martes, 9 de septiembre de 2014

Dos tazas

Todavía coleaba la censura en TVE al economista Juan Ramón Rallo cuando supimos que el Instituto Cervantes de Utrecht había cancelado la presentación en su sede de la edición neerlandesa de la novela Victus, de Albert Sánchez-Piñol.

En el caso de Rallo, el sindicato UGT exigió en un comunicado que se suspendiera "de inmediato cualquier relación laboral con [él]". "Es más", proseguía el texto, "demandamos por parte de nuestra dirección [sic] que sepa quiénes son y qué deben defender [sic], y que en consecuencia impidan [sic] la presencia de este señor en nuestras instalaciones". A la luz del sintagma final, 'nuestras instalaciones', la exigencia de UGT es perfectamente comprensible. Al cabo, uno en su casa deniega la entrada a quien le da la gana, y esa nota, en efecto, parecía haber sido redactada en un sofá orejero, lo que explicaría lo mullido de la prosa. La razón por la que UGT proscribía a Rallo porfiaba en la cuestión, digamos, doméstica:

Este nuevo "ideólogo" [es probable que las comillas sugieran que nadie que se tenga por liberal es susceptible de generar ideología] contra lo público que viene a medrar de lo público aboga sin tapujos por el cierre inmediato de cualquier RTV pública, y nosotros lo metemos en casa. Abrir de par en par la puerta a quien se declara tu enemigo cada vez que tiene ocasión es estúpido, es propio de tontos.

En lo que concierne al novelista catalán, el Cervantes utrechtense divulgó el siguiente tuit: "El encuentro entre el escritor Albert Sánchez Piñol y el traductor Adri Boon se pospone a una fecha posterior". Que una entidad dedicada a la promoción y enseñanza de la lengua española se permita el ronroneo de 'aplazar un acto a una fecha posterior', esto es, de subir arriba o bajar abajo, sugiere que lo último que necesita el español son cervantinos que lo promocionen. Fin de la cita. Según declaró a Catalunya Ràdio el director de Comunicación del C-Utrecht, Hernando Calleja, la cancelación se debió a que "las circunstancias actuales" no eran "las adecuadas para realizar un acto cultural que podía ser interpretado en claves de otra naturaleza". Las 'circunstancias' a las que se refiere podrían tener que ver con el sesgo historiográfico de la novela, o tal vez con el hecho de que Victus empiece por 'V', o con que un día antes de la frustrada presentación en Utrecht, la novela se presentara en Ámsterdam bajo los auspicios de Diplocat, red de delegaciones en el extranjero de la Generalitat de Cataluña que hace las veces de diplomacia en ciernes. El directivo del Cervantes manifestó, asimismo, que se sentían "atrapados entre dos fuegos: los independentistas y los que nos dicen 'tontos, os la han colado'".

 No deja de ser curioso que tanto la Ugetevé como el Cutrecht invoquen en sus respectivos espulgos el temor a parecer estúpidos ("propio de tontos", los unos; "nos dicen tontos", los otros), quién sabe si con el propósito de convertir la censura en una inédita guarida de la inteligencia.

Sea como sea, no siempre el dedo que señala la luna merece pasar inadvertido. Rallo, liberal sin aditivos, defiende la reducción del Estado a la mínima expresión, lo que incluye el desmantelamiento de las televisiones públicas. ¿Es coherente que un economista que propugna esa medida se emplee como colaborador en TVE? El propio Rallo, sensible a la esquirla de moralidad que se desprende de sus tratos con el Ente, habló de ello en Libertad Digital. El artículo no sólo es atendible por su finura argumental (habitual, por lo demás, en el autor), sino también porque prefigura un sistema de pesos y medidas del que, como poco, cabe alabar su audacia.

 Así, a Rallo le parece tan justificable que un liberal "acuda a una televisión pública que quiere privatizar" como "que acuda a un hospital público que desea liberalizar". Entre otras razones, porque "la radical coherencia de un liberal con los principios de una sociedad liberal sólo podría observarse en caso de que se hallara inmerso en esa sociedad liberal". Al margen de la endeblez de la comparación (al hospital se va por necesidades sanitarias; a una televisión, para lucrarse) o acaso precisamente por ello, el autor esgrime en su descargo el concepto de "lucro desproporcionado en la interacción con el sector público". Su coherencia, así, estribaría en la ausencia de desproporción en la retribución que había pactado con TVE.

Esta reflexión, propia de un intelectual de luces largas, tan concernido por la divulgación de la doctrina liberal como por su entretela ética, constituye un embrión deontológico que, en adelante, habrá de tenerse en cuenta. Y a él habrá que remitir, por cierto, a todos esos pancistas de derechas a los que se les hincha la carótida en cuanto ven a alguien de izquierdas disfrutar de la cocina nitrogenada.

En cualquier caso, estas disquisiciones no son sino créditos de libre elección. El tuétano del asunto es que UGT no sólo ha vetado la participación en TVE de un economista en razón de su ideología, sino que además ha reclamado que no se le permita la entrada a 'sus' instalaciones. Y lo más sustancial: que ese matonismo ha surtido efecto.

En la censura de Victus también aflora una contradicción. Mas no porque el autor, independentista confeso, quisiera servirse de un organismo español para promocionar su novela (eso sí: después del grotesco espectáculo de la elección de autores catalanes para la Feria de Frankfurt, los pitinflats a lo Monzó harían bien en taparse). Semejante pretensión encaja sin traumas en esa escala de grises de la que Rallo habla en su alegato sobre la coherencia. O por decirlo de otro modo: Sánchez Piñol y su Victus en Utrecht no son equiparables al intento de un cantante proetarra de actuar en un pabellón bautizado con el nombre de un concejal asesinado por ETA. No, el desvarío, aquí, atañe al Gobierno. Y más precisamente a Mariano Rajoy, que el 14 de agosto de 2013 hizo saber que su lectura veraniega era Victus, de la que opinó que pese a estar escrita en clave nacionalista, era muy interesante. Todo para que ahora su jefe de Gabinete, Jorge Moragas, diga secamente que se trata de una obra que "manipula la historia".

Y es que siendo insólito que un Gobierno se dedique a la crítica literaria ("De Victus dijo Rajoy...", "De Victus dijo Moragas..."), aún lo es más que la posibilidad de presentar tal o cual novela en un pedazo de España dependa de sus reseñas.


Zoom News, 7 de septiembre de 2014

La piel gruesa


Preguntado en la emisora RAC1 por el modo como despiertan en Cardedeu a los regidores del PP, el jefe de fusileros del lugar rezongó: "És que aquests del PP tenen la pell molt fina". En catalán, decir de un individuo que tiene la pell fina (piel fina) equivale a calificarlo de 'susceptible' o, más precisamente, de 'picajoso'. El entrevistador, en desenvuelta conchabanza con el trabuquero, dijo de la "prensa española" que había puesto el grito en el cielo y describió el suceso como un "incidente". Al punto, y convencido de que la palabra incidente tenía demasiada extensión para designar lo que, a su juicio, era una minucia, puntualizó: "Bueno, incidente por llamarlo de alguna forma".

La anécdota ilustra a las claras el fastidio con que el nacionalismo sobrelleva lo que, con arreglo al principio de ciudadanía, no son sino denuncias legítimas. Una cuadrilla de nativos disfrazados de carlistas se detiene frente a la casa de un cargo electo y teatraliza su ejecución, pero el escándalo (¡la prensa española!) no es culpa de los bravíos matasietes venidos del siglo XIX, sino del irascible político que habita el XXI.

Por descontado, lo que sirve para este representante de la voluntad popular también hace al caso para esos padres que, amparándose en la ley, vienen reclamando que a sus hijos les sean impartidas en castellano la mitad de las asignaturas. Sin duda, individuos afectados por una patológica renuencia a "entender a los catalanes" (expresión, por cierto, que empieza a guardar un vinagroso parecido con esa otra, tan propia de los westerns, de "a ver si te vas enterando de cómo hacemos aquí las cosas").


En cierto modo, no importa si un guionista televisivo tirotea una fotografía de Juan Carlos I en TV3, o si esa misma televisión pública actúa de vocera del Llamado Proceso (cuando no de promotora del mismo), o si un actorcillo escupe en Twitter no sé qué de un bukake catalán a la vicepresidenta Soraya, o si una señora le suelta un tortazo en plena calle al secretario general de los socialistas catalanes... Para los soberanistas, se trata exclusivamente de lances del juego y, como es sabido, lo que pasa en el campo se queda en el campo.

El déficit democrático que lastra al nacionalismo, a cualquier nacionalismo, tiene que ver, precisamente, con la justificación reiterada de lo que, en puridad, no son más que quebrantamientos de la ley o, cuando menos, improperios de toda laya cuyo objeto es el menoscabo de la convivencia. Por lo común, el homo patrio da su brazo a torcer y admite que sí, que tal vez ha habido un error en las formas o una insuficiente contextualización que ha dificultado la comprensión del chiste, del puyazo, de la parodia. Sin embargo, a continuación no puede reprimir un "Ahora bien, no me negarás que tenéis la piel muy fina". Las reglas del juego, así, quedan reducidas a un trámite más o menos engorroso, a un irritante ceremonial que no se distingue en exceso del protocolo que se estila en la recepción en una embajada. Una pauta para redichos con la que uno tiene que cumplir, sí, pero sin el menor entusiasmo. No en vano, qué mejor que un pelotón carlista que muestre de verdad cómo somos, que se quiten las florituras. Ya lo decía una pintada falangista en la barcelonesa calle Lérida, a mediados de los setenta: "Sólo los hombres dicen no a la Constitución".

Volviendo a los despertares de Cardedeu, habría de bastar, para desmentir que todo fuera un divertimento de carácter folclórico, la evidencia de que el concejal Jaime Gelada no iba disfrazado de nada.



Libertad Digital, 4 de septiembre de 2014

jueves, 4 de septiembre de 2014

Más cine, por favor


Mi primera militancia estética lo fue en el cine de Bruce Lee. Aún hoy me pregunto cómo pudo mi abuela soportar esa tralla sin el menor resoplido, pues ni siquiera yo, pese al esmero que pongo en la custodia de mi infancia, resisto hoy en día más de diez minutos de gresca china; suficientes, eso sí, como para atusar la nostalgia, dejar que me asome una sonrisa y, con un celo rayano en la morosidad, ir recobrando el aliento.

Visto ahora, cualquier combate de Operación Dragón no deja de ser una efluvio pornográfico. En el cine Marina, no obstante, apreciábamos tanto la cópula cuanto el prolegómeno, esto es, la película que precedía a la actuación de Bruce, ya fuera aquélla de destape, de romanos o de vaqueros (es probable que no hubiera otra pauta que la decantación más o menos azarosa de los lotes de reestreno que asediaban Barcelona).


La naturalidad con que deglutíamos esas otras películas, a menudo filmadas veinte o treinta año
s antes, da perfecta cuenta de la nula importancia que entonces tenía lo novedoso; máxime a la luz de nuestros días, en que sentarse a ver una serie de hace dos o tres años es una ceremonia tan arqueológica como leer un periódico de ayer.

[...]


En el instituto empezó a correr la noticia de que el mundo se dividía en películas con mensaje y películas sin mensaje. Hubo quien, clavando la pértiga en el marxismo, voceó una exuberante fe de erratas: "¡Ilusos! Eso que llamáis películas sin mensaje son opiáceos al servicio del capital, pura ideología dominante". A partir de ese instante, películas como El secreto de la pirámide, Terminator o Rocky 4 exigieron un parte médico, una nota al pie o una rialleta licenciosa en clave de canita al aire.

Sea como sea, y a rebufo de la convicción de que cualquier forma de ocio debía ser revolucionaria, empezamos a frecuentar la Filmo, el Arkadin, el Capsa, el Casablanca y el Verdi. Grosso modo, nuestros cines predilectos pasaron a ser los que proyectaban películas europeas en VOS ('leídas', decía mi abuela) y disponían de octavillas con la ficha técnica y algún que otro apunte admirativo (lo que, dicho sea, facilitaba al espectador la tarea de formarse un juicio crítico). No en vano, tan importante como ir al cine era comentar la película, pues lo crucial no era el consumo (eso que algunos comunicólogos llamaron, sin vergüenza ninguna, experiencia fílmica), sino la enseñanza que éste procuraba.


Di por clausurada mi etapa pedante (cisne cuello negro y El País bajo el brazo) con la trilogía de Kieslowski, que critiqué con vehemencia de converso en una gacetilla universitaria que por entonces se publicaba en Bellaterra. Lo cierto es que Kieslowski no me exasperaba tanto como llegué a jurar, mas simbolizaba la clase de autor al que rendían pleitesía los existencialistas de tres al cuarto; la clase de homeopatía, en fin, para evitar la lectura.

martes, 2 de septiembre de 2014

El militante de base

 
 
Tras saberse que Carlos Mulas, a la sazón director de la Fundación Ideas, había contratado artículos por valor de 60.000 euros a una ensayista fantasma, Amy Martin, tras la que se escondían él mismo y su esposa, Jesús Caldera le destituyó. Además, el PSOE, formación a la que pertenecía Mulas, le abrió un expediente de expulsión. Ambos baldones convertirían en un pellizco de pigmeo el hecho de que el secretario de Organización del PSOE, Óscar López, tildara a Mulas de "golfo".

Luis Bárcenas cesó en 2009 del cargo de tesorero del Partido Popular después de que se destapara su implicación en el caso Gürtel. Un año después, renunció a su escaño en el Senado y solicitó su baja como militante del partido (si bien siguió cobrando 'indemnizaciones diferidas' hasta 2013, según admitió en su peculiar neolengua la secretaria general de la organización, María Dolores de Cospedal). La supuesta existencia de una contabilidad B y el presunto pago de sobresueldos a los dirigentes de partido acabarían dejando a Bárcenas sin más asidero que el de su remoquete, que aún sufriría una postrera trasposición como consecuencia del desprecio de los suyos: Luis el Cabrón pasó a ser, ya para los restos, el Cabrón de Luis.

Luego de la confesión de que llevaba 34 años ocultando al fisco "un dinero ubicado en el extranjero", Jordi Pujol renunció al sueldo y a la oficina que tenía asignados como ex presidente, al título honorífico de presidente fundador de CDC y de CiU, al tratamiento de "Muy Honorable Señor" y a las medallas de oro de la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona.

A lo que no ha renunciado Pujol es a la militancia en Convergencia Democrática de Cataluña, partido al que sigue adscrito a 31 de agosto de 2014, esto es, 36 días después de que admitiera públicamente que era, cuando menos, un defraudador, y no sólo en lo que atañe a la herencia paterna. Dado el personaje y su circunstancia, no hay que descartar la posibilidad de que "no haya encontrado el momento" para solicitar la baja de CDC. Pero, ¿y sus dirigentes? ¿Tampoco ellos han tenido ocasión de cursar el expediente? ¿O acaso están incapacitados para arrostrar semejante autolesión? Eran tantas las capas de la cebolla, tantas las prebendas de que gozaba el páter, que en su intento de remisión (¡al cabo, una expiación!), ha olvidado rendir la más afrentosa: su militancia.


Zoom News, 1 de septiembre de 2014

Barceloneta all included

Rehabilitada en 2012, la casa del Porrón, en la calle
San Carlos, es la única del 'plan Cermeño' que se
conserva tal como fue proyectada, sin divisiones ni
remontes, 260 años después de que fuera levantada.   
Resulta imposible cruzar la Barceloneta sin arrastrar diez, cien, un cardumen de historias. Historias como la de esos ocho italianos que, esta misma semana, remataron su estancia en un piso de la calle Almirante Churruca dejando un grifo abierto. Era un primero (un segundo real) y el borbotón llegó hasta la calle, inundando de pasada la terraza del principal, que este invierno había sido reparada de la fisura en forma de diagrama de árbol ocasionada por el peso de las macetas, excesivo a todas luces para una edificación que nació endeble. En el principal, no obstante, nadie se percató de nada: las tres jóvenes holandesas que aquel día lo ocupaban despertaron a la vida cuando ya la vivienda parecía una vivísima prolongación del Mediterráneo. Justo lo que prometen las agencias.

La mayoría de los episodios que vienen sucediéndose en el barrio terminan, si fa no fa, como el de esos ocho italianos, esto es, enmarañados en una antología de la carencia que hunde sus raíces en 1749, año en que el ingeniero militar Juan Martín Cermeño, por iniciativa del capitán general Jaime de Guzmán-Dávalos y Spínola, segundo marqués de la Mina, proyectó el suburbio a escuadra y cartabón, cual si se tratara de un continente que urgiera colonizar. En su génesis, la Barceloneta fueron 15 trazos de 7,5 metros de ancho paralelos a la ribera, atravesados perpendicularmente por otros 3 de poco más de 9 metros. Las casas, de planta baja y un piso, destinadas a una sola familia en régimen de propiedad, consistían en un prisma de seis caras cuya superficie no excedía de los 65 metros cuadrados. La actual Barceloneta no es sino la aberración alevosa y sostenida de aquel plan urbanístico, que, aun a pesar de su ascendencia militar (la longitud de las calles, por ejemplo, pretendía favorecer el desalojo a cañonazos de la muchedumbre en caso de revuelta popular), albergaba un mandato de salubridad. No en vano, el hecho de que las construcciones fueran relativamente bajas permitía el paso de la luz del sol, una de las pocas garantías de higiene en la época.


Dos días después de la escaramuza italiana, en el entresuelo del inmueble que queda enfrente, no menos de 15 belgas bebían y bailaban como si no hubiera un mañana. Eran poco más de las once de la noche y el propietario del piso, padre, a la vez, de uno de ellos, cortó la fiesta de cuajo. Según explicó al día siguiente a una vecina en tono de disculpa, había visto en la televisión belga un flash informativo con las primeras protestas y viajó a España de inmediato ante el temor de que al hijo 'le ocurriera algo'. Como quiera que su retoño se había clonado en otros catorce bárbaros, terminó por ocurrirle 'algo': el padre lo sacó a hostias.

No es habitual, no obstante, que los propietarios de los llamados pisos turísticos sean padres de familia de talante responsable. La bañera italiana, sin ir más lejos, pertenece a una francesa que, al decir de los vecinos, vive en el Borne, barrio limítrofe con la Barceloneta. Compró el piso a finales de los noventa y, desde entonces, lo viene alquilando a través de agencias. Sin licencia, por supuesto. Del millar de pisos turísticos que, según los cálculos más optimistas, hay en el barrio, tan sólo 70 disponen del preceptivo permiso para actividades turísticas. El resto lo componen un ramillete de pisos francos en los que, cada tres o cuatro días, se renueva briosamente el apocalipsis a 50-100 euros la noche y con independencia del número de ocupantes.

Responsabilidad vecinal

Pero detrás de esa proliferación no sólo hay extranjeros ávidos de dinero fácil; también los lugareños han contribuido a ella. No es ningún secreto que muchas de esas viviendas pertenecen a barcelonetenses tan de-toda-la vida como los que hoy rugen enfurecidos por las calles. De día, los ánimos se serenan en la misma medida en que la noche los aviva. En la plaza del Poeta Boscán, la 'Repla' para los nativos, tres vecinas hacen un alto en el camino de vuelta del mercado. Los carros de la compra descansan al margen cual caballos sedientos. Una de ellas anda recitando un rosario de nombres propios ante el que las otras cabecean (a menudo, como si cada uno de esos nombres confirmara una sospecha). Se trata, en efecto, de amigos, conocidos y saludados que se han rendido a la tentación turística. Hay quien vendió el piso para mudarse a alguno de los pueblos de la segunda o tercera corona metropolitana, o quien pasa el verano en el apartamento de la playa y, durante ese período, cede la vivienda a una agencia para que la explote. En ocasiones, tras la picaresca se esconde un drama real, como el de esas ancianas (he sabido de dos) que se trasladan durante unos meses a casa de alguno de los hijos para, con el dinero del alquiler, redondear una pensión con la que apenas subsisten.

En la playa, me encuentro con una reportera de televisión que tuve a mi cargo como becaria en un diario ya fenecido. Me pregunta, a propósito de la revuelta, por el mobbing inmobiliario que, según ha-podido-confirmar, sufren los vecinos. El Ayuntamiento, que ha paralizado la concesión de licencias, prevé restringir la actividad turística a bloques enteros que, además, habrán de disponer de recepción (una de las imágenes que ha dejado el estallido vecinal es la de grupos de turistas -mientras no se diga lo contrario, borrachos- yendo de madrugada a recoger las llaves a una agencia de la Repla, que opera, así, como recepción ilegal de un enjambre de pisos). En previsión del nuevo reglamento, algunos promotores han realizado ofertas de compra a particulares para, de ese modo, hacerse con el edificio... y la licencia. Esa realidad, incontestable, ha alimentado el mantra del mobbing. Así y todo, el verdadero acoso inmobiliario no es el que puedan ejercer, conforme a prácticas más o menos delictivas, las agencias, sino el que deparan las noches de tango y zambra. El porqué del estallido vecinal es más soportable si, al fondo, emerge un patrón despiadado que ahuyenta a los vecinos a golpe de amenaza. En ese caldo de cultivo emerge el nombre de Itziar González, la ex concejal socialista que abandonó el cargo por supuestas amenazas de propietarios, y que los vecinos mentan como a una Robin Hood contemporánea aun cuando, obviamente, Robin Hood jamás habría dimitido.

Sea como sea, el absentismo laboral del alcalde de la ciudad, Xavier Trias, ha soliviantado a todo el vecindario, que en ese punto se muestra unánime: si esto hubiera ocurrido en cualquier otro barrio de Barcelona, el problema no se habría desbordado. Hay, claro está, preguntas menos halagüeñas, como la que se hace, brindando al sol, el gambiano Madou, vendedor de cocos: "Imagina, hermano, que en lugar de guiris fueran negros".

Por lo demás, es casi imperativo deshacer el equívoco suscitado por la protesta respecto a la idiosincrasia del barrio. Frente a lo que pregonan algunos de los agraviados, la Barceloneta nunca ha sido un remanso de laboriosidad y trapisonda. De hecho, no hay en Barcelona un barrio tan bullanguero como éste. A la brisa se han sumado el hacinamiento ('this is La Ostia', el suburbio con mayor densidad de Europa) y la marginalidad (hasta hace poco tiempo, era relativamente sencillo comprar heroína en algunas de las plantas bajas donde hoy retozan los erasmus). Lo que ahora ocurre es que el infierno son los otros. Y lo son, además, de una forma salvajemente literal.

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Barcelona postal
 
Aquejados desde los Juegos por el mal de Narciso, los barceloneses suelen levantarse cíclicamente contra el ruido y la fealdad, acaso persuadidos de la existencia de un paraíso perdido que, indefectiblemente, habrá de volver. La primera gran protesta, digamos, moderna, contra el estado de las cosas en la ciudad, no prendió en la calle, sino en los periódicos. Hace nueve años, también en verano (¡porco verano!), una crónica en La Vanguardia de Xavier Mas de Xaxàs alertó del deterioro que a la sazón venía sufriendo la plaza Real:
"La plaza más elegante de todas las plazas de la ciudad, hermanada con la plaza Garibaldi de México DF, es un socavón de humanidad, un ojo hundido, lumpen y esperpéntico [...] A media tarde, frente a los Tarantos y el Jamboree, hombres desdentados, alcoholizados, acostumbrados a los techos precarios y las intemperies bochornosas, tocan palmas y echan cantecitos con una mujer morena y tosca".
Días después, el arquitecto Oriol Bohigas recogía el testigo en El País:
"Hay que apoyar el texto de Mas de Xaxás en lo que tiene de denuncia: no se trata sólo de un socavón de humanidad, sino de un albañal de miseria, mierda y degradación permanente, utilizado sólo por un falso turismo asimismo miserable, sucio y degradado".
Esa misma mañana, Arcadi Espada acusó en su blog a Oriol Bohigas de utilizar una tribuna pública con el solo objetivo de que el Ayuntamiento le retirara la basura del portal, pues, tal como aquél recordaba, Bohigas vivía en la plaza Real, detalle que el segundo, no se sabe si por cuco o arrogante, había omitido en su artículo.

Ya entrado agosto, Félix de Azúa sugería, también en El País, que a Bohigas no le importaba tanto la degradación de la urbe cuanto su propio descanso:

"Es cierto que la plaza Real (donde vive Bohigas) da asco, pero no menos que la totalidad de las Ramblas y sus aledaños. Tampoco es imprescindible bajar al sur de Barcelona, lugar notablemente mediterráneo, es decir, guarro, porque en el norte (llamado "pijo" por la gente resentidilla) sucede lo mismo."  

Zoom News, 28 de agosto de 2014

Rumbero Rey

Pedro Pubill i Calaf, 'Peret', frente
al bar Tonis, en la esquina de La Cera
con Sant Climent. / EL PAÍS
"La rumba catalana es una guitarra a ritmo de ventilador y dos gitanitos tocando las palmas." No había un Peret con tanta 'ciricunstancia' como el que, erigido en custodio del género, abrumaba al entrevistador a base de sentencias diríase que extraídas de las tablas de la ley mosaica. Precursor de la fusión cuando ni siquiera existía la palabra, le irritaba sobremanera, por paradójico que pueda parecer, que los rumberos modernos (y la palabra 'moderno', en boca de Peret, alcanzaba cotas de afrenta) flirtearan con la salsa. Era detectar un cencerro y torcérsele el semblante. Su otra gran batalla en lides genesíacas fue la paternidad del ventilador (toque de guitarra que combina el rasgueo con la percusión sobre la misma caja), y que algunos musicólogos atribuyen a Antonio González, el Pescadilla. En el afán de refutar que éste tuviera algo que ver con la patente, Peret llegó a la extravagancia de llevar consigo el vídeo de una actuación del marido de Lola Flores en que, en efecto, no había rastro de ventilador. "¡Ahí tienes la prueba!", exclamaba repantigado en su personalísimo olimpo.

Mas si el ventilador fue crucial para cuadrar el estilo, también lo fueron las palmas. Después de todo, y como sabe cualquier rumbero que se precie, una rumba puede salir ilesa de un mal guitarrista, pero no de un mal palmero. A principios de agosto fallecía, precisamente, Toni Valentí, uno de sus dos palmeros de siempre (el otro era Peret Reyes, quien formara junto a Johnny Tarradellas el dúo Chipen). En una madrugada de mediados de los noventa, charlando con el hermano de Toni, Ramón Valentí, el mítico Tío Paló (el James Brown de la rumba catalana, ahí es nada), me hundí en una disquisición cuasi arqueológica sobre la relevancia del Pescaílla. Cuanto más hablaba, más cedía el suelo. La forma como Paló zanjó mi petulancia merece aire:

-Potser que el Peret no sigui el pare; el que no t'admetré es que neguis que es el rei. (Tal vez Peret no sea el padre; lo que no te admitiré es que niegues que es el rey).

Quien así hablaba era el único rumbero de quien Peret decía: "Nunca le he llegado a la suela del zapato". Respect.

Con el declive de la rumba catalana de principios de los ochenta, Peret, que había frecuentado el estrellato con hits como 'El mig amic' (el mejor tema de la nova cançó catalana, según Manuel Vázquez Montalbán) 'Canta y sé feliz' o 'Una lágrima', se hizo pastor protestante y abjuró del golfo que hasta entonces había sido. A tanto llegó su devoción que, a su regreso a los escenarios, suprimió del set list la canción 'Saboreando' ("el portero de mi casa dice que yo no trabajo/ que le pregunte a su hija cuando... ¡la tengo debajo!"). La música, no obstante, le depararía otra ronda de gloria cuando menos lo esperaba. En el verano de 1991, ya de vuelta a la vida civil, anunció su reaparición por todo lo alto en el Velódromo de Horta. Nunca un rumbero había metido más de 1.000 almas en recinto alguno, y el aforo del Velódrom rondaba los 4.000 espectadores. Peret lo reventó. Para quienes, como yo, jamás habíamos visto una actuación en directo del Rey de la Rumba (en cierto modo, lo impidió la 'movida', arrasadora para bien y para mal), la noche fue, más que larga, eterna. Como en una Fania All Stars de la barcelonía, ahí estaban Los Amaya, el tío Paló, Peret... La rumba había vuelto a la ciudad, nos dijimos, y no íbamos a consentir que se fuera de nuevo, así que habría que bailar, acaso hasta el puro arrepentimiento, para desbaratar cualquier indicio de éxodo. Un año después, la ceremonia de clausura de los Juegos, en que Peret compartió tarima con Los Manolos, le proyectó al más global de los firmamentos que hubiera conocido nuestro rumbero mayor.

En los últimos tiempos se le había agriado el carácter. Ante la inminencia del crepúsculo ni el mejor ventilador alcanza. Ha querido el destino que su adiós viniese precedido de una noticia falsa. '¡El muerto vivo!'. Como si también la incuria de la prensa estuviera condenada a ser, en este fatídico agosto, un postrero homenaje.


Libertad Digital, 27 de agosto de 2014

lunes, 1 de septiembre de 2014

Libro y rasguño



Hubo un tiempo en que quise ser Jaume Vallcorba. No Jorge Herralde, Beatriz de Moura o Mario Muchnik; no, a quien yo quería emular en el oficio de editor era a Jaume Vallcorba. Antes de empezar a reconocer su trazo en el aparato crítico con que envolvía los clásicos, o en el uso de guardas rojas (a juego con el remate de las cubiertas) o en el gramaje cuasi bíblico del papel; antes, en fin, de rendirme a su 'modus operandi' con el embeleso con que ciertos detectives identifican a un criminal exquisito, antes, digo, tan sólo quería ser editor. Editor sin más.

En la tentativa de ser Vallcorba, me inscribí en un curso de posgrado del que únicamente sabía que el propio Vallcorba impartía una de las sesiones. A él, nos dijo, le tildaban de exquisito como si serlo fuera un defecto, y aun llegaron a atizarle con la palabra por el procedimiento de anteponer el artículo determinado. 'El exquisito', ese retintín. Es cierto, continuó, que tengo fama de pulcro, de exigente, pero no me tengo por un caprichoso. Veréis, para mí la página de un libro es como la pantalla de un cine: un lugar en el que ha de 'proyectarse' un texto. Del mismo modo que un rasguño en la pantalla de un cine resta entidad a la película, un libro compuesto defectuosamente puede relegar al texto a un segundo plano. La misión del editor, así, es atenuar el ruido hasta convertir el libro en un objeto invisible. La elección y manejo de los tipos, el blanco roto -apenas ahuesado-, el uso de titulillos o running heads (en el lado izquierdo, el capítulo; en el derecho, la parte del capítulo), el folio centrado al pie... Nada es fruto del azar ni del capricho. La consideración de esos elementos (cuya presencia sólo incumbe al editor, pues para el lector han de ser indetectables) sirve al propósito de que el lector se centre en la tarea para la cual se le ha convocado. Es fama que los mitos, para que lo sigan siendo, han de permanecer a buen recaudo en una morada celestial. Aquella tarde, no obstante, Vallcorba salió indemne del roce.

La mayoría de las necrológicas que he ido leyendo desde el sábado glosan el esmero que el maestro ponía en su trabajo, y que trató de inocularnos durante aquella jam session en la Universidad Pompeu Fabra, de la que fue profesor hasta 2004. Sin embargo, muy pocos artículos, por no decir ninguno, han subrayado un rasgo primordial, principalísimo, de la biografía de Vallcorba: el éxito comercial. Es verdad que Carles Geli ha aludido a ello en El País al hablar de su afición por la velocidad, que le llevaría a pilotar (pilotar, sí; a Vallcorba le chiflaba el olor a caucho y alquitrán por las mañanas) un Alfa Romeo, primero, y un BMW después. Y que Malcolm Otero, en El Mundo, se ha referido de pasada a su fino paladar para los vinos y el tabaco. Bien, si hubo deportivos y exquisiteces fue porque hubo dinero, esto es, ventas a cascoporro.

De hecho, lo que ha hecho de Vallcorba una rara avis del sector editorial no es tanto la ambición intelectual de su obra cuanto el hecho de que convirtiera esa ambición en un negocio. Lo atestiguan las 7 reimpresiones de las Memorias de ultratumba de Chateaubriand (4 volúmenes en una caja, un formato, yeah, más propio de rock'n'roll stars que de literatos del XIX), las 7 de Los ensayos de Montaigne, las 3 de Vida de Samuel Johnson... No eran libros baratos: a 58 euros los dos últimos y 84 euros el primero, aunque dada la valía de los objetos tampoco puede decirse que fueran caros.

A este respecto, se ha dicho, con cierta precipitación, que Vallcorba era contrario a las subvenciones. No es exacto. Tanto El Acantilado como Quaderns Crema se han beneficiado de ayudas de los más pintorescos organismos estatales y paraestatales. Por lo general, se ha tratado de ayudas a la traducción. No en vano, el cariz monumental de las empresas de Vallcorba ha exigido, en algunos casos, que el traductor o traductores se apartaran del mundanal ruido para dedicarse exclusivamente, y casi en régimen monacal, a Montaigne, a Zweig, a Pessoa, a Chateaubriand. Entre otras razones, porque, contrariamente a la creencia de ciertos liberales, el dinero privado, menos aún si es español, no está para según qué asuntos. No, Vallcorba no fue renuente a las subvenciones per se. Lo que contrariaba a Vallcorba era que, con el pretexto de preservar una lengua, o de salvar una patria, la Administración subsidiara excrecencias folklóricas. Es el caso, claro está, de Cataluña, sobre el que Vallcorba jamás se cansó de alertar.

Tal vez precisamente por eso (aunque no quepa descartar la incuria) la última condecoración que Vallcorba recibió en vida fue la de la Generalitat de Cataluña, que hace tres meses le distinguió con el Premio Nacional de Cultura. Antes había recibido el Premio Nacional de Cultura del Gobierno de España, la medalla de oro al mérito cultural del Ayuntamiento de Barcelona y la Gran Orden al Mérito Cultural de la República de Polonia. La ominosa tardanza de Cataluña a la hora de reconocer sus méritos lleva en el envés un postrero triunfo. También en la denuncia del desprecio de los suyos por la cultura acertó de pleno.



Zoom News, 25 de agosto de 2014