miércoles, 20 de agosto de 2014

Smuack

"¿Y si nos vamos a vivir al campo?" La ciudad deviene mole atronadora que arrasa los puentes, desbarata el diálogo y corroe el deseo. Un reportaje sobre la repoblación de Cuenca les ha abierto los ojos. Ella, que ya desde pequeña se sentía atraída por lo campestre, pregunta si la miel se cultiva o se produce. "Qué cosas tengo, ¿no?" Él se imagina a cargo de una editorial exquisita y deficitaria, trabajando siete horas diarias (nunca más) en un pajar remodelado por una arquitecta ex cocainómana. Se miran, sonríen y el beso les sabe a lacre.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Los empoderados


Debe de ser la primera vez que las encuestas preguntan por un partido, Podemos, que no sólo carece de representación en esos parlamentos donde al parecer habrá de contabilizar decenas de escaños, sino que ni siquiera existe como tal. No en vano, la formación que lidera Pablo Iglesias no es más que una marca electoral o, si se prefiere, una asociación de ‘empoderados’. Los cinco eurodiputados en Estrasburgo no son una ilusión sensorial, cierto, mas también fueron un logro concreto y realísimo los 2 escaños que obtuvo en 1989 José María Ruiz-Mateos, al que votaron, por cierto, más de 600.000 españoles (casi el 4% de los sufragios) y no por ello flojearon las aduanas: con su electorado a cuestas, el jerezano siguió siendo lo que era: un jerezano que se creía supermán.

Otro tanto sucede con la precandidatura Guanyem Barcelona, que no es más que eso, una plataforma en estado embrionario de la que apenas se sabe que Ada Colau será su alcaldable y que Iniciativa per Catalunya, que llama con desespero a las puertas del club, no tiene garantizada su admisión por falta de pedigrí revolucionario. De nuevo, un partido de corte fantasmal, articulado en torno a una figura televisiva tan susceptible de fugacidad como cualquiera de las criaturas de esa isla del Dr. Moreau que es el plató de Sálvame, ocupa un lugar preferente en encuestas supuestamente rigurosas.

Contrariamente a la sobreexposición de que gozan Podemos, Guanyem Barcelona y, en general, todo pichichi que pretenda la caída del régimen, partidos como UPyD o Ciutadans no fueron tenidos en cuenta en los sondeos hasta que acreditaron al menos un diputado en aquellas instituciones por las que se preguntaba a la ciudadanía. Y qué decir de los platós. En el caso de Ciutadans se dio la abyecta circunstancia de que, cuando se alzó con sus primeros 3 diputados, no había ningún periodista de TV3 en el hotel Calderón, de ahí que, a la llegada del primer destacamento, cuando la ‘nostra’ se dignó hacer acto de presencia ‘por imperativo legal’, que no periodístico, la militancia prorrumpiera en aquella consigna para la eternidad: "¡Toma tres, tevetrés!". Ni que decir tiene que, en nombre de un sospechoso acceso de escrupulosidad, Albert Rivera no fue invitado a ninguno de los debates que se celebraron en dicha cadena ni en otras cadenas privadas, y eso a pesar de que las encuestas menos favorables pronosticaban, como poco, ‘0-1’ diputado.

No deja de ser chocante que dos fuerzas constitucionalistas (dos fuerzas, digamos, ‘prosistema’) como UPyD y C’s lo hayan tenido crudo para hacerse un hueco en las tribunas mediáticas, y que la guardia joven de Podemos, tan obscenamente antisistema, campe por televisiones, radios y periódicos como Paris Hilton por los reservados de Pachá. Y que campen, para más cojones y sin que se les caiga la cara de vergüenza, para proferir que la española es una democracia meramente "procedimental", un subproducto franquista que, en lo que a aspectos básicos se refiere, sigue poniéndole al Pueblo la pierna en la cabeza, que diría aquél.

Tan sólo cabe encomendarse a la posibilidad de que esa misma sobreexposición se lleve a las últimas consecuencias y, en el afán de aprovechar todas las rendijas del sistema para reventarlo por dentro, veamos a Iglesias y Monedero en 'Mira quién salta', 'Supervivientes' o, mejor aún, '21 días en el suburbio más peligroso de Caracas'.


Zoom News, 11 de agosto de 2014

El desviado

 

Los domingos suelo coincidir con el consejero de Territorio, Santi Vila, y su novio, el chef ítalo-brasileño Rafael Vertamatti, en la cola del cine Renoir Floridablanca, donde se proyectan películas leídas. Vila viste de manera desenfadada a la par que sobria, conforme al canon Guardiola pero sin ese estrepitoso sentido de la sencillez de quien, aún hoy, cree levitar sobre una pasarela de Antonio Miró. Ni siquiera en el modo como el consejero sostiene el, llamémosle, programa de mano del film, o en la forma como cruza el vestíbulo de la mano de su acompañante entre indisimulados arrullos parece haber una brizna de impostura.

Mas el cine Renoir no es la única plaza pública donde Vila ha mostrado (¿exhibido?) su sensibilidad para con el arte. El consejero nunca ha escondido su taurofilia, al punto de que el pasado verano se le vio en los tendidos de la plaza de Céret, el nouveau Perpiñán de los taurinos catalanes. (He estado tentado de escribir como-un-aficionado-más, pero he reculado ante la certeza de que ningún militante de CiU, uno de los grupos que alentó la prohibición en el Parlamento catalán, puede ya pertenecer al común de esa parroquia). En su acendrado recato, no obstante, se sacude la etiqueta de protaurino: considera, sencillamente, que sus conciudadanos disfrutaban de "la libertad de ir o no a los toros", que el debate "se ensució de apriorismos políticos" y que se saldó "con muchas incoherencias", en alusión al blindaje de los correbous.

De su natural querencia al pactismo ha surgido el "comienzo de una hermosa amistad" con Ana Pastor. Después de todo, ambos, ministra y consejero, custodian el transporte por tierra, mar y aire, lo que les asemeja, siquiera por su condición de tratantes de salvoconductos, con los brumosos Rick y Renault. Mucho me guardaré de aseverar quién hace de Rick y quién de Renault, pues, siguiendo a Vila, cualquier asignación en tal sentido no haría sino ensuciar el artículo de apriorismos.

Por lo demás, estamos ante el único gobernante de CiU que, lejos de la supersticiosa ufanía de la mayoría de sus correligionarios, ha abogado fríamente por "la calma para evitar males mayores", bien entendido que, como él mismo ha admitido sin tapujos, "los últimos 30 años han sido los mejores de la historia de Cataluña y de España".

Y sin embargo.

Un hombre fino, libérrimo, sensato, al que cabe suponer amante de la comida y el cine de autor, que disfruta sinceramente del toreo y abjura, con grata elocuencia, de tensar hasta lo imposible la relación con España. Un hombre, en fin, con semejante vergel de atributos, viene consintiendo que el que lo que lo defina sea Cataluña, esto es, el más azaroso de todos, personificando a su pesar cuán desolador puede llegar a ser el nacionalismo, cualquier nacionalismo.


Libertad Digital, 10 de agosto de 2014

viernes, 8 de agosto de 2014

Dos Ortiz

                                                                         Foto: Eduardo López (20 Minutos)

Cuando Enrique Bunbury dejó Héroes del Silencio, hastiado de una grandilocuencia cada vez más estéril, de unos punteos de guitarra que empezaron a antojársele tediosos y, sobre todo, de que los críticos vieran en él a un pálido trasunto de Jim Morrison; tras ponerle, en fin, el candado a la formación que lo había catapultado al éxito, Enrique Ortiz de Landázuri Izarduy se rindió a la pujanza de la música electrónica y lanzó ‘Radical Sonora’, un álbum preñado de ínfulas donde se advertía el eco del sound system, un vago soniquete arábigo y, sobre todo, una insufrible confusión. En el afán de reinventarse, Bunbury había tendido las redes en el caladero equivocado. Con todo, fue un trabajo enormemente instructivo por su condición de antimodelo, de estilo en el que no debía perseverar si no quería sonar a la copia de la copia de la copia de la copia... Aquel derrape obligó a Bunbury a indagar en sus querencias, en las aristas que pudieran hacer de él un cantante singular, en las antípodas del ectoplasma estereotipado en que había resultado su primer LP en solitario; un LP que, para más inri, le había puesto contra las cuerdas en sus tratos con la disquera, pues ya sólo disponía de una bala para demostrar que podía ser alguien al margen de Héroes. Una bala de plata, si se quiere, pero sólo una. Así las cosas, Bunbury pidió a sus padres las llaves del apartamento de Cambrils, en el que no había pasado un solo día desde su primera adolescencia. Un invierno después, alumbraba ‘Pequeño’, el disco que empezó a conferirle ese halo de cabaretero chamánico que aún hoy le orla. Ciertamente, Bunbury había labrado otras joyas a lo largo de su carrera, pero las que ensartó en 'Pequeño', a diferencia de tantas otras, no parecían prestadas. El periodista Josu Lapresa ha recogido esta vibrante peripecia, de manera más prolija e informada, en Pequeño, el disco que salvó a Bunbury. No obstante, si me he enredado en ella es para hablarles de otra obra; concretamente, de un conjunto de relatos escritos bajo el mismo influjo que, aun de forma tangencial, alumbró ‘Pequeño’: la del autor en la búsqueda (y el hallazgo) de una voz no ya reconocible, sino también intransferible. Me refiero a Una sucesión de amaneceres imprevistos, de Guille Ortiz. De mi amigo Guille Ortiz.

Guille Ortiz es, antes que nada, un hombre de aconteceres ubicuos: lo mismo entrevista a Bret Easton Ellis que diserta en madrugadas radiofónicas sobre grandes instantes de la humanidad, disecciona la última encuesta del CIS o arrostra una implacable cruzada contra el dopaje en el deporte de élite (a menudo bajo el hostigamiento no menos implacable de José Antonio Montano, ciclista de batín y tajante partidario de toda clase de muletas que acaben en  -ína, empezando por la fanta de naranja). Por lo demás, nuestro Ortiz es un consumado especialista (lo que viene siendo ‘un hacha’) en polaroidizar deportistas crepusculares y glosar atardeceres a contrapelo. Él mismo, de hecho, es un hombre con propensión al crepúsculo, algo así como la palpitante evidencia de que la melancolía, la verdadera melancolía, nada tiene que ver con la edad, sino con un prurito de sensibilidad que, bien lo sé, no es sino enfermiza. En su blog, ‘Pequeños objetivos’, ha ido enalteciendo esa melancolía, rebosante de suculentas animalizaciones (ah, la Chica Langosta) y cartografías de la felicidad (ah, aquel apartamento de Castelldefels). En ese puerto franco consagrado a los noventa, Guille Ortiz suele hablar de sí con el ánimo indisimulado de descifrar el mundo; a menudo, con un talante (o acaso es táctica) tan radicalmente 'yoísta' que el mundo es un puro decorado. 
 
En Una sucesión..., Guille Ortiz nada al fin en aguas abiertas, en esa pampa oceánica donde los nadadores están expuestos al frío, al codazo, al naufragio. Los cuentos que componen el volumen (es un decir, pues Guille Ortiz es uno de esos autores que, como Sergi Pàmies, no obliga al lector a hipotecar sus vacaciones para dar cuenta de sus obras; basta una tarde de domingo, preferentemente lluviosa); los cuentos, decía, fueron escritos al comienzo de la Crisis, por lo que prefiguran un mundo al borde del desplome, cual si en cada párrafo hubiera una playa, sí, mas con su estatua de la libertad decapitada.

Así, la ‘sucesión’ nos muestra a un escritor empachado de éxito, en lo que constituye una rara disección de la abúlica tramoya de los premios literarios; con un triángulo amoroso que podía haber surgido de la pluma de un Carver cualquiera o, aún mejor, del mismísimo Cheever; con una pareja (con incendio forestal al fondo) en cuya conversación crepitan todas las acepciones de la palabra ''cobardía'; con un ‘periodista’ free lance (pero, sobre todo, tremendamente 'free') que alimenta una revistilla digital a base de estupideces por lo demás inventadas: un relato, éste, que remite a la dictadura del click, del ‘tráfico’, del usuario. Y a algo que dejó dicho Enric González en alusión a este ‘nuevo periodismo’: “Sacar cosas de internet para volver a meterlas en internet”. Ojo; volver a meterlas pero no revisitadas, interpretadas o embellecidas. No; a bote pronto, apenas levemente corrompidas por el efímero contacto con el aire que, al cabo, propicia toda puerta giratoria.

La voz que, a mi inmodesto modo de ver, ha hallado Ortiz, ahonda en la encrucijada que supone vivir (o no) del cuento. Olvídense de la cansina postal del novelista alcoholizado que habita una buhardilla y gimotea la desbandada de las musas; lo que Ortiz plantea es un asunto estrictamente mercantil: el del intrincado encaje del ‘nuevo’ escritor, es decir, del escritor todoterreno, en la cadena de (des)valor en que ha devenido el oficio. De esa obsesión y sus problemas con las mujeres se nutre una obra magistralmente escrita, plagada de diálogos electrizantes (el terreno en que mejor se desenvuelve el autor) y, curiosamente, pródiga en personajes catalanes: debemos de estar ante el único autor sinceramente federalista que han dado las letras madrileñas, y ya sólo por esa condición de rara avis merece la pena dedicarle una tarde de domingo. Eso sí, preferentemente lluviosa.


Pequeño. El disco que salvó a Bunbury, de Josu Lapresa. Prólogo de Nacho Vegas; Lengua de Trapo, colección Cara B; Madrid, 2014.

Una sucesión de amaneceres imprevistos, de Guillermo Ortiz; Lapsus Calami; Madrid, 2014.

jueves, 7 de agosto de 2014

De los mortales el consuelo al morir

La novela o el ensayo que tal o cual título traerían consigo me parecían una minucia, un trámite que habría de resolver la primavera. A tal punto llegó mi querencia por el bautismo de lo que no eran sino proyectos (y, en simétrica puridad, mi reverencial desprecio por el trabajo) que estuve tentado de patentar algunas de las joyas que iban engordando el cajón. ¿En qué andas metido?, me preguntaban los amigos. Y yo improvisaba la sinopsis de una gloriosa historia sobre, pongamos, el amor y la incomunicación, una historia que llevaría por título, "aún le estoy dando vueltas", Amadores de tronío, o Noches de plexiglás, o acaso El día menos pensado. Confundido el afán con la locura, medité la posibilidad de ir diseminando mis encabezamientos y, ya de paso, asesorar a algunos de mis autores predilectos. A Eduardo Mendoza le cedería El cazador de regocijos; a Arturo Pérez-Reverte, Galería de achantados; a Ray Loriga, El tatuador que detestaba Reikiavik; a Pedro Almodóvar, ¿Hay algo de amor en tus gemidos?; a Javier Marías, Cuando ya sólo fumen los espectros; y a Raúl del Pozo, siquiera por el aprecio que le tuve en los noventa, Gatillazo en Arganzuela. En la cima del éxito, me daría al arte de apodar toreros (Tierno de la Acería, Alberito Chico, José María Perpiñán) y toros (Puñalón, Nazareno, Ermitaño).
Al término del ensueño, yacía convertido en un individuo brumoso, mitad verdad mitad mentira, en un ser de lejanías que pronto, muy pronto actuaría de incógnito, a la manera de un Banksy que al amparo de la noche rebautizara el mundo. Y así tenerte de nuevo entre mis brazos.

Carrère en Cataluña


En El adversario, Emmanuel Carrère se ocupa del caso de Jean Claude Romand, un ciudadano francés que, durante 18 años, hizo creer a sus familiares y amigos que era médico investigador de la Organización Mundial de la Salud. En esos 18 años, se las ingenió para que su esposa no lo llamara jamás a 'la oficina'; para procurarse, por la vía del sablazo piramidal, pingües ingresos que, supuestamente, provenían de su alta responsabilidad en el organismo sanitario. Carrère, uno de esos ensayistas que en lugar de preguntarse los porqués suele preguntarse por los cómos, indaga en la vida de Romand con el asombro por todo combustible. La mentira fundacional de su biografiado, la semilla que rompió en vergel de falsedades, fue presentarse ante la que por entonces era su novia como licenciado en Medicina.

Sin embargo, y por encima de esa pulsión estrictamente declarativa, se alzaba la mentira en su vertiente metafísica, esto es, la que condenó a Romand al asombroso esfuerzo de ir levantando universos para dar acomodo a cada una de sus patrañas. Dieciocho años fabulando conversaciones inexistentes, narrando anécdotas ilusorias, mandando hacerse tarjetas de visita truchas. Leyendo El adversario, resulta inevitable pensar, una y otra vez, en esa bobada de que la vida sería invivible si todo el mundo dijera siempre la verdad: Carrère cuenta lo que sucede cuando se dice siempre la mentira. 'Decir la mentira', bien lo sé, es torturar el lenguaje, mas no deja de ser curiosa la asimetría gramatical entre las expresiones 'decir la verdad' y 'decir una mentira' (tell the truth y tell a lie), como si ya la sintaxis pregonara, de algún modo, que la verdadera imposibilidad, lo que hace de la vida un acontecimiento terrorífico, es la costumbre de vivir mintiendo: decir la mentira, tell the lie.


El encierro de Jordi Pujol en su residencia de Latour-de-Carol, así como la cancelación de los actos de su agenda, presentan visos de clausura ad eternum. No en vano, su peripecia guarda semejanzas, y no precisamente remotas, con la de Jean Claude Romand. Acaso lo único que les distinga es que Pujol sí completó sus estudios de Medicina, especialidad Pediatría. Por lo demás, todas las memorias, panegíricos y avemarías que, de unos años a esta parte, han aireado la vida del don, ya no resisten el menor contacto con el aire, por lo que no merecen sino la guillotina. Se trata, en fin, de subproductos elaborados bajo la hipnosis a que fueron sometidos no ya los catalanes; también el resto de los españoles. No hay en ellos una sola verdad, bien entendido que se concibieron bajo la premisa de que Pujol podía-ser-lo-que-fuera,-pero-nunca-un-ladrón; de que no había un avariento delincuente discurriendo en paralelo al fatuo moralista. Qué Cataluña, esta mía. La última amputación editorial de que se tiene noticia en la región afectó a la biografía que Tusquets y Vilanova trazaron de Maragall. Mas no por falsa, sino por veraz.


En puridad, no obstante, lo que debiera guillotinarse (o tal vez exhibirse en un museo, a la manera como el nacionalismo marca tricentenario) no es el pujolismo, sino la historia reciente de 'Catalunya'. Una de las grandes paradojas que se desprende de la confesión ensalza, una vez más, a Albert Boadella. (¿Boadella? Ejem... Un genio, sí, ahí no me meto, pero ¿no se le está yendo un poco la flapa?). Su alucinado Ubú y, en general, cada uno de sus vilipendiados montajes son, hoy domingo a las 20:08 de la tarde, el manual primigenio, indispensable, para descifrar este 'país petit', el catecismo que resume todo lo que siempre quiso usted preguntar sobre Cataluña pero nunca se atrevió a saber.


Resulta enternecedor, en estos días, leer (por pura fruición de resentido, sólo compro prensa catalana) a tantos articulistas que defienden que un pecado, por grave que sea, no invalida una vida. Enternecedor, digo, porque la vida que pretenden salvar no es la del patriarca, sino la suya.



Zoom News, 4 de agosto de 2014

lunes, 4 de agosto de 2014

El comisionista


Una de las razones por las que Jordi Pujol logró enredar a tantísimos españoles (no, los catalanes no hemos sido los únicos damnificados; antes bien, la fascinación que el ex muy honorable despertó en 'Madrit' hasta el pasado 24 de julio ha de cargarse, justamente, en la cuenta de la ansonería); uno de los motivos, decía, por los que cuajó el simulacro tuvo bastante que ver con la especie de que Pujol no acostumbraba hablar de dinero. Ni de dinero ni de comida, precisamente los dos grandes asuntos en los que Josep Pla nunca dejó de inmiscuirse, lo que explica, aunque sólo en parte y, si se quiere, de soslayo freudiano, el odio púnico que el Milhomes, como solía apodarle Tarradellas, profesó al escritor ampurdanés.

Tal apreciación, no obstante, no es sino el enésimo de los malentendidos que rodean al personaje, pues la verdad es que el único tema de conversación en su infinito soliloquio con España fue el dinero, el 'qué hay de lo mío', el 'peix el cove', el 'yo te doy los votos que te brindarán la mayoría para no importa qué, pero tú a cambio qué me das, eh, qué me das'. En ese trueque inopinado cabe (¡y sobra hueco!) todo el sentido de Estado del fundador de CiU, que es, por cierto, el único sentido de Estado del que puede ufanarse el nacionalismo catalán. Teóricamente, ese 'cash converter' había de repercutir en Cataluña, pero dado que Pujol era Cataluña, repercutía también en sus bolsillos. Hasta ahí, en efecto, llegó la perversa identificación entre el país y el hombre, quien, en su delirante querencia por la venta de porteros automáticos, se imbuyó de la convicción de que sus servicios a Cataluña bien merecían una comisión, un pellizquito. Esta conjetura es, tanto como su religiosidad, el único obstáculo para que Pujol no considere el suicidio, como cabría temer de un individuo que ha consagrado los trabajos y los días a labrarse una parcela en el olimpo de la posteridad, que ha ido excretando memorias con el ánimo indisimulado de marcar el terreno a los historiadores.

Ciertamente, el periodismo catalán, con su proverbial elegancia, jamás le importunó respecto a las habladurías sobre su supuesta fortuna. Y cuando Pujol se dignó zambullirse en ellas fue para limitarse a decir que de la economía doméstica se ocupaba su esposa, y que a él el billetamen no era cosa que le interesara lo más mínimo. Él mismo cultivó el mito de su austeridad cuando, por ejemplo, en el día de Sant Jordi, eludía pagar, con el aire despreocupado de un monarca cualquiera, los libros que se llevaba de los puestecillos. Tanta era su aversión a 'llevar suelto' que del pago de las compras solían encargarse los guardaespaldas, quienes, como es fama, no siempre se atrevían a presentar la hoja de gastos, no fuera a ser que, por un exceso de meticulosidad, se quedaran sin currito como las constructoras se quedaban sin concesión. Y es que lo de Pujol, admitámoslo, nunca fue el menudeo.


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Arropado por su esposa, Marta Ferrusola, incansable embajadora de su marido, y por sus hijos, todos formando bloque, no lamenta ni por un instante haber dedicado su vida a la política. A pesar del cansancio, del que parece no resentirse en absoluto; de los disgustos, de las satisfacciones, que también las hay, y del difícil momento que toca, como siempre, vivir, ni se le pasa por la cabeza la tentación de volver a la sombra, al incógnito, a la ciudadanía de a pie. Declara, convencido, que está metido en este fregado porque le gusta y le interesa, y por lo tanto no tiene ningún -motivo de queja. Quizá su vida familiar sería más reposada, su trabajo y su ocio con menos sobresaltos. Pero Jordi Pujol ni quiere ni puede "plegar". No se debe engañar ni defraudar a la gente que cree en alguien, y esto lo tiene clarísimo.
 


Libertad Digital, 31 de julio de 2014