lunes, 1 de septiembre de 2014

Libro y rasguño



Hubo un tiempo en que quise ser Jaume Vallcorba. No Jorge Herralde, Beatriz de Moura o Mario Muchnik; no, a quien yo quería emular en el oficio de editor era a Jaume Vallcorba. Antes de empezar a reconocer su trazo en el aparato crítico con que envolvía los clásicos, o en el uso de guardas rojas (a juego con el remate de las cubiertas) o en el gramaje cuasi bíblico del papel; antes, en fin, de rendirme a su 'modus operandi' con el embeleso con que ciertos detectives identifican a un criminal exquisito, antes, digo, tan sólo quería ser editor. Editor sin más.

En la tentativa de ser Vallcorba, me inscribí en un curso de posgrado del que únicamente sabía que el propio Vallcorba impartía una de las sesiones. A él, nos dijo, le tildaban de exquisito como si serlo fuera un defecto, y aun llegaron a atizarle con la palabra por el procedimiento de anteponer el artículo determinado. 'El exquisito', ese retintín. Es cierto, continuó, que tengo fama de pulcro, de exigente, pero no me tengo por un caprichoso. Veréis, para mí la página de un libro es como la pantalla de un cine: un lugar en el que ha de 'proyectarse' un texto. Del mismo modo que un rasguño en la pantalla de un cine resta entidad a la película, un libro compuesto defectuosamente puede relegar al texto a un segundo plano. La misión del editor, así, es atenuar el ruido hasta convertir el libro en un objeto invisible. La elección y manejo de los tipos, el blanco roto -apenas ahuesado-, el uso de titulillos o running heads (en el lado izquierdo, el capítulo; en el derecho, la parte del capítulo), el folio centrado al pie... Nada es fruto del azar ni del capricho. La consideración de esos elementos (cuya presencia sólo incumbe al editor, pues para el lector han de ser indetectables) sirve al propósito de que el lector se centre en la tarea para la cual se le ha convocado. Es fama que los mitos, para que lo sigan siendo, han de permanecer a buen recaudo en una morada celestial. Aquella tarde, no obstante, Vallcorba salió indemne del roce.

La mayoría de las necrológicas que he ido leyendo desde el sábado glosan el esmero que el maestro ponía en su trabajo, y que trató de inocularnos durante aquella jam session en la Universidad Pompeu Fabra, de la que fue profesor hasta 2004. Sin embargo, muy pocos artículos, por no decir ninguno, han subrayado un rasgo primordial, principalísimo, de la biografía de Vallcorba: el éxito comercial. Es verdad que Carles Geli ha aludido a ello en El País al hablar de su afición por la velocidad, que le llevaría a pilotar (pilotar, sí; a Vallcorba le chiflaba el olor a caucho y alquitrán por las mañanas) un Alfa Romeo, primero, y un BMW después. Y que Malcolm Otero, en El Mundo, se ha referido de pasada a su fino paladar para los vinos y el tabaco. Bien, si hubo deportivos y exquisiteces fue porque hubo dinero, esto es, ventas a cascoporro.

De hecho, lo que ha hecho de Vallcorba una rara avis del sector editorial no es tanto la ambición intelectual de su obra cuanto el hecho de que convirtiera esa ambición en un negocio. Lo atestiguan las 7 reimpresiones de las Memorias de ultratumba de Chateaubriand (4 volúmenes en una caja, un formato, yeah, más propio de rock'n'roll stars que de literatos del XIX), las 7 de Los ensayos de Montaigne, las 3 de Vida de Samuel Johnson... No eran libros baratos: a 58 euros los dos últimos y 84 euros el primero, aunque dada la valía de los objetos tampoco puede decirse que fueran caros.

A este respecto, se ha dicho, con cierta precipitación, que Vallcorba era contrario a las subvenciones. No es exacto. Tanto El Acantilado como Quaderns Crema se han beneficiado de ayudas de los más pintorescos organismos estatales y paraestatales. Por lo general, se ha tratado de ayudas a la traducción. No en vano, el cariz monumental de las empresas de Vallcorba ha exigido, en algunos casos, que el traductor o traductores se apartaran del mundanal ruido para dedicarse exclusivamente, y casi en régimen monacal, a Montaigne, a Zweig, a Pessoa, a Chateaubriand. Entre otras razones, porque, contrariamente a la creencia de ciertos liberales, el dinero privado, menos aún si es español, no está para según qué asuntos. No, Vallcorba no fue renuente a las subvenciones per se. Lo que contrariaba a Vallcorba era que, con el pretexto de preservar una lengua, o de salvar una patria, la Administración subsidiara excrecencias folklóricas. Es el caso, claro está, de Cataluña, sobre el que Vallcorba jamás se cansó de alertar.

Tal vez precisamente por eso (aunque no quepa descartar la incuria) la última condecoración que Vallcorba recibió en vida fue la de la Generalitat de Cataluña, que hace tres meses le distinguió con el Premio Nacional de Cultura. Antes había recibido el Premio Nacional de Cultura del Gobierno de España, la medalla de oro al mérito cultural del Ayuntamiento de Barcelona y la Gran Orden al Mérito Cultural de la República de Polonia. La ominosa tardanza de Cataluña a la hora de reconocer sus méritos lleva en el envés un postrero triunfo. También en la denuncia del desprecio de los suyos por la cultura acertó de pleno.



Zoom News, 25 de agosto de 2014


jueves, 21 de agosto de 2014

El aguafiestas


En Cuba, a comienzos de agosto de 1994, en el apogeo del llamado Período Especial (ah, esa complacencia semántica que al punto quedó incrustada en los libros; cual si lo que hubieron vivido los cubanos hasta entonces –y lo que en adelante habrían de vivir– no hubiera sido, no fue, no sigue siendo, una especialísima experiencia); en aquel párrafo de la historia cubana universal, decía, el caudal de chistes de Fidel que acostumbra irrigar La Habana amenazó con desbordarse. No suelo tener mucha paciencia ni memoria para el género, pero hubo uno que no he logrado olvidar. El porqué no sólo habría que buscarlo en lo prolijo del relato, sino también en un rasgo que entonces no supe apreciar y que hoy, 20 años después, me parece indiscutiblemente insólito. No en vano, el chiste se ocupaba de Fídel, sí, mas reservaba al Pueblo una cuota de incumbencia en aquel ocaso caribeño que había sido tierra de ocasión, y a la que había tocado en desgracia, escrito está, la más fotogénica de las miserias que ha conocido el mundo. Fango en flor.

El cuentecito (como llaman allí a los chistes que exceden del metraje estándar) arrancaba con Fidel en la Plaza de la Revolución, proclamando ante la multitud que había dado con el remedio definitivo para acabar con las privaciones. Semejante anuncio suscitaba entre el público un murmullo expectante que, al cabo, rompía en alborozo, con profusión de vivas al régimen y al propio Fidel. Éste retomaba la palabra.

–La solución a la hambruna es que se me vayan ustedes ahorcando de manera organizada.

Un manto de pesadumbre se adueñaba entonces de la multitud, pero resultaba más poderosa la evidencia de que el Comandante no hacía nada que no fuera por el bien de los cubanos. Al primer aplauso seguían un segundo, un tercero, un cuarto... La ovación, finalmente, cruzaba el Estrecho de la Florida, batía Little Havana y, avivada por el resentimiento, regresaba furiosamente a la isla.

No obstante, que los vítores fueran ensordecedores no significaba que fueran unánimes. En las últimas filas, un individuo entrado en años se resistía a la excrecencia sentimental con la característica frialdad del aguafiestas. Llegado un punto, y con la duda en el semblante, se abría paso entre el gentío y alcanzaba el cálido arenal donde, diez años después, y en otro escenario, Fidel habría de tropezar con el estrépito reservado a los monarcas.

–Comandante, tan sólo una pregunta; pura formalidad.

–Adelante, compañero.

–¿La soga para que nos ahorquemos la pone el Gobierno o también tenemos que comprarla en el mercado negro?

Se escribe por dinero, sí, lo que a menudo ignoramos es que el dinero tiene implicaciones en la escritura. Cuando yo escribía sin que nadie me pagara por ello, únicamente pretendía gustar a media humanidad. Desde que hace unos años empecé a cobrar por ello, aspiro a un objetivo más ambicioso, cual es no defraudar a una selecta concurrencia de espectros. Uno de esos espectros soy yo dentro de unos años. No, no me refiero a la posteridad, sino a la posibilidad de morirme de vergüenza el día en que le quite el polvo a mis asuntos. Otro de esos espectros son mis hijas a pares. No mis hijas de hoy, que ni siquiera ambicionan despreciar a su padre, sino las que regresen de la tiniebla adolescente. También hay sabios, claro, incluso amigos que lo son. Mas el único individuo que nunca falta, que nunca habrá de faltar, es aquel aguafiestas henchido de cubanía, aquel hombrecillo del fondo que se irgu
ió en medio de la dicha y, sin demasiadas alharacas, casi a contrapelo de la vida, preguntó quién ponía la soga.


El aguafiestas, 21 de agosto de 2014

El hombre que fue casta


El ilustre politólogo canadiense Michael Ignatieff abandonó en 2006 su cátedra de Harvard para concurrir a las primarias del Partido Liberal de Canadá, en lo que supuso el inicio de una inmersión en la política que le llevó por sus zonas erógenas y sus estercoleros, y en que probó la faceta más enaltecedora del oficio, la del orgullo que sobreviene tras resolver algún que otro problema real, y el más lisérgico de los sectarismos, el que hacía del Parlamento una "guardería fuera de control". Tras la renuncia de Stéphane Dion en 2008, Ignatieff asumió el liderazgo del partido y fue elegido candidato a primer ministro en las elecciones federales del 2 de mayo de 2011. En esos comicios, los Liberales sufrieron la derrota más estrepitosa de su historia, perdiendo hasta 43 diputados y quedando relegados a un inédito tercer puesto en el Parlamento, por detrás de los conservadores del PCC y los izquierdistas del NPDA. A finales de ese mismo mes, Ignatieff renunció al escaño y regresó a las aulas. Fuego y cenizas es el relato en primera persona de ese periplo, desde la noche de octubre de 2004 en que tres reputados canadienses le animan a lanzarse por la torrentera hasta el batacazo final y la consiguiente vuelta al remanso académico. Lo que hay en medio es un bautismo salvaje, un combate a cara de perro entre el típico outsider macerado en arrogancia y la terca realidad, entre el presuntuoso novicio fiado a la bonhomía de sus convicciones y la política en su vertiente más viscosa y cicatera, esto es, la del medio refractario, cuando no resueltamente hostil, a todo indicio de intelectualidad.

En alguna ocasión he hablado de cómo en la génesis de Ciutadans la cúpula del Partido Popular en Cataluña se reunió con algunos de los intelectuales que alentaron la fundación del partido a fin de sondear sus 'verdaderas' intenciones. En aquel encuentro (una cena en La Provença, si no yerro), Josep Piqué, a la sazón líder del PPC, conminó a los promotores de C's que recularan. El spray con que Piqué marcó el césped adoptó el aspecto de limpísima advertencia: "La política es sucia". Ciutadans se acabaría constituyendo en partido político, pero no cabe descartar que aquel aviso a navegantes surtiera efecto. No en vano, tan sólo uno de los quince firmantes del primer manifiesto (que, cierto es, ya se habían acogido a sagrado anunciando que, una vez que C's echara a andar, se retirarían a sus aposentos); sólo uno, decía, se metió en harina. Una, para ser más precisos: la antropóloga Teresa Giménez Barbat. En cierto modo, Fuego y cenizas esboza lo que quizás pudiera haberles ocurrido a quienes, entre aquella cuerda de valerosos espontáneos, se hubieran desdicho de la negativa a convertirse en políticos. La conjetura tiene el interés añadido de que la incursión en política de Ignatieff y el surgimiento de Ciutadans datan del mismo año, 2006; además, el canadiense y los 15 catalanes coincidían en aspectos troncales del ideario, como la oposición al nacionalismo (quebequés, en el caso de Ignatieff) o la necesidad de (re)acomodar la noción de ciudadanía en el corazón de la vida pública.

El testamento político de Ignatieff presenta tantas y tan afiladas aristas que, muy probablemente, se convierta en un clásico de la literatura de su género. En ocasiones, asemeja la confesión de un pentito; en otras, es un reconfortante manual de uso, a la manera de un Príncipe que viniera del hielo. Valga como muestra uno de los múltiples directos al mentón que hubo de encajar nuestro intelectual-metido-a-político.


En julio de 2006, durante la campaña de primarias del PLC, se desató un conflicto bélico en el Líbano y los candidatos fueron preguntados por la cuestión. Pero dejemos que sea el propio Ignatieff quien lo cuente:

"Ninguno de nosotros podía influir lo más mínimo en lo que estaba ocurriendo en Oriente Medio. Estábamos en la oposición, no en el Gobierno y, como mucho, la cuestión de la guerra nos ofrecía la oportunidad de apelar a los votos de las comunidades judía, libanesa o musulmana por todo el país. Independientemente de lo real que fuera el sufrimiento en el Líbano, no podía convertirse en una cuestión política determinante en una competición por el liderazgo de un partido canadiense. Sin embargo, la política es así. [...] Mi posicionamiento sobre la guerra en el Líbano fue un desastre. Pillado con la guardia baja, le dije a un periodista que las bajas en las áreas controladas por Hezbolá no me quitaban el sueño. Lo que quería decir era que Hezbolá había empezado la guerra y tenía que asumir las consecuencias, pero mis palabras fueron convertidas inmediatamente en indiferencia hacia el sufrimiento de los civiles."

En el intento de salir de aquel atolladero, Ignatieff recorrió los más floridos jardines que cupiera imaginar, al punto de lograr "la hazaña casi imposible de molestar a judíos, musulmanes y libaneses por igual".

Ayer mismo, y a propósito de esta enseñanza, experimenté un apuro similar. Verán, la semana pasada escribí un artículo en Libertad Digital sobre los fundamentos morales del llamado espacio comunicativo catalán, tomando como punto de partida una pintoresca comparación entre kurdos y catalanes. Una amiga, tras leer mi artículo, me preguntó a través de Twitter: "Lo que cuentas está bien, pero de los kurdos qué opinas. ¿Acaso no habría que darles un Estado?". Tal vez sus palabras fueran otras, pero el caso es que ahí me vi, colgado de la brocha; pensando en Ignatieff, en la evidencia de que digas lo que digas siempre habrá alguien preguntando por el Líbano, cualquier Líbano. Y en la muy discutible ventaja que supone, en tal caso, tener lectores en lugar de votantes.

También pensé en el obispo Munilla, a quien, por supuesto, nadie pedirá cuentas por haber dicho que el aborto es como el despido libre, banalización que debería de haber incomodado a ateos, agnósticos y creyentes, aunque probablemente no por igual. Y ya henchido de consuelo, me dije que en esa impunidad, sin duda, radicaba la inexorable y despiadada superioridad de la política.


Zoom News, 18 de agosto de 2014

Aquí están, éstos son


El criterio del presidente francés, Françoise Hollande, respecto al independentismo difiere según el pueblo que enarbole la consigna. Así, mientras que a los catalanes les niega el pan y la sal, a los kurdos les proporciona armamento. ¡Qué incoherencia! Grosso modo, ésta es la idea que hoy expone en su editorial Vicent Partal, el director de Vilaweb, decano de la prensa digital subvencionada. Como cualquier lector juicioso habrá advertido, Partal sitúa en el mismo plano a los catalanes y a un colectivo al que el llamado IS pretende exterminar. A principios de los noventa, cuando se consumó el desmoronamiento del bloque comunista, Jordi Pujol declaró que Cataluña era como Lituania, pero España no era como la URSS. A diferencia del ex president, nuestro analista incurre en la indelicadeza de omitir que el Estado Español y el Estado Islámico no son, parafraseando a aquel González, la misma mierda. Lo cierto, no obstante, es que nunca sabremos si lo ha hecho porque considera que el Estado Islámico es moralmente superior al Estado Español. Incluso es probable que, por prurito de sutileza, haya estimado conveniente que sea el lector quien llegue a la conclusión de que, en-el-fondo, España está descabezando a los catalanes. Es fama que en la guerra cualquier agujero es trinchera.

Al cabo, nada habría de extrañarnos de un individuo que escribió que "el PSC bascula hacia el fascismo", que el novelista Eduardo Mendoza no merecía el Premi Nacional de Cultura por escribir en castellano o que, a propósito de la agresión nazi a un ciudadano mongol en el metro de Barcelona, subrayó el hecho "importante en términos políticos" de que uno de los agresores se había fotografiado con Albert Rivera, lo que venía a demostrar que en Cataluña "es muy difícil ser españolista sin caer en la órbita del nazismo". No, al hedor se acostumbra uno. Lo que sobrecoge es que esa pulsión xenófoba, ese racismo de baja intensidad, ese talibanismo de barretina, tengamos que sufragarlo todos los españoles.

No en vano, pese a que estos y otros artículos pudieran dar a entender lo contrario, no estamos ante una web marginal, que actualizan cuatro degenerados en un entresuelo graciense. Vilaweb, que echó a andar en 1996, es una de las cabeceras de referencia en lengua catalana. Y su principal vía de ingresos, repito, son las subvenciones de la Generalitat. En 2013 recibió 99.344,32 euros; en 2012, 71.000 euros; en 2011, 83.696 euros; en 2010, 213.211,24 euros... En 2009, el Departamento de Presidencia de la Generalitat encargó al diario el "mantenimiento de un directorio de recursos disponibles en internet", lo que le reportó 145.000 euros. Menos, en cualquier caso, que lo que obtuvo en 2008 (374.920 euros) o en 2007 (276.198 euros).

Hechas las cuentas, en tan sólo siete años, y coincidiendo con la más brutal de las crisis que ha sufrido Occidente desde el crack del 29, Partal le ha levantado al Estado más de 1.200.000 euros. Obviamente, no estamos hablando de una ayuda a la prensa en tiempos de zozobra. Entre otras razones, porque un tipo que cobra en vena 145.000 del mismísimo Departamento de Presidencia está incapacitado para tan siquiera insinuar que se dedica al periodismo. Ahora imaginen todo un ecosistema comunicativo regido por ese modelo y sabrán de qué hablamos cuando hablamos de nación y quiénes son los que la aguantan.


Libertad Digital, 14 de agosto de 2014

miércoles, 20 de agosto de 2014

Smuack

"¿Y si nos vamos a vivir al campo?" La ciudad deviene mole atronadora que arrasa los puentes, desbarata el diálogo y corroe el deseo. Un reportaje sobre la repoblación de Cuenca les ha abierto los ojos. Ella, que ya desde pequeña se sentía atraída por la naturaleza, pregunta si la miel se cultiva o se produce. "Qué cosas tengo, ¿no?" Él se imagina a cargo de una editorial exquisita y deficitaria, trabajando siete horas diarias (nunca más) en un pajar remodelado por una arquitecta ex cocainómana. Se miran, sonríen y el beso les sabe a lacre.

¿Te has fijado en las caras que ponía ella cuando él hablaba del viaje? Daba la impresión de que no se reconocía en sus palabras, como si jamás hubiera estado allí con él. ¿Tú crees que lo hacen? Sí, si follan. Yo creo que no; pero para nada. ¿A ti y a mí nunca nos pasará, verdad, chiqui?


¿Y si nos rebelamos? No pasamos el día quejándonos de esto, aquello y lo de más allá, pero la verdad, la única verdad, es que nos hemos dejado llevar por la inercia. La vida nos ha sepultado sin que hayamos opuesto la menor resistencia, sin que nos hayamos concedido la oportunidad de saber quiénes somos, qué queremos, adónde vamos. Rebelémonos, armémonos de valor y hagamos una locura. ¿Por qué no llamas a tu madre y le dices que el domingo no iremos a comer?

miércoles, 13 de agosto de 2014

Los empoderados


Debe de ser la primera vez que las encuestas preguntan por un partido, Podemos, que no sólo carece de representación en esos parlamentos donde al parecer habrá de contabilizar decenas de escaños, sino que ni siquiera existe como tal. No en vano, la formación que lidera Pablo Iglesias no es más que una marca electoral o, si se prefiere, una asociación de ‘empoderados’. Los cinco eurodiputados en Estrasburgo no son una ilusión sensorial, cierto, mas también fueron un logro concreto y realísimo los 2 escaños que obtuvo en 1989 José María Ruiz-Mateos, al que votaron, por cierto, más de 600.000 españoles (casi el 4% de los sufragios) y no por ello flojearon las aduanas: con su electorado a cuestas, el jerezano siguió siendo lo que era: un jerezano que se creía supermán.

Otro tanto sucede con la precandidatura Guanyem Barcelona, que no es más que eso, una plataforma en estado embrionario de la que apenas se sabe que Ada Colau será su alcaldable y que Iniciativa per Catalunya, que llama con desespero a las puertas del club, no tiene garantizada su admisión por falta de pedigrí revolucionario. De nuevo, un partido de corte fantasmal, articulado en torno a una figura televisiva tan susceptible de fugacidad como cualquiera de las criaturas de esa isla del Dr. Moreau que es el plató de Sálvame, ocupa un lugar preferente en encuestas supuestamente rigurosas.

Contrariamente a la sobreexposición de que gozan Podemos, Guanyem Barcelona y, en general, todo pichichi que pretenda la caída del régimen, partidos como UPyD o Ciutadans no fueron tenidos en cuenta en los sondeos hasta que acreditaron al menos un diputado en aquellas instituciones por las que se preguntaba a la ciudadanía. Y qué decir de los platós. En el caso de Ciutadans se dio la abyecta circunstancia de que, cuando se alzó con sus primeros 3 diputados, no había ningún periodista de TV3 en el hotel Calderón, de ahí que, a la llegada del primer destacamento, cuando la ‘nostra’ se dignó hacer acto de presencia ‘por imperativo legal’, que no periodístico, la militancia prorrumpiera en aquella consigna para la eternidad: "¡Toma tres, tevetrés!". Ni que decir tiene que, en nombre de un sospechoso acceso de escrupulosidad, Albert Rivera no fue invitado a ninguno de los debates que se celebraron en dicha cadena ni en otras cadenas privadas, y eso a pesar de que las encuestas menos favorables pronosticaban, como poco, ‘0-1’ diputado.

No deja de ser chocante que dos fuerzas constitucionalistas (dos fuerzas, digamos, ‘prosistema’) como UPyD y C’s lo hayan tenido crudo para hacerse un hueco en las tribunas mediáticas, y que la guardia joven de Podemos, tan obscenamente antisistema, campe por televisiones, radios y periódicos como Paris Hilton por los reservados de Pachá. Y que campen, para más cojones y sin que se les caiga la cara de vergüenza, para proferir que la española es una democracia meramente "procedimental", un subproducto franquista que, en lo que a aspectos básicos se refiere, sigue poniéndole al Pueblo la pierna en la cabeza, que diría aquél.

Tan sólo cabe encomendarse a la posibilidad de que esa misma sobreexposición se lleve a las últimas consecuencias y, en el afán de aprovechar todas las rendijas del sistema para reventarlo por dentro, veamos a Iglesias y Monedero en 'Mira quién salta', 'Supervivientes' o, mejor aún, '21 días en el suburbio más peligroso de Caracas'.


Zoom News, 11 de agosto de 2014

El desviado

 

Los domingos suelo coincidir con el consejero de Territorio, Santi Vila, y su novio, el chef ítalo-brasileño Rafael Vertamatti, en la cola del cine Renoir Floridablanca, donde se proyectan películas leídas. Vila viste de manera desenfadada a la par que sobria, conforme al canon Guardiola pero sin ese estrepitoso sentido de la sencillez de quien, aún hoy, cree levitar sobre una pasarela de Antonio Miró. Ni siquiera en el modo como el consejero sostiene el, llamémosle, programa de mano del film, o en la forma como cruza el vestíbulo de la mano de su acompañante entre indisimulados arrullos parece haber una brizna de impostura.

Mas el cine Renoir no es la única plaza pública donde Vila ha mostrado (¿exhibido?) su sensibilidad para con el arte. El consejero nunca ha escondido su taurofilia, al punto de que el pasado verano se le vio en los tendidos de la plaza de Céret, el nouveau Perpiñán de los taurinos catalanes. (He estado tentado de escribir como-un-aficionado-más, pero he reculado ante la certeza de que ningún militante de CiU, uno de los grupos que alentó la prohibición en el Parlamento catalán, puede ya pertenecer al común de esa parroquia). En su acendrado recato, no obstante, se sacude la etiqueta de protaurino: considera, sencillamente, que sus conciudadanos disfrutaban de "la libertad de ir o no a los toros", que el debate "se ensució de apriorismos políticos" y que se saldó "con muchas incoherencias", en alusión al blindaje de los correbous.

De su natural querencia al pactismo ha surgido el "comienzo de una hermosa amistad" con Ana Pastor. Después de todo, ambos, ministra y consejero, custodian el transporte por tierra, mar y aire, lo que les asemeja, siquiera por su condición de tratantes de salvoconductos, con los brumosos Rick y Renault. Mucho me guardaré de aseverar quién hace de Rick y quién de Renault, pues, siguiendo a Vila, cualquier asignación en tal sentido no haría sino ensuciar el artículo de apriorismos.

Por lo demás, estamos ante el único gobernante de CiU que, lejos de la supersticiosa ufanía de la mayoría de sus correligionarios, ha abogado fríamente por "la calma para evitar males mayores", bien entendido que, como él mismo ha admitido sin tapujos, "los últimos 30 años han sido los mejores de la historia de Cataluña y de España".

Y sin embargo.

Un hombre fino, libérrimo, sensato, al que cabe suponer amante de la comida y el cine de autor, que disfruta sinceramente del toreo y abjura, con grata elocuencia, de tensar hasta lo imposible la relación con España. Un hombre, en fin, con semejante vergel de atributos, viene consintiendo que el que lo que lo defina sea Cataluña, esto es, el más azaroso de todos, personificando a su pesar cuán desolador puede llegar a ser el nacionalismo, cualquier nacionalismo.


Libertad Digital, 10 de agosto de 2014