lunes, 22 de diciembre de 2014

Y sin embargo


Entre los cubanos afectos al castrismo, el embargo estadounidense ha dado lugar a enjuagues de todo a cien en que confluyen la santería, la abulia y el cinismo. Así, no hay lacra ni deficiencia que no sea achacable al imperialismo. ¿Que la guagua se demora? El bloqueo, chico, ya tú sabes. ¿Que no hay suministro de luz? Los gringos, que nos tienen bloqueaos. ¿Que la hermana del vecino se prostituye? Qué otra cosa iba a hacer, con el enemigo a 90 millas apretándonos las clavijas.

Se trata, además, de un mantra omnímodo y, por ello mismo, irresistible, pues no sólo sirve para paliar el fracaso cotidiano de la Revolución, sino también para seguir abonando la ficción de que el socialismo es un sueño infalible, y que sólo la conjura filofascista del complejo militar-industrial ha evitado su triunfo. ¡Qué no seríamos nosotros, ay, sin el bloqueo!

Resulta tentador especular con que el fin del embargo dejaría a los Castro y sus secuaces sin pretexto, aunque no conviene descartar que, en esa tesitura, el régimen invoque, en lugar del bloqueo, la herencia del bloqueo (del mismo modo, y disculpen la obscenidad, que en una Cataluña independiente el expolio se transubstanciaría en deuda histórica). En cuanto a la creencia de que la infiltración del capitalismo, siquiera por extranjería y capilaridad, acabe favoreciendo la instauración de la democracia, no hay más que volver la vista a Rusia y China. O a España y sus suecas de Torremolinos. El canto de un duro.

Por lo demás, no deja de ser enternecedor que cierta prensa europea celebre el fin del inmovilismo de Washington, así, con estas palabras, pasando por alto la evidencia de que no hay nada más inmóvil que una buena dictadura. No es el único malentendido que, en esta hora del siglo, proyecta el posibilismo de Obama. En la escena final de Los intocables de Eliot Ness, luego de que Al Capone resulte condenado, un reportero pregunta al protagonista: "Señor Ness, ¿qué hará si se levanta la prohibición?". A lo que éste contesta: "¡Tomarme un trago!". Una respuesta tan conmovedora como farisaica, pues, como es fama, la Ley Seca no impidió que los americanos se dieran a la bebida (¡al contrario!). Algo semejante sucede en Cuba con el embargo, cuyas fisuras, tan incontables como grotescas, han propiciado la circulación, no necesariamente bajo cuerda, de toda clase de mercancías supuestamente inasequibles. A la derogación del mal llamado bloqueo, en suma, nadie que no sea un hipócrita osará exclamar "¡Tomarme un trago!". Y como bien apunta Raúl Rivero en El Mundo, que se sepa, "las vacas, los plátanos, la yuca, el arroz y la malanga nunca se exportaron a Cuba desde Virginia o Baltimore".

Aunque para hipócritas, todos los progres españoles que, al grito de "¡La Transición fue una estafa!", siguen emperrados en procesar a Franco, desenterrar a los muertos y deshonrar a los vivos. Y que esta misma tarde se congratulaban del probable advenimiento de un periodo de paz y prosperidad para los cubanos. Esos cubanos, remataban, que llevan 54 años viviendo bajo el bloqueo, que siempre es más amable que vivir bajo una dictadura.


Libertad Digital, 18 de diciembre de 2014

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Operación Impala: Baico en África

Cubierta de la obra Operación Impala, de Manolo Maristany.
El empresario Oriol Regàs dejó en sus memorias, Los años divinos, jirones de la naturaleza quimérica, cuasi mítica, de los negocios que alentó, aquel ramillete de abrevaderos donde la izquierda glam se tentaba las carnes a despecho del franquismo. Bocaccio, Maddox, Revolution… La sola evocación de la trama de santuarios que llevaron su sello da noticia de su condición de precursor, atributo que irrigó todas las facetas en que fue multiplicando sus afanes. También la de motero, por mucho que en su juventud, mediados de los cincuenta del siglo pasado, aún no se hubiera acuñado la palabra.No en vano, y a semejanza del Regàs restaurador, mánager o editor, el Regàs motero se aventuró por sendas que nadie había transitado con anterioridad. Hubo, en fin, de desbrozarlas. Sus peripecias comenzaron con 18 años a lomos de una Montesa Brío 80 que le había comprado su abuelo como premio a su año y medio de abstinencia tabáquica. Dado su temperamento, lo primero que hizo al arrancarla fue subir al Tibidabo por la Arrabassada y encenderse un cigarrillo. La estampa acaso recuerde cualquiera de las escaramuzas del Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa, mas no conviene llamarse a engaño: la única similitud de Regàs con el Manolo que fabulara Juan Marsé es un fragmento del apodo: Oriol, en efecto, fue un niño bien. No tardaría mucho en obtener la licencia de piloto y tomar parte en pruebas de velocidad, en las que solía inscribirse con el enigmático nombre de Baico. Hablamos de premios amateurs, disputados a tumba abierta en circuitos urbanos, y donde no había más norma que la de llevar casco. Por descontado, todo corría por cuenta del piloto, que se desplazaba hasta la ciudad que acogía la prueba en la misma moto que luego utilizaba para competir. El fino pilotaje de Regás llamó la atención de Paco Bultó, patriarca de las carreras en España, y patrón, junto con Pedro Permanyer, de Montesa. Bultó, que luego fundaría la casa Bultaco, prohijó a aquel joven impetuoso y carismático, propiciando así un idilio entre el piloto y Montesa que habría de rendir uno de los más insólitos episodios del aventurerismo español. Me refiero a la Operación Impala, que llevó a Oriol Regàs y otros cuatro precursores a cruzar África, de sur a norte, en los primeros prototipos del modelo.

Ávido de heroicidades, Regàs había propuesto a Permanyer pilotar alguna de sus montesas en el continente africano, que aún llevaba prendido el fulgor de lo desconocido, lo salvaje, lo virginal... Permanyer, que por entonces preparaba el lanzamiento de su Impala, diseñada por Leopoldo Milá, atisbó en la propuesta de Regàs una fabulosa operación de marketing, por lo que aceptó el reto: Montesa pondría los vehículos y asumiría el 50% de los gastos de la travesía. La firma estadounidense de aceites Wynn's ("¡De acuerdo, póngale Wynn's!", rezaba el eslogan de la época) aportó otra parte, y el resto salió del bolsillo de los expedicionarios. Componían el grupo Tei Elizalde, Rafa Marsans, Enrique Vernis, Manuel Maristany (autor del reportaje fotográfico) y Oriol Regàs. El 27 de noviembre de 1961 se hizo a la mar el barco que transportó las motos, y los pilotos emprendieron el viaje a Ciudad del Cabo el 4 de enero de 1962, en un vuelo con escalas en Roma, Nairobi, Salisbury, Johannesburgo y Kimberley. Con ocasión del 45º aniversario de la Operación Impala, Maristany rememoró los preparativos en los siguientes términos: "Sin GPS, ni teléfonos móviles, ni helicópteros de seguimiento. Nada de nada. Sólo un Land Rover de apoyo con la impedimenta. A la pura aventura. Al albur. Antes de empezar el viaje, don Pedro Permanyer nos presentó un documento por el que nos hacíamos responsables de nuestra suerte y por el que Montesa se lavaba las manos en el caso de que acabáramos en la olla de los caníbales. Hicimos lo que hubiera hecho cualquier joven en circunstancias parecidas: firmar en el acto". Disponían, además del Land Rover de apoyo (comprado al efecto en Ciudad del Cabo), de la guía de viajes Trans-Africa Highway, que Tei Elizalde había adquirido en Londres.

La expectación desatada en España ante lo que prometía ser un desafío homérico se tradujo en decenas de noticias, entrevistas y reportajes. En una de aquellas piezas, publicada en la revista Automoto, el periodista Dimas Veiga hacía hincapié (de modo enternecedor, diríamos hoy) en la necesidad de que Regàs y los suyos viajaran armados con rifles: "A la dificultad del terreno y de las violentas condiciones climatológicas, hay que añadir la variada fauna que habita África. En gran parte se trata de animales feroces y, por lo tanto, peligrosos". Lo cierto, no obstante, es que el único obstáculo que hizo peligrar el éxito de la empresa fueron las desavenencias entre los pilotos. Llegados a Kampala, capital de Uganda, las autoridades de Sudán remitieron a Regàs un cable en que le decían que no les autorizaban a acceder al país por tierra, y que debían hacerlo navegando Nilo abajo hasta Jartum. Tei acaba de recibir la noticia del fallecimiento de su padre y abogó por seguir las instrucciones del Gobierno sudanés para, de ese modo, recortarle un trecho a la travesía. Al punto, Regàs repuso que esa solución convertía la hoja de ruta en un tablero de la oca, y advirtió a sus compañeros de que, en caso de que el fraude llegara a descubrirse, caerían en el descrédito. Resistirse a la tentación debió de ser una tortura; después de todo, quién habría de enterarse en un mundo sin internet ni teléfonos móviles. Finalmente, prevaleció el sentido del honor y cubrieron la distancia hasta Jartum atravesando una Etiopía que sumió a Regàs en el abatimiento. Así lo cuenta en Los años divinos: "No puedo decir que Addis Abeba me pareció una ciudad; un pozo de pobreza como aquél no merece tal nombre. El hacinamiento urbano, las míseras condiciones de vida, la trágica situación de la mujer y la falta de ilusión en el porvenir dibujaban la desolada cotidianidad del lugar".

Tras dejar atrás Sudán, aceleraron la marcha y en pocos días alcanzaron Alejandría: ya no se despegaron de su añorado Mediterráneo. El 5 de abril de 1962 llegaron a Túnez, última parada africana, el 10 embarcaron rumbo a Marsella y el 13 entraron en Barcelona arropados por cientos de motoristas. Esa tarde, José María de Porcioles, a la sazón alcalde de la ciudad, les recibió en el Ayuntamiento, y en los días siguientes anduvieron de homenaje en homenaje. Regàs recuerda con especial agrado la comida que les ofreció el entonces Delegado Nacional de Deportes, Juan Antonio Samaranch, en el restaurante Finisterre, uno de los pocos, por no decir el único, de gran lujo que había en aquella Barcelona.

Cincuenta y dos años después, la Impala sigue siendo un objeto de culto, una máquina de hechuras inverosímiles y con fama de irrompible; tan indómita y bravía, en suma, como el paisaje que la vio nacer.

En cuanto a Regàs, en 2009, dos años antes de su muerte, volvió a subirse al prototipo en el que cruzó África para un reportaje que conmemoraba, precisamente, el quincuagésimo aniversario de la Operación Impala. A su manera, también él se había convertido en una leyenda.


Club Pont Grup Magazine (núm. 5); 15 de diciembre de 2014

sábado, 13 de diciembre de 2014

La facultad de la política


Como recordarán, el profesor Monedero anotó en la cuenta de Podemos la abdicación de Don Juan Carlos, la dimisión de Rubalcaba y el hecho de que el Partido Popular empezara a hablar de regeneración democrática. Fue, si no me equivoco, unos días después de que asegurara que el Estado trató de desmovilizar a la juventud vasca por el procedimiento de sumirla en la heroína. La penúltima fanfarronada de la Anticasta ha corrido a cargo del profesor Iglesias, que se ha jactado de que los sms del 13-M "salieron de la Facultad de Políticas". Nótese, a este respecto, que las secreciones opinativas de los líderes de Podemos no se cifran en artículos divulgativos o ensayos académicos; ni siquiera son perlas que se hallen ladinamente incrustadas en conferencias, discursos o mítines. Antes bien, el pensamiento podemista es estrictamente televisivo o, en su defecto, rastreable en Youtube, esto es, infratelevisivo.

En el caso de nuestros charlistas, el dónde es todo un preludio del qué. No en vano, la mayoría de sus habladurías no son refutables por la sencilla razón de que no pertenecen al orden fáctico, sino al fangal de la leyenda urbana. Atribuir la autoría del "¡Pásalo!" a una brumosa inteligencia asamblearia no difiere en exceso de acusar a la policía nacional de repartir caramelos a las puertas de las herriko tabernas. Por demás, ambos casos ilustran a la perfección la arrogancia consustancial al marxismo, que da en explicar el mundo asomándose a él por el ojo de una aguja. Así, Iglesias pretende, nada menos, que Podemos es un proyecto largamente madurado en probeta, donde todo tuvo sentido desde el minuto cero, desmintiendo así a quienes lo consideramos un aluvión espontaneísta. A Monedero, por su parte, no le tiembla el pulso a la hora de arrogarse la liquidación del último felipista. Cualquier osadía parece admisible a condición de limar la complejidad que, inexorablemente, se cierne sobre los asuntos en que interviene la naturaleza humana.

A todo ello se suma la indiscutible ventaja de ser de izquierdas. Me refiero, claro está, al monopolio (oligopolio, si sumamos el nacionalismo) de los buenos sentimientos. Pillados en un renuncio, arrojan contra sus adversarios L'Estaca, Al alba o A galopar, bien entendido que sus errores están hechos del barro de la mejor intención, y frente a eso cualquier pejiguería, ay, es una canallada. Ojo, no una canallada contra ellos, sino contra la humanidad. Como los malos periodistas, a donde no llegan con la mentira pretenden llegar con el estilo. El Orinoco triste paseándose por mis ojos y el pajarico de Maduro no sólo son un revival; también son un programa.


Libertad Digital, 11 de diciembre de 2014

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Che, que bo!

Los aficionados al fútbol que vimos algún que otro partido en el viejo San Mamés tendemos a sublimar la experiencia a partir de un rosario de palabras más próximo a la mística que al fútbol. No es para menos, ya que en el estadio del Ahletic de Bilbao, todo, desde el chiquiteo de los prolegómenos hasta ese 'Athleeeeeeeetic' que parece surgir del averno mismo, rezuma trascendencia. Sin embargo, tengo para mí que el culto a la Catedral ha eclipsado graderíos con no poco virtuosismo. Mestalla es uno de ellos. El inefable pasodoble del comienzo, el desfile de falleras, el olor a pólvora y, cómo no, el hecho de que no bien llegado el minuto 5, la hinchada local, inexorablemente abonada a la turbulencia, ya se haya levantado en armas contra todo lo que se mueve, convierte cualquier partido del Valencia en una deliciosa chifladura. El escritor Rafa Lahuerta, socio del Valencia CF desde que llegó al mundo, hace ahora 43 años, se propuso plasmar sus venturas y desventuras de hincha valencianista al hilo de unas memorias que recompusieran, asimismo, algunos de los fragmentos de su historia familiar. El resultado es La balada del Bar Torino, un cántico de expiación y melancolía, de rabia y miel, que se eleva por encima de la tribuna para buscar su acomodo entre las obras que mejor han desbrozado la valencianidad. 

Pero empecemos por el final. Más precisamente, por la última página. La balada del Bar Torino termina con un párrafo en que Lahuerta se disculpa ante aquellos aficionados a los que ha llegado a increpar, llevado por el colérico arrebato en que suele desaguar el graderío, cualquier graderío. En enero de 2009, en el transcurso de un Valencia-Español en Mestalla, tuve el privilegio de conocer de primera mano a qué aludiría Lahuerta cinco años después. Aquella noche, lo que le levantó del asiento fue la ingratitud del respetable para con Vicente, el más excelso futbolista que jamás ha tenido jamás el Valencia, y al que una lesión había condenado al sonambulismo. "¡Desagradecidos! ¿Acaso no tenéis memoria?". La memoria, en efecto, es el único resorte sustantivo de un hincha, y ya entonces Lahuerta sospechaba que el hecho de que el Valencia, su Valencia, estuviera desprovisto de tradición narrativa (de eso que hoy, un tanto pomposamente, llamamos relato), se debía a la desmemoria de la hinchada. En cierto modo, y por mucho que la balada acabara por escribirse frente a un balcón sobre el Mediterráneo, a lomos de una bicicleta estática, aquella imprecación era ya un primer apunte del natural. 

Para Lahuerta, el desamparo literario del club no es sino un trasunto a escala del desamparo literario de la ciudad, simbolizado en el sinnúmero de novelas de Blasco Ibáñez que decoran, en la mejor tradición del toro y la flamenca, los hogares valencianos. Esa atonía, sostiene el autor, ha propiciado que Valencia viva a rebufo de Madrid y Barcelona, como si todo su afán se resumiera en vivir de espaldas a sí misma o incluso contra sí misma. Para un barcelonés como yo, harto del cada vez más infundado narcisismo de su ciudad, semejante desatención no deja de ser sugestiva, siquiera por lo que tiene de descompresión identitaria. Lahuerta, no obstante, rehúye cualquier tentación esteticista; no en vano, le basta con mirar enderredor para constatar que ese vacío tiende a ser ocupado por el casticismo o el catalanismo, y casi siempre en sus variantes más lúgubres. Sirva el ejemplo de la película Furia española, de Paco Betriu, en que las imágenes de un Barça-Valencia en el Camp Nou (hay un lance en que se aprecia perfectamente a Claramunt) sirven para ilustrar lo que, en el film, es un... Barça-Madrid. 

 Mas la identidad de Lahuerta no se halla únicamente definida por su ciudad o su club, por mucho que ambos capítulos la conformen sustancialmente, sino también por el núcleo familiar, los amigos, la literatura o el cine. En este sentido, La balada... constituye un retrato (del artista en 2014) en el que cada pincelada sugiere un atributo. El mocoso alucinado que, de la mano de su padre (al que están consagrados los más conmovedores pasajes), se fotografía con Kempes en el césped del viejo Heysel, tan sólo un día antes de que el Valencia se proclame campeón de la Recopa frente al Arsenal, convive con el panadero indolente al que la perspectiva de 'labrarse un futuro' le resulta soporífera; el fetichista al que se le disparan las pulsaciones ante un cromo de la Liga 70-71, con el mórbido lector del As (los martes, As Color); el urbanita que gusta de diluirse en la sesión de las cuatro del Albatros, con el lector atildado de autores fantasmales. Todas y cada una de esas facetas tienen, insisto, un mismo hilo conductor: el apego inveterado del autor a la valencianía. De hecho, no parece osado afirmar que en el fondo deLa balada... late una guía secreta de Valencia, un callejero trufado de bares sinvergüenzas, hornos que no existen y acequias ocultas en el subsuelo; santuarios de una ciudad que Lahuerta contempla taciturno desde la última fila de Mestalla, donde tiene su asiento, su guarida a lo Bruce Wayne, su cadillac solitario.

Esa melancolía, tan contraria a la naturaleza del Valencia CF, donde priman la fanfarronería, el hedonismo y la piromanía, tiene bastante que ver con la imposibilidad de aunar, en un todo incorruptible, la pendencia futbolera y el prurito literario. Quedan, eso sí, una ristra de intentos atrapados en ámbar, como ese día de finales de los noventa en que, a propósito de un Valencia-Hércules en vísperas de Navidad, Lahuerta colgó en la grada una pancarta que rezaba: "Un llibre per al Nadal: Alacant Blues, crónica sentimental de una búsqueda". Como es natural, nadie en el estadio se sintió concernido por aquella recomendación, en lo que pretendía ser un guiño a la renuencia alicantina a identificarse con la cadena silábica 'Alacant'. El fútbol y la sutileza, ay; agua y aceite. Por eso, en parte, Lahuerta, el Trinche Carlovich de las letras valencianas ("escribir un libro, pase; escribir dos es pasarse de listo") ve los partidos desde la cornisa. Es, sin duda, la mejor localidad para verse a sí mismo.


Jot Down, 7 de diciembre de 2014

Tal como éramos


Cuenta Óscar Tusquets en su último libro, Amables personajes, que el arquitecto José Antonio Coderch, a quien tuvo como profesor en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, no tenía reparo en demorar la entrega de un proyecto hasta lo intolerable si, con ello, aspiraba a la excelencia, ese horizonte moral. "Nunca es tarde para modificar un proyecto", solía aleccionar el maestro, representante de una casta de airados individualistas que ya entonces se hallaba en vías de extinción. "Aunque hayamos hecho esperar a los sufridos clientes durante años para comenzarlo", inculcaba a sus alumnos, "y hayamos tardado otro año en ultimarlo, ahora que ya vienen camino del estudio para recogerlo, me doy cuenta de que se puede mejorar, mejor dicho, que es una mierda, o sea que vamos a romperlo antes de que lleguen y lo volvemos a empezar". Un fin de raza, ya digo.

Viene esto a cuento del Retrato de la familia de Juan Carlos I, de Antonio López (otro de los personajes, por cierto, al que Tusquets dedica un artículo), que ya se puede ver en el Palacio Real como parte de la muestra El retrato en las colecciones reales. De Juan de Flandes a Antonio López. La sonrisa profesional de la Reina Sofía, presto el semblante para el enésimo disparo de flash y enhiesta la figura como debió de estarla el día en que fue tomada la foto, en aquel lejano 1994; el aire desmayado de la infanta Elena, que parece cargar sobre sus hombros con el peso de la saga, pues no en vano su padre, el Rey, la rodea con el brazo derecho, en un gesto en que se confunden la severidad y el arropamiento; la infanta Cristina, diríase que a punto de irse tras ser, intuimos, la última en llegar, así en el lienzo como en la vida; el príncipe Felipe, desgajado del machito, quién sabe si oteando su reinado. Y el Rey, claro, para el que en adelante ya todo fue bajada, y cuyo rostro, aún anguloso, recuerda vagamente al de López.

Han sido 20 años de trabajo, lo que supone una noticia extraordinaria en un país, España, donde todo lleva prendido el aciago colofón del "Así ya está bien". Tan sólo una tacha, que radica precisamente en haber dado por acabada (es decir, por muerta) una recreación que sigue viva, o, por recurrir al lenguaje cinematográfico, es de final abierto. Entre otras razones, porque, como es consustancial a este artista, la obra es, aun en su agonía, un apabullante work in progress en que el fondo de pantalla trasluce algunas de las cicatrices (coquetamente escogidas, cierto) del making of.

No descarto que, como sucedió a cuenta de las exequias de Doña Cayetana, la tuna republicana haga notar su desprecio por el retrato, al cabo una exaltación de la monarquía. Fieles a su tradición, lo harán sin percatarse de que el cuadro es en verdad un postrero bajonazo: los estragos del tiempo, ya se sabe, no distinguen entre nobles y plebeyos. Posaron para un retrato familiar y hoy son la encarnación de los versos de Manrique. Una performance real.



Libertad Digital, 4 de diciembre de 2014

Nueve monolitos vascos


Les doy por enterados de que la Diputación de Guipúzcoa, gobernada por Bildu, ha colocado en las carreteras de la provincia señales con las indicaciones 'Euskal Herria' y 'Basque Country' para hacer constar a los usuarios que circulan por una vía con RH negativo. Semejante iniciativa, que lleva por nombre acción de señalética nacional o cosa por el estilo (lo juro), ha de servir, al decir de sus impulsores, para que "todo el mundo tenga claro" que el territorio por el que transita es vasco y sólo vasco.

Los carteles son bilingües, pero eso no quiere decir que la diputada de Movilidad e Infraestructuras Viarias, Larraitz Ugarte, haya dispuesto una rotulación en español y otra en francés. Tal vez la lógica así lo hubiera aconsejado, máxime teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de los conductores que no son del País Vasco provienen del resto de España o del otro lado de los Pirineos. Mas pese a ello, o precisamente por ello, las indicaciones están impresas en inglés y en vascuence. La elección de la primera acaso tenga que ver con que es la lengua en que se internacionalizan los conflictos; la elección de la segunda, sin duda, ha de achacarse al espíritu redundante de todo nacionalismo, entendiendo por redundante el corolario de recordar a conductores guipuzcoanos que están en Guipúzcoa. Pero, como queda dicho, la medida (porque en verdad de eso se trata, de una medida) no pretende otro propósito que el que lleva a los osos a grabar su zarpa en los árboles.

La instalación de estos plafones (nueve en total, cuyo coste asciende a 90.000 euros) se inscribe en el consabido celo proetarra respecto a las comunicaciones. No en vano, una de las vías en que Bildu ha dejado su sello es la A-15, también conocida como Autovía de Leizarán. Como recordarán, la fetua que ETA lanzó a principios de los noventa contra el trazado se tradujo en 160 atentados, cuatro de los cuales costaron la vida a otras tantas personas relacionadas con el proyecto, entre ellas el directivo de Ferrovial José Edmundo Casañ. Paradojas del Estado de Derecho, la obra de ingeniería que mejor retrató el integrismo batasuno es hoy una sucesión de jalones destinados a que "todo el mundo tenga claro" que el País Vasco no es España. Nada, en fin, que deba extrañarnos, pues en manos de nacionalistas parece obligatorio que la realidad presente una doblez que, lejos de ser cosmética, contribuye a crear un marco mental muy concreto. Así, una carretera no puede ser sólo una carretera, sino también, y muy principalmente, un cementerio de monolitos que den noticia de quién manda y quién ha de obedecer; del mismo modo que un bar no puede ser tan sólo un bar, sino también, y sobre todo, una galería-museo de fotos de serial killers.


Libertad Digital, 27 de noviembre de 2014

Noventa y ocho


Hay una escena en 1980, de Iñaki Arteta, en que al obispo emérito de San Sebastián, José María Setién, le sale al paso la palabra democracia y no sabe exactamente qué estatus concederle. Difícilmente esta película podría tener un contrapunto más cabal que las apostillas que este caronte asexuado va dejando al pie de cada tumba. "¿Y los derechos colectivos qué, eh? ¿Cómo va a haber paz si no hay derechos colectivos?". No es la única muesca del documental que alude al clero. El guardia civil Lorenzo Báez, que entonces contaba 23 años, relata cómo el párroco de Yurre, tras detectar su presencia y la de otros compañeros entre los feligreses, exclama: "Hasta que no salgan los txakurras no empieza la misa". Y Víctor González, hermano de un guardia civil asesinado en Markina, asevera que eran los curas quienes informaban a los etarras de los movimientos de los guardias civiles. Además de a la iglesia, 1980, que alude al año más cruento de la historia de ETA, con 98 asesinatos, señala con crudeza al pueblo, a ese contingente de 200.000 filoetarras para quienes el voto a Herri Batasuna fue la traducción homeopática del tiro en la nuca. Y, por supuesto, al enjambre de figurantes que, al olor de la sangre, bisbiseaba la preceptiva esquela: "Algo habrá hecho". El colaboracionismo de los nativos forjó, de hecho, un atentado tipo. La víctima entra en un bar y se sienta a tomar un menú; un parroquiano informa de ello al comando que opera en la zona, cuyos miembros se desplazan al lugar, entran en el garito, acribillan al guardia civil y huyen. El tema no está exento de variaciones: en la localidad alavesa de Salvatierra, tres guardias que habían acudido a desviar el tráfico por el paso de una carrera ciclista fueron tiroteados por etarras confundidos entre el público. Como quiera que uno de los guardias agonizaba, el gentío alertó a los terroristas, que ya habían emprendido la huida, y éstos regresaron para rematarlo. 24 tiros más, no hubiera que volver de nuevo. Más allá de los testimonios de primera mano, la otra gran fuente documental de 1980 son los periódicos. Sorprende, en este punto, cómo los muertos fueron o bien ninguneados, o bien exhibidos de forma encarnizada, sin que mediara entre la sangre y el lector la más mínima operación periodística. Puro gore, en ambos casos. Es precisamente la remembranza de una de aquellas crime scenes la que lleva al periodista Florencio Domínguez a comparar los atentados etarras con atentados mafiosos. Ninguna de aquellas fotografías, en efecto, remite a una guerra; antes bien, evocan un tajo inopinado en el curso natural de una vida. Éste comía, ése cenaba, aquél llevaba a su hija al colegio. Bastaría con sustituir el bacalao al pil pil por unos espaguetis a la sorrentina para que aflorase, en toda su vacuidad, un bodegón napolitano. Vayan a verla, si tienen ocasión. Eso sí, tal como Iñaki Arteta confió a Nuria Richart en estas mismas páginas, "hay que ir llorao de casa". 


Libertad Digital, 20 de noviembre de 2014