinito, cegador.


Libertad Digital, 5 de noviembre de 2014

Brazos caídos


Como deben de haber leído, ayer, en el Parlamento de Cataluña, un grupo de invitados del Partido Popular pertenecientes al Movimiento 12 de Octubre fueron desalojados del gallinero en el que, siquiera moralmente, se hallaban instalados. Mientras desfilaban, uno de ellos, el más bravucón, se volvió hacia el hemiciclo y alzó el brazo hasta disponerlo en un ángulo de 45 grados, pero sin afectar la convicción que cabría esperar de un verdadero fascista: no en vano, al punto se retractó y lo que, en efecto, parecía una efusión joseantoniana devino en un índice absurdamente enhiesto tan susceptible de aderezar el "Se va, se va" de la cabaña tunera como el "Adiós amigos, good bye my friend" de la Carrà. Decididamente, el facherío español ya no brinda ejemplares como los de antaño.

El catalán, en cambio, goza de una salud espléndida. En la misma sesión en la que el fascista retráctil dejó su muesca, el diputado cupaire David Fernández hizo una pausa en su discurso para encararse con Albert Rivera y exclamar: "¡Libertad Arnaldo Otegi, secuestrado por el Estado!". Con el neovocablo secuestro (perteneciente al mismo glosario que Ministerio del Amor o Policía del Pensamiento), Fernández aludía a la condena del dirigente nacionalista por pertenencia a ETA.

Los grupos ERC, PSC e ICV-EUiA no tardaron un segundo en condenar la marcialidad (contrita) del invitado del PP. Así, la portavoz de ICV-EUiA, Dolors Camats, denunció en la Mesa del Parlament "el hecho gravísimo que ha tenido lugar este miércoles cuando un invitado ha hecho el saludo fascista durante la sesión plenaria". Y Junqueras, que por algo es historiador, recordó que el saludo fascista "fue introducido en España por los falangistas", sin caer en la cuenta de que en la Península hubo siete siglos de dominación romana y que, muy probablemente, así, a la romana, saludaban las legiones desde Emporión a Gades. Aunque, como hizo notar la diputada Carina Mejías no hace mucho, para el soberanismo catalán (y es probable que para dos generaciones de escolares catalanes) la Historia Universal de la Humanidad no brindó ningún suceso reseñable hasta 1714.

En cuanto a Fernández, y como ya es norma de conducta en la comunidad del "Ustedes que pueden dialoguen", ninguno de los representantes que se habían roto la camisa ante el brazo incorrupto del hooligan se abrió las carnes por que los caracteres de su tuit fueran, en realidad, de plomo fundido.


Libertad Digital, 30 de octubre de 2014

lunes, 27 de octubre de 2014

Desobediencia civil


Este verano remozaron el patio interior de la finca y, mientras duraron los trabajos, los vecinos hubimos de poner a secar la colada en los balcones exteriores, que en nuestra escalera es un humilde pleonasmo. Como quiera que en julio pasé unos días fuera de Barcelona, al regreso no me percaté de que la faena había llegado a su fin y seguí aireando la ropa donde no correspondía. Al punto, el presidente de la comunidad sancionó mi actitud mediante una nota en el ascensor en que me advertía de que la normativa prohibía tender ropa en los balcones. El escrito no se dirigía a mí de modo explícito, pero me bastó echar un vistazo a nuestra fachada para constatar que, en efecto, yo era el único vecino que tenía ropa en el balconcillo (no sobre la barandilla, sino en un tendedero portátil que compré a tal efecto al comienzo de las obras en el patio interior). Síganme: esto es una columna política y no, no me he vuelto loco. Todavía no.

Cuatro días después del aviso, y ante mi palmaria insubordinación, llamaron al timbre. Era el presidente de la comunidad, que se había hecho acompañar por otro vecino al que presentó, con presunción notarial, como su secretario. Dado que hace apenas unos meses que vivo en la finca, encarrilaron la charla dándome la bienvenida y recordándome que estaban a mi entera disposición. Por un instante, me recordaron a esos periodistas que arrullan de primeras al entrevistado para, una vez que lo tienen ablandado, saltarle a la yugular.


-Verá, también queríamos hacerle una observación.


-Díganme.


 -Supongo que vio la nota en el ascensor.


-La vi, sí.


 -¿Y bien?


 -¿Les importaría que bajáramos a la calle? Me gustaría mostrarles algo.


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Accedieron a mi petición, no sin antes cruzar una mirada recelosa.

Ya en la acera de enfrente, desde donde teníamos una mejor perspectiva, les pedí que observaran la fachada.
-Sí, claro, a eso nos referíamos, a la ropa que tiene usted tendida en el balcón. El caso es que la normativa lo prohíbe.


-Por estética -me aclaró el vicepresidente.


-Me consta, sí, pero, ¿qué me dicen del tercero segunda, el quinto primera y el ático segunda? ¿O acaso no es ropa lo que cuelga de esos balcones?


 -No, perdone, ropa no es; son banderas independentistas.


-En lo que a mí respecta, trapos.


 -¡Hombre, no es lo mismo!


-O sea, que tender la colada en el balcón es una aberración, pero tender una bandera independentista, no. ¿Es eso?


Dejé a mis convencinos colgados de la brocha y mientras me alejaba volví de nuevo la vista a la fachada. Era Magaluf. Y lo que es peor, con ínfulas.


Libertad Digital, 23 de octubre de 2014

lunes, 20 de octubre de 2014

El golpe infinito



Corría el año 1987 y algunos de nosotros habíamos empezado a tentar el lujo, que por entonces se medía en discos, ropa y hachís. Nuestros padres habían tratado de inculcarnos una actitud franciscana, acaso acorde con la condición de estudiantes, pero el consumismo más rijoso nos había nublado el juicio y no veíamos el momento de tocar pelo. Tras algunos escarceos en la inmundicia laboral, nos dimos de bruces con la evidencia de que ni el buzoneo ni la mensajería alcanzarían para sufragar mocasines Doc Martens, conciertos en Zeleste y huidas a Madrid. Una tarde de noviembre Gemma puso fin a la melancolía.

-Vamos a dar un palo.

-¿Un palo? ¿Dónde?

-En una panadería del barrio. Bueno, del barrio del Jordi.

Gemma, su novio Jordi y otros tres amigos llevaban un tiempo acechando a la propietaria de un horno-pastelería que rendía pingües beneficios. Cuando menos, eso le había asegurado a Gemma un conocido que trabajaba en la sucursal donde, cada viernes al mediodía, la panadera ingresaba en torno a las trescientas mil. Se trataba de asaltarla en el trayecto del horno al banco y hacerse con el fajo.

-No habrá violencia, eso ya lo tenemos hablado. La cosa es pegarle cuatro gritos.

-Cuatro gritos.

-Y si hace falta un par de hostias.

En los días sucesivos no dejamos de desmigar el plan, al que se fueron adosando excitantes contingencias, como el riesgo de un chivatazo o la condena que cabría esperar en caso de detención. La Navidad aplazó el acaloramiento, si bien en aquellos días de muérdago y cabalgata nuestros anhelos estaban ya, aun de forma sigilosa, confundidos entre cruasanes y ensaimadas.


No retomamos el hilo hasta bien entrado febrero. Una fiesta de carnaval trajo hasta nuestro instituto a Jordi y a sus tres amigos. Fue Torras quien templó, paró y mandó.

-Gemma nos ha dicho que estáis al corriente.

-Algo sabemos.

-Hará falta más gente, ¿os apuntáis?


-...

-Si es que no, punto en boca y cada uno a lo suyo.

-...

-Si es que sí, cojonudo.

M. se internó hasta la línea de fondo:

-¿A cuánto tocaríamos?

-Si todo sale como tiene que salir, setenta papeles por cabeza.

Como el lector habrá advertido, como yo mismo advertí tantísimos años después, los conjurados empezamos a adoptar, desde primerísima hora, la sintaxis de las películas: "No habrá violencia", "Estáis al corriente", "Setenta por cabeza"... Visto con perspectiva, creo bastante probable que esa clase de automatismos nos pusieron, siquiera ilusoriamente, en la senda del buen atraco, que fueron, por decirlo con el lenguaje de nuestros días, nuestra hoja de ruta. Ni siquiera faltó el "¿Y tú qué vas a hacer con el dinero?". Yo mismo se lo pregunté a M. días más tarde, tras regresar de una de las primeras guardias frente a la panadería:


-Me iré a Jamaica.

-¿A Jamaica? ¿Con setenta nardos? Te hará falta un poco más.

-Me haré otra panadería.

Fue la primera vez que alguien empleaba ese verbo, 'hacerse', que no sólo nos hermanaba con la tradición que iba de la Trini a La Mina y el Torete al Vaquilla; también llevaba larvada la posibilidad de que atracar panaderías fuese un oficio seriado, cotidiano, honorable. Las guardias frente a la panadería, por cierto, tenían por objeto cronometrar lo que tardaba la dueña en ir del local al banco. Ahora bien, ni siquiera hoy en día ninguno de nosotros sabría decir para qué hacía falta ese dato; tampoco Torras, que fue quien propuso el cronometraje.

Solíamos reunirnos en un bar del centro para repasar lo que, llegado un punto, empezamos a llamar el ‘dispositivo’. Nos impusimos la cautela de no beber demasiado y no tomar notas, aunque mi precaución favorita fue la de abandonar el bar en grupos de no más de cuatro personas. No más de cuatro, sí; mediado el mes de febrero, la banda había incorporado a otros ocho miembros y estábamos pendientes del fichaje de un tipo de Hospitalet que, al decir de su reclutador, había participado en un atraco, por lo que pasó a ser el ‘especialista’.


-Padece del corazón.

Hacia San José, Gemma convocó una reunión extraordinaria para poner sobre la mesa un imprevisto. Al parecer, y según había oído por boca de la misma panadera (Gemma se dejaba caer cada tarde por la panadería para tratar de 'cazar algo'), ésta sufría una afección cardíaca que la obligaba a someterse a una intervención a mediados de verano.

-Imaginaos que la espicha de un infarto.

"Repite lo que oíste en la panadería con toda la exactitud de que seas capaz", dijo alguien, abriendo así un flanco, el del criterio clínico, que nos llevó a consultar manuales de cardiología. Después de todo, y parafraseando al Clooney de Abierto hasta el amanecer, tal vez fuéramos unos cabrones pero no unos cabrones hijos de puta.

A finales de marzo, la banda contaba ya con 20 bandidos, por lo que las reuniones en que repasábamos el dispositivo pasaron a celebrarse en el bar de un centro cívico. Ya salvada la afección cardíaca de la panadera (decidimos, en votación a mano alzada, que estaba aquejada de una arritmia extrasistólica; nada que le impidiera sobrevivir a cuatro gritos bien pegaos; eso, ‘cuatro gritos bien pegaos’, cristalizó como explicación a los neófitos cuando éstos preguntaban por la clase de intimidación de que nos valdríamos); salvada la afección, en fin, un recién incorporado planteó una cuestión en la que nadie había caído, cual era la fecha idónea para dar el golpe. Al decir del nuevo, ‘lo suyo’ era la semana del lunes de Pascua, pues las monas doblarían o triplicarían la recaudación habitual.

Ni que decir tiene que tampoco en Pascua dimos el golpe. Por un lado, ignorábamos si la vieja (la panadera fue la ‘vieja’ desde el minuto 0) efectuaría el ingreso ese mismo martes o esperaría al viernes, y nos habíamos jurado que no improvisaríamos más allá de lo razonable. Por otro, fuimos inclinándonos por la presunción de que no habría mejor día que el de la verbena de San Juan, con sus cocas de frutas y de chicharrones. Poco antes de San Juan, y en la que debía ser la última reunión antes del Gran Día, nos percatamos de la presencia entre nosotros de dos extraños que, al ser preguntados, respondieron si no éramos nosotros los del taller de juego de rol. En el afán de que no se fueran de la lengua, los aceptamos en el grupo, por bien que ello comportara instituir una doble lectura o acaso dos niveles de realidad: para unos, todo siguió siendo verdad; para otros, nada dejó de ser mentira. Afortunadamente, esta otra eventualidad conllevó una nueva demora, y ya en julio, ante la inminencia de la operación de la vieja, nos vimos obligados a aplazar al palo hasta su restablecimiento.

Han pasado 27 años y aún hoy, en las cenas de ex alumnos, dedicamos la sobremesa a pulir algún que otro detalle, en la convicción de que nada, ni siquiera el golpe mejor, habrá de superar el goce sin cuento de su filón literario. El especialista nunca apareció. Jamaica sigue esperando a M.



Jot Down Nº 8 Fundido a negro, agosto de 2014