viernes, 25 de julio de 2014

La culpa de todo la tiene Yoko Ono

Hay en el Pueblo una pulsión narcótica por culpar a la derecha de aquellas catástrofes que, en mi EGB, los libros de texto calificaban de "naturales", que era una forma como otra de subrayar la criminalidad de los elementos, acaso retorciendo las tragedias griegas hasta confundirlas con el mínimo común múltiplo. También los atentados terroristas suelen admitir, antes o incluso después de que se cometan, la posibilidad de que un Gobierno del Partido Popular sea responsable de la fechoría en proporciones variables, según el grado de sectarismo del acusador.

Así, cuando el 11-M, no faltaron analistos que achacaron las bombas de Atocha a la foto de las Azores, o a la falta de celo del Gabinete Aznar en el cerco a integristas susceptibles de liarla parda; o incluso a lo contrario: a que el encono de raigambre xenófoba contra la población inmigrante hubiera desatado una respuesta rechazable, sí, peroporompompero comprensible, justificable o, como diría Pablo Iglesias, explicable-por-razones-políticas. Se cogiera el asunto por donde se cogiera, el culpable a título póstumo (y nunca mejor dicho), quien había abonado el terreno para que asesinaran a 191 ciudadanos, no era otro que el presidente del Gobierno.

En el naufragio del Prestige, que se sepa, no participaron terroristas islámicos. El petrolero monocasco sucumbió a un temporal, sufrió una vía de agua y se partió en dos a 250 kilómetros de la costa gallega. No obstante, bastó con que el ministro Portavoz, Mariano Rajoy, se enmarañara en unos hilillos de plastilina para que, una vez más, el autor en la sombra del desastre ecológico fueran los rancios conservadores. Así, y a semejanza de lo que ocurrió en el 11-M, también de aquel azote cabía responsabilizar a esos próceres a los que, manda huevos, hubo que arrancar del casino para que acudieran en helicóptero a pie de playa.

Hoy en día, cuando leo que dos coches han chocado frontalmente en ninguna parte o que un motorista se ha despeñado en Collserola, ya no presiento otra doblez que la indolencia cortijera con que el PP se sacude las moscas y los cadáveres. En el bien entendido de que, si de la izquierda dependiera, no sólo no habría tragedias; tampoco trenes, helicópteros ni automóviles.

Cuando se cumple un año del desastre de Angrois, casi tan hiriente como el bucle del descarrilamiento resulta la evidencia de que se sigue buscando al asesino; a un asesino incógnito, que pulula más allá de las vías y, a la que puede, disemina su inquina por dondequiera que crezcan los enanos. Esa convicción, humanísima y simiesca, en fin, de que la derecha siempre esconde algo y nunca, nunca sabremos qué misterio nos trae esta noche.



Libertad Digital, 24 de julio de 2014

lunes, 21 de julio de 2014

Dos no se pelean si sólo hay uno


Si quienes abominamos de la secesión de Cataluña fuéramos nacionalistas españoles, como nuestros prorrusos aseguran que somos, estaríamos por la relegación del catalán, el vascuence y el gallego a lenguas de alcoba (qué digo, lenguas; ¡dialectos!), y tan sólo consideraríamos el español como lengua de uso preferente. Si de verdad fuéramos nacionalistas españoles reclamaríamos, siquiera a beneficio de inventario, los territorios de ultramar que conquistaron nuestros antepasados, y que incluirían, además de Cuba, Puerto Rico o México, las Filipinas, las Marianas y las Carolinas. Por descontado, propugnaríamos que Gibraltar vertebrara la agenda del Gobierno en materia de política exterior y, ya metidos en harina, urgiríamos a la ruptura de relaciones diplomáticas con el Reino Unido y llamaríamos, cada tanto, al asedio civil del Peñón, al modo como en Cuba los CDR cercan la Oficina de Intereses de Estados Unidos.

Por lo que respecta a las selecciones deportivas autonómicas, instaríamos a su desmantelamiento, bien entendido que en España no debe haber más selección que la española. Coño. Y quien dice selecciones autonómicas dice televisiones, autonómicas y, en general, todos esos entes que han florecido al calor de los nacionalismos periféricos. En todo caso, no veríamos con malos ojos el retorno a las gráciles desconexiones regionales, siempre, claro está, que éstas se produjeran a esas horas espectrales en que sólo ven la tele los desempleados, las suslaboristas y los postrados. En función del grado de adhesión a estos y otros principios, confeccionaríamos listas de buenos y malos españoles, y en este último nicho también incluiríamos a quienes, sin abjurar explícitamente del patriotismo, no observaran el debido fervor. De nuestros balcones colgaría la rojigualda en fechas señaladas, que lo serían casi todas, pues ya nos ocuparíamos de ir muñendo justas, pleitos y altercados para convertir el calendario, de una vez y para siempre, en un romancero fieramente nacional. Y en cuanto a las tradiciones, sólo tendríamos por admisibles las nuestras, por lo que abogaríamos por la prohibición de castells, sardanas y balls de bastons.

Pero no. Lamentablemente para los catalanistas, incapaces de sustraerse a la ilusión de una España beligerante, eterna y castradora; lamentablemente, también, para los equidistantes de la tercera vía, que gustan de proyectarse ante sus likers, followers y grupis como la quintaesencia de la objetividad, el nacionalismo español es un fenómeno insignificante, cuyas más recientes manifestaciones, por cierto, no han sido pasto de las páginas de Política, sino de las de Tribunales. Como tan certeramente apuntaba José Antonio Montano en su columna del jueves,  tan sólo “la lógica infecta del nacionalismo” permite hablar de la existencia en España de una supuesta contienda entre nacionalistas -de-uno-y-otro-signo.

Porque la verdad, la tozuda verdad, es que quienes pretenden relegar el español a la condición de lengua de alcoba son los nacionalistas catalanes; quienes han promulgado el uso vehicular del catalán en el ámbito público han sido los nacionalistas catalanes; quienes pretenden convertir esa entelequia llamada Països Catalans en una unidad de destino en lo universal son los nacionalistas catalanes; quienes han confeccionado (¡y por mandato gubernamental!) listas de periodistas afectos y desafectos han sido los nacionalistas catalanes; quienes han promovido un libro de estilo que relega el español en TV3 a lo puramente excrementicio son los nacionalistas catalanes; quienes han prohibido los toros pero declinan prohibir los correbous son los nacionalistas catalanes; y quienes han convertido Barcelona en un desfiladero de balcones independentistas son los nacionalistas catalanes.


Así que no me joda, señora.


Zoom News, 21 de julio de 2014

sábado, 19 de julio de 2014

Montero Ris


No llevaba una semana en el puesto y ya le había pedido préstamos a media editorial. Se plantaba frente a ti, te daba carrete y, cuando menos lo esperabas, te hundía el sable. "Digo yo que si me dejarías dinero para recoger el coche del taller. En cuanto cobre las primeras comisiones te lo devuelvo." Quién de nosotros iba a sospechar que José Antonio Montero, comercial de publicidad, ya había cobrado esas comisiones a modo de adelanto. Solía llegar sobre las once, con la mirada vidriosa y esa cara sin aristas ni asombro que te deja el trasnoche, pero sin que nada en sus andares delatara que había dormido dos o tres horas. Un viernes, a las dos semanas de estar allí, Montero me llevó a tomar una cerveza. Lo del coche, me dijo, pinta mal, muy mal. Con lo que le dejé aquel día, ya iban para 300 euros. ¿Por qué le había dejado tanto dinero a un tipo al que, en puridad, ni siquiera conocía? Es probable que fueran los trajes, o esa sonrisa ladeada con que abrochaba los chistecillos; sea como sea, Montero rebosaba el empaque de un hermano mayor regresado de la muerte. Uno de los errores más flagrantes en que perseveran los hombres es preguntar a bocajarro por esto y aquello. Aquel día fue el primero de una aceptable procesión de convites en que, por lo común, Montero balbuceaba algo relativo al taller (nunca llegué a ver el coche) y yo acababa prestándole el dinero que me había devuelto días antes, a menudo horas antes. Con ese dinero, Montero iba pagando rondas hasta que, a eso de las diez, y luego de tres o cuatro llamadas (camellos, imagino), decía tener una cita y se largaba. Se fundía, más bien. Los últimos días de Montero en la oficina transcurrieron entre el bar, el lavabo y mi escritorio. Por entonces, no obstante, nadie sabía que eran los últimos; es probable que ni siquiera lo supiera Montero. La editorial englobaba una revista de gastronomía, una de óptica y otra de textil-confección. Yo llevaba las secciones de 'Vinos', 'Actualidad óptica' y 'Maquinaria textil'. Montero era el comercial de la sección 'Maquinaria textil', así que pareció razonable que el director del tinglado nos enviara a Montero y a mí a la feria de confeccionistas de Talavera de la Reina, provincia de Toledo. Yo llevaba tres años en el sector ('llevar en el sector' era una expresión de lo más familiar en la redacción, una de esas redacciones agrestes donde uno valía los años que llevaba glosando las excelencias de cortadoras, telares o calandras. Les advierto que el periodismo político no es muy diferente). En cualquier caso, llevaba en el sector lo suficiente como para presentar al gran Montero en sociedad. No me extrañó que perdiera el puente aéreo de las ocho y apareciera en Atocha sobre las doce del mediodía. Es de ley que reconozca que, en el trayecto de Madrid a Talavera, y viendo que yo me entregaba a no sé qué lectura, no me importunó con sus chistes ni sus putas ni lo bien que cocinaba su mujer (curiosamente, ponía toda la perversión de que era capaz en esa cocina, mientras que las putas no eran más que baba de café). Nos equivocamos de parada y bajamos dos pueblos más allá. En el único restaurante que había por allí, no muy lejos de la estación, comimos sopa de trucha. Fue entonces cuando Montero me dijo que dejaba la editorial, que había superado unas pruebas de selección en Telefónica y que, en fin, si estaba allí, en el extrarradio de un pueblo de Toledo, era por mí. "Qué coño ibas a hacer tú aquí solo, ¿eh?". Esa noche cenamos en un restaurante de ultratumba, el típico mesón castellano donde parece que los camareros lleven pajarita y yelmo. Éramos los únicos clientes, así que a Montero le resultó sencillo sentar a la mesa a uno de los camareros y, entre chupitos, preguntarle quién podía venderle algo de coca "en este pueblo". A eso de la dos, mientras esperábamos a un tal Tente en la barra de un bar musical que podría haberse llamado Skyline, Montero me habló de la noche en que le dio la mano al hermano de quien era su ídolo, Pablo Escobar. "Le presento mis respetos”, le dije. “Mira, todavía se me pone la carne de gallina." Al día siguiente, mientras tomaba café en el stand de la Federación de Confeccionistas Españoles, tuve la sospecha de que Montero no aparecería. Ya de vuelta, en el aeropuerto de El Prat, llamó a un tal Busti. "Me debe un pelotazo", maldijo orgulloso, y a su paso el aeropuerto se fue haciendo diminuto. Antes de subir al coche me crujió la espalda a abrazos y, desde el fondo de su cabeceo barrial, dejó asomar una mueca de barbarie. Fue el preludio de una risa franca, maquinal, engolfada, una risa que atronó en la noche como el ulular de un bombardeo.

viernes, 18 de julio de 2014

Basora, César y Kubala


Del manifiesto ‘Libres e Iguales’, alentado (y me atrevería a decir que redactado) por el periodista Arcadi Espada, me ha llamado la atención la ausencia entre los primeros firmantes de personalidades que, de acuerdo con su pensamiento, deberían figurar en la lista. El propio Espada ha subrayado este vacío, en la certeza, imagino, de que la amplitud del abanico de rubricantes no evita que esos huecos sean clamorosos. La sarta de omisiones se remonta, como poco, al manifiesto que dio lugar al nacimiento de Ciutadans, y corre pareja a la divulgación de otros textos, como el manifiesto por la lengua común. Me refiero a gentes, insisto, cuyos artículos en la prensa daban pie a creer que no harían ascos a las líneas maestras de esta clase de llamamientos; intelectuales a quienes, en virtud del talante que proyectan, resulta difícil imaginar incómodos en la defensa de aquello que nos une.

Qué hay, por ejemplo, de Muñoz Molina, que en su admirable Todo lo que era sólido denunció sin ambages cómo el énfasis en los particularismos no sólo ha esquilmado las arcas del Estado, sino que también ha mellado, quién sabe si irremediablemente, la calidad de nuestra democracia. ¿Y Elvira Lindo? ¿Habrá que recordar una vez más que la lectura en castellano del pregón de las fiestas de la Mercè le valió el repudio de la hinchada en la plaza de San Jaime? ¿Y Martínez de Pisón, que alertaba recientemente de uno de los rasgos primordiales del nacionalismo? ¿Y Javier Pérez Andújar, que no ha mucho puso en evidencia las trazas verticalistas, obscenamente reaccionarias, del soberanismo? ¿Y Loquillo? ¿Y Sabina? ¿Y todos aquellos personajes, en fin, que han formulado objeciones más o menos explícitas a la fractura del principio de igualdad?

Escribo, obviamente, dando por hecho que los promotores del manifiesto se han dirigido a todos ellos para tratar de obtener su acuerdo (no se me ocurre, ni siquiera como supuesto de trabajo, la posibilidad de que hayan cometido la torpeza de no hacerlo). De hecho, tengo por seguro que no sólo han intentado lograr estas adhesiones, sino también muchas otras, con el consabido resultado. Cuando se presentó el manifiesto embrionario de Ciutadans, algunos incautos (entre los que me incluyo) creímos a pies juntillas que parte de los intelectuales que habían declinado suscribir el texto se sumarían a él con posterioridad, una vez que el antinacionalismo se confundiera con lo cotidiano. Casi diez años después, Ciutadans cuenta con nueve diputados en el Parlamento de Cataluña y los quince intelectuales siguen siendo quince (trece, en verdad, pues, infortunadamente, Carlos Trías y Horacio Vázquez-Rial nos dejaron en 2007 y 2012, respectivamente) lo que da una ligera idea de hasta qué punto la corrección política ha acogotado a quienes habrían de ejercer de precursores, de pioneros, de vanguardia.

Probablemente, ese mismo apocamiento es el que explica que uno pueda enumerar de carrerilla la alineación titular de 'Libres e Iguales'. Iguales, sobre todo, a sí mismos.


Libertad Digital, 17 de julio de 2014

lunes, 14 de julio de 2014

El contable que saltó por la ventana y...


Tras la segunda legislatura del Tripartito, no pocos catalanes suspiraron por que Artur Mas se hiciera con las riendas del Ejecutivo autonómico, siquiera porque ello supondría clausurar al periodo de desgobierno, frivolidad y despilfarro por el que se recordaría la entente catalanista y de izquierdas. Frente a episodios como el de la excursión de Carod-Rovira a Perpiñán, el selfie de la corona de espinas en Jerusalén o la donación millonaria al Ecuador en apoyo de las lenguas indígenas (¡del bilingüismo!); frente al continuo sobresalto, en fin, en que se había convertido Cataluña en manos de Maragall, primero, y Montilla, después, el presidenciable por Convergència i Unió representaba la feliz atonía de lo predecible, la anhelada grisura del debe y el haber. Parece mentira, lo sé, pero ésa era la imagen que proyectaba Artur Mas, la de un gerente al uso a quien confiar los ahorros con los ojos cerrados. Ciertamente, el programa electoral que traía bajo el brazo hablaba de una abstrusa transición a quién sabe dónde; una hoja de ruta que, en cualquier caso, no lograba disipar el aura de jefe de planta (sección Caballeros) de El Corte Inglés que desprendía Mas.

En ocasiones, no obstante, el trecho entre apariencia y realidad nos reserva un final feliz. Tal es el caso del que fuera Príncipe Felipe. De él se decía que era un pijo, pero no un pijo a la manera de Félix de Azúa u Oscar Tusquets (atención, editor, la ‘O’ de Óscar no lleva tilde por expresa indicación del antedicho, que lo considera una aberración tipográfica); no, el Príncipe Felipe tendía, según las malas lenguas, a émulo de David Summers. Ahora, en cambio, sus primeros pasos como jefe de Estado hablan de un hombre de hechuras quijotescas. Distinta suerte ha corrido su hermana, a quien teníamos por afable, mundana y políglota, si bien su auténtica desgracia es que, muy probablemente, lo siga siendo.

No así los Pujol, de quienes, viendo al páter y sus vástagos coronar la Pica d’Estats, jamás habría pensado que fueran, en verdad, unos Gil y Gil con ínfulas.

Menos mal que todavía quedan españoles que son exactamente lo que parecen. Pablo Iglesias, por ejemplo. Dijo que era partidario de establecer “mecanismos de control público para regular a los medios de comunicación y garantizar así la libertad de prensa” y, a los pocos días, trató de silenciar a Esperanza Aguirre y a Eduardo Inda, con la ayuda, eso sí, de una turba de microdonantes transmutados en Pueblo. Y todo porque, al parecer de Aguirre e Inda, el hecho de que Iglesias elogiara en una herriko los análisis de ETA (que, recordemos, enseguida se dio cuenta de que esta Constitución era poco menos que una patraña) resume a las claras la genuflexión de cierta izquierda ante al terrorismo. Un terrorismo que sí, de acuerdo, ha provocado mucho dolor, pero (porompompero) tiene causas políticas.


Zoom News, 14 de julio de 2014

El laboratorio de la independencia


La posibilidad de que el Llamado Proceso (en adelante, el Llamado) culmine con la partición de España ha llevado a algunos catalanes a preguntarse cómo sería esa Cataluña. Bien, creo que puedo aportar alguna clave al respecto. En lo esencial, estaríamos ante un país ensimismado (más todavía, quiero decir), rebosante de conmemoraciones de carácter doméstico-victimista y con su intelligentsia entregada a la forja de una teología del expolio o la deuda histórica; un relato, en fin, que achacara a España (que habría dejado de ser el Estado Español) la bancarrota en que los catalanes se hallarían sumidos.

El concepto de ciudadanía se diluiría en el magma lengua-terruño-parentesco, al cabo, el sustrato moral en que se asienta el Llamado. Obviamente, ello comportaría una retribalización de la sociedad, en el sobreentendido de que la construcción de la Nueva Cataluña (del Nuevo Catalán) exigiría un cierto tesón identitario (siquiera, nos dirían, de forma transitoria). A rebufo de esta condición, florecerían cientos de organismos que vendrían a reforzar lo que, en el período de la Dominación Española, recibió el nombre de Estructures d’Estat, y que tan endebles se acabaron revelando, ay, al poco de la Proclamación.

Así, y lejos de verse mitigado, el enardecimiento patriótico seguiría su curso por razones, digamos, técnico-arquitectónicas. Semejante envite haría necesario el concurso de la Cultura, a cuyos mandarines se encargaría, previa subvención, la creación de obras de marcado-acento-pedagógico, y así , en clave dramática, poética o chistosa, explicar al mundo (y a nosotros mismos, pues nunca se bailan suficientes sardanas) quiénes somos y adónde vamos, sí, pero sobre todo de dónde venimos.

No, no es que me sobre la imaginación; antes bien, me basta con mirar a izquierda y derecha, pues esa Cataluña ha empezado ya a esbozarse en Barcelona, el lugar donde, paradójicamente, menos condiciones se daban para ello. Las banderas estrelladas de los balcones son, al cabo, la tramoya de una ciudad cautiva, subyugada, desleída. Aquella Barcelona que fue un ejemplo de sostenibilidad financiera es ahora poco menos que el banco malo de Artur Mas. Aquella Barcelona que patrocinó el asombroso pulso entre los Bohigas y Bofill, entre los Foster y Calatrava, es hoy un viscoso abrevadero de erasmus, interrailes y magalufes. Aquella Barcelona que tan hermosamente fracasó con el Fórum, hoy se estrella de modo grotesco con el Tricentenario de 1714. Y aquella Fura dels Baus que paseó por el mundo su indócil temperamento, hoy no pasa de compañía teatral catalana.

¿Que cómo sería la independencia? Como viene siendo Barcelona pero ya sin el menor disimulo.


Libertad Digital, 10 de julio de 2014

Soberanismo para todos los públicos

 

La pasada semana llevé a mi hija menor (9 años) a ver una película clasificada como ‘apta para todos los públicos’. Uno de los anuncios que la precedió, no obstante, no lo era. De hecho, ni siquiera podía considerarse apto para mayores de 18 años, pues su categoría moral escapaba al criterio de mayor o menor madurez intelectual. El anuncio al que me refiero es un vídeo de Òmnium Cultural en el que, bajo el lema ‘Un país normal’, una serie de personalidades defienden el llamado ‘derecho a decidir’, es decir, la posibilidad de que una mayoría imprecisa de catalanes redibuje las fronteras de España. Lo hacen, como es norma entre nacionalistas, invocando el presunto sentido común que subyace bajo la propuesta de referéndum, en el sobreentendido de que todo es susceptible de votación.

Esta concepción, deudora de la doctrina de Philip Pettit, el pensador de cabecera de José Luis Rodríguez Zapatero, que abogaba, sintéticamente, porque la verdad fuera fruto de un consenso que involucrara a cuantas más gentes mejor; esta concepción, decía, tiende a considerar que aquellos que se oponen al Llamado no son sino autoritaristas de ceño fruncido a quienes las urnas provocan urticaria o, en el mejor de los casos, unos perfectos indocumentados. Así, y frente a lo que consideran mala fe o pura ignorancia (la propia de unas gentes, en fin, a caballo entre el franquismo y la huerta), los soberanistas se sitúan en un plano de superioridad que, de algún modo, les faculta para fingirse perplejos o enarcar la ceja (‘Pero, ¿qué hay de malo en votar?’).

Los personajes que aparecen en el vídeo abundan en esa clase de argumentos, con el añadido de que algunos de ellos pertenecen al colectivo que, en caso de referéndum, votaría-que-no, cuando la sola celebración del referéndum entraña un ‘sí’ inobjetable. Ahí están, con el melancólico patetismo de un pierrot subvencionado, Andreu Buenafuente, Berto Romero, Juan Luis Cano... tipos con los que he llegado a troncharme y que ahora, en la cámara acorazada en que se ha convertido la sala, blanden su cordialidad para revestir la secesión, lo autárquico, el ensimismamiento, de poco menos que de horizonte redentor.

Humoristas, me digo en lo oscuro; humoristas como Miquel Mikimoto Calçada, Toni Soler, Toni Albà, Albert Om... Ha sido la beatitud humorística, la mitja rialleta, el tu-ja-m’entens, el codazo tribal en conchabanza o, en fin, lo que el articulista Xavier Pericay ha resumido en la expresión ‘risa de conejo’, lo que ha terminado por convertir el nacionalismo en un subtexto sandunguero, en la falsilla chistosa sobre la que se escriben nuestros actos. Por eso alguien se ha atrevido a proyectarnos a mi hija y a mí un tráiler proindependencia.

Una sesión infantil. El humor y los niños. ¿Qué tiene de malo votar, eh? ¿Acaso te opones? Ajá, no eres demócrata. Se me ocurre, de forma un tanto inopinada, que el hecho de que el cine sea una experiencia compartida convierte en homeopática la irradiación de propaganda de TV3. Al cabo, en la intimidad del hogar no entra en juego la vergüenza ajena, o cuando menos no con tanta virulencia como lo hace en la extimidad de la platea. Bien pensado, calibro, tal vez sea mejor que haya testigos. No sólo por la evidencia de que el espectáculo se vuelve más y más grotesco a medida que va rebotando, como una bola de pinball, de cabeza en cabeza. También hay que tener en cuenta la posibilidad de que, llegado el día, nos digan que todo fue un sueño. Pero no. He ido al cine con mi hija a ver una película de niños y perros y me están obligando a ver a unos cómicos que se pretenden libres llamando a filas, ay Carmela, a sus conciudadanos. Y me pregunto, parafraseando a Josep Vicent Marquès, ¿qué hace el poder en esta sala? Y sí, también la escena del cine en llamas de Malditos bastardos me cruza la mente a semejanza de aquella nubecilla de Buñuel que rajaba el plenilunio. La película (y el vídeo) se proyectan, por cierto, en un cine Balañá, estirpe de empresarios a quienes el nacionalismo cerró la Monumental y que ahora andan proyectando tráilers por el derecho a decidir. Todo normalísimo.


Zoom News, 7 de julio de 2014