sábado, 6 de febrero de 2016

Una franquicia

«Aquel Saviano perplejo da paso, en CeroCeroCero, a un escriba recluido en el ancho mundo, lo que determina que la obra sea, antes que un reportaje, un informe; todo lo condimentado y embellecido que se quiera, pero informe al fin y al cabo. Por eso, entre otras razones, carece de making of, si bien este rasgo no deja de constituir un alarde de coherencia: el making of de Saviano ya no es otro que la más ultrajante tiniebla. En este sentido, y como no puede ser de otra forma, la obra hurta al lector las condiciones en que se efectuaron las pesquisas, las entrevistas, los rastreos (aunque la mayoría de los capítulos, insisto, desprenden el inconfundible aroma a naftalina de los expedientes policiales). Hay una incógnita, empero, a la que no dejo de dar vueltas: ¿Consumió Saviano cocaína para elaborar su ensayo? No parece una cuestión irrelevante, máxime teniendo en cuenta esos apartes pseudopoéticos consagrados a la fisiología de la euforia.
Paradójicamente, el embozo del oficio abre la espita de la hinchazón retórica. En otras palabras: ante la imposibilidad fáctica de incrustarse en el relato (lo que no se puede decir, no se debe decir), Saviano estampa su sello en forma de absurdos tautológicos del tipo "México no se puede definir. Es solo México. Es México y basta", o prodigándose en el caracoleo sabihondo del que está de vuelta del infierno mismo, abusando hasta la náusea de sentencias a lo 'tú, lector, que crees saber y no sabes un carajo…'. Las casi quinientas páginas de CeroCeroCero, en fin, dan para un cuaderno de agravios, entre los cuales habrían de figurar esa pulsión alucinada por la que cada mafia es más sanguinaria que la precedente, o el intento de anabolizar el texto con la especie de que el negocio de la coca no es sino una versión refinada (nunca mejor dicho) del capitalismo, o la insinuación de que el tráfico de cocaína por parte de las FARC es menos execrable que el que practican los cárteles, quién sabe si en virtud de una ignota derivada del «comercio justo», o la porfía en aseverar que la cocaína gobierna el mundo, sin que medie en tal aseveración el menor asomo comparativo con el sexo, el juego o la industria armamentística.»

En mi reseña de CeroCeroCero, de Roberto Saviano, atribuí la ausencia de datos en torno a la elaboración del libro a la reclusión del autor. Vivir amenazado, me dije, acaso tenga su ineluctable correlato en la escritura. No. Fue un plagio. Un plagio múltiple, sistemático y chabacano, wikipárrafos incluidos.Y si Saviano hurtó al lector las condiciones en que se efectuaron las pesquisas fue porque nunca las hubo. O no, al menos, en el modo en que Saviano dio a entender. El estilo ampuloso de la obra, en efecto, era una cortina de humo, como demuestra Michael Moynihan en su largo artículo "Saviano y el plagio", éste sí, producto de una pesquisa, y que fue publicado originalmente en septiembre de 2015 en The Daily Beast.


jueves, 28 de enero de 2016

Los chicos de la 12

El infantilismo podemita ha rendido hoy su enésima evidencia, esta vez a cuenta de la situación de la bancada que los morados habrán de ocupar en el Congreso. Íñigo Errejón, al que se le hincha la vena con la misma teatralidad que a una María Patiño, ha dicho que su emplazamiento en el hemiciclo, en la parte superior izquierda a partir de la cuarta fila, supone "mandar a los representantes de cinco millones de electores al gallinero". (El Ideólogo, por cierto, no ha estado a la altura de su leyenda; dada la magnitud de la afrenta, qué mejor que proclamar que el Régimen del 78 no quiere en primera fila a los desahuciados, a los desheredados, a los parias).

No recuerdo a ningún otro grupo del Congreso quejarse tan amargamente de su ubicación en la sala. Claro que ningún otro grupo había confundido el Congreso con la tele, cuando menos de forma tan obscena. Para el frente reaccionario (izquierdista, sí, pero reaccionario, como bien recordaba Savater en el programa de Alsina) no parece haber diferencias entre la sede de la soberanía nacional y un plató de La Sexta.

En su viciada concepción de la democracia, Podemos no entiende que un Parlamento es una mediación. El diputado que ocupa la última fila no tiene menos voz que el que ocupa la primera, puesto que, por encima de las limitaciones estrictamente espaciales, se alza un reglamento que establece que todos los diputados, con independencia de si son gente o casta, pronuncien sus discursos en pie de igualdad, esto es, en un estrado. La normativa, incomprensiblemente laxa, no ha impedido que los más conspicuos especímenes del populismo, desde el pintoresco Lizondo y su ardor citrícola al característico Baldoví y su striptease de fin de carrera, se hayan hecho un hueco en la historia del parlamentarismo español. No hace tanto, en fin, que vimos a un bildutarra talar un ejemplar de la Constitución con frenesí de aizkolari, sin que por ello ocurriera nada susceptible de que ardiera Tuíter, medida protagórica de nuestros tiempos.

Hay algo perverso, o acaso simplemente estúpido, en la pataleta de Íniño Errejón. Tomaron las plazas para salir en la tele, tomaron la tele para sentarse en el Parlamento, y se han sentado en el Parlamento para seguir saliendo en la tele. Lo dijo Jabois hace unos días y no seré yo quien le desmienta: "Hace falta ser algo más que un partido: hay que ser una banda de rock".



Libertad Digital, 26 de enero de 2016

Como los cerdos

"UBÚadella, exiliado en Iberia, ostenta uno de los cargos más altos a los que puede aspirar, y le obsesiona la opinión que de él tienen los polacos, sus anteriores súbditos". Tal es el presupuesto dramatúrgico de UBÚadella, una presunta parodia de la figura de Albert Boadella perpetrada por Víctor Álvaro, y que se representa estos días, y hasta el próximo 31 de enero, en el teatro Almería de Barcelona. La representación del pasado día 10 tuvo como broche un coloquio sobre el cómico en el que participaron los ex miembros de Joglars Andreu Solsona y Arnau Vilardebó. Y Boadella, que anda enfrascado en un ensayo sobre la peripecia de Joglars, se personó en el acto, utilizando para la ocasión un incomodísimo disfraz de iPhone 4. La sesión, a la que ha tenido acceso Libertad Digital, es una suerte de psicodrama en que se mezclan la adoración y el resentimiento, un bucle de amor y odio en que afloran, antes que recuerdos, personalísimos fantasmas. Hoy mismo, Boadella ha publicado en la web de Joglars su respuesta a lo que considera una afrenta.

Arropados por un coro de alrededor de 50 personas que, por momentos, parecieran gustar de algo más de sangre, los contertulios se meten en todos los charcos. Así, se atribuyen el mérito de la fuga de Boadella del Hospital Clínic (donde se hallaba custodiado por la policía, en espera de un consejo de guerra por "injurias al Ejército"), le acusan (a Boadella) de haberlos echado de la Casa Nova (masía en la que residían Boadella y Caminal, cercana a La Cúpula, el lugar de los ensayos de Joglars, en Pruit) por "encoñamiento", frustrando así el ideal de colectividad de la compañía, niegan que hubiera en Cataluña un boicot a Joglars, y atribuyen la caída de público en esta comunidad al escaso interés de los montajes. Asimismo, reprochan a Boadella su "deriva españolista", que consideran parte del precio que, supuestamente, habría pagado al PP por dirigir los Teatros del Canal, y reprueban su complicidad con Libertad Digital, diario al que se nombra con todas las letras.

Álvaro, el muñidor del montaje, menciona también al periodista Arcadi Espada, al que describe como "amigo del alma de Boadella y fundador de Ciudadanos". "Las primeras tres localidades que se vendieron", revela, "las compró Espada a través a través del Ticketmaster, por lo que tuvimos la ocasión de saludarle antes de la función". "Lástima", añade, "que saliera nada más acabar y no pudiéramos preguntarle qué le había parecido".

El término de la charla, Andreu Solsona, el más reacio a reconocer la valía artística de su exdirector (Vilardebó, al menos, le concede cierto talento para lo que él mismo denomina "corta y pega"), arremete contra él de forma sentenciosa: "Boadella es como los cerdos. Por mucha mierda que le tires, siempre engorda". Esa afirmación, precisamente, es lo único de cuanto se dijo aquella tarde que a Boadella le parece "sensato y ajustado a razón". No en vano, y según afirma en su carta, "cuando un mierda me lanza sus inmundicias siempre he salido ganando. Debo mucho a los mierdas".


Libertad Digital, 21 de enero de 2016

miércoles, 20 de enero de 2016

La alcaldesa salió a las cinco

El filósofo Xavier Fina ha hilado en Sense treva (Pòrtic) una magnífica crónica de los primeros cien días de Ada Colau al frente del Ayuntamiento de Barcelona. Magnífica, digo, porque, aun escrita desde la óptica del compañero de viaje (o quizá por ello mismo), abunda en objeciones a la puesta en escena de la alcaldesa y a las alharacas retóricas de la nueva política. Una de ellas es la que tiene que ver con la llamada transparencia. Como saben, entre las prioridades de gobierno de Colau figura la novela del XIX; basta, en efecto, con asomarse a la web del consistorio para reparar en que la supuesta probidad de la lideresa de los comunes se atiene a la sintaxis de las marquesas que salen a las cinco. Hoy, sin ir más lejos, leemos que Colau se ha reunido a las diez con un representante de la Fundación Cataluña Europa, que entre 11:30 y 12:30 ha recibido al teniente general Ricardo Álvarez Espejo, y que a las 12.30 ha mantenido un encuentro con Carina Mejías. Para Fina, el hecho de hacer pública esa clase de información no hace mejor a la institución. Para empezar, porque Colau únicamente da a conocer una parte de su agenda, lo que convierte su presunta política de puertas abiertas en pura gestualidad. En este sentido, las reservas siguen siendo las mismas que las que caracterizaron el comienzo de la legislatura. Valga este párrafo:

La semana del pleno de investidura –que imagino llena de reuniones y nervios para asegurar los votos, de mil entrevistas con posibles colaboradores, con la certeza empírica de que se vio con mucha gente– sólo aparecen tres reuniones. (...) Cojamos una semana de julio, ya como alcaldesa. La del 13 al 17: en toda la semana, seis reuniones. Nuevamente, ninguna comida, ninguna cena, ningún nombre que llame la atención.

El autor, no obstante, niega la mayor. A su juicio, y fiado a las enseñanzas de Josep Tarradellas, que dejó esculpido que la política requiere "hacer las cosas de una determinada manera", "hay cosas que ni salen en la agenda ni deben salir. No es opacidad: es política, es civilización".

Mas la obra es encomiable por otro motivo. Verán, Fina es filósofo pero no vive de la filosofía, sino de una empresa de gestión cultural que contrata, sobre todo, con la Administración, lo que incluye al Ayuntamiento de Barcelona. Y en Sense treva, y a pesar de los guiños de complicidad para con el Gobierno municipal, no se guarda una sola crítica. Bien es cierto que se trata de críticas fundamentadas e incluso envueltas en el hojaldre de la sensatez, pero eso sólo las hace más implacables. Fina, digámoslo ya, es un temerario. Uno de esos hombres, en fin, por los que Cataluña sigue siendo respirable.


Libertad Digital, 19 de enero de 2016

domingo, 17 de enero de 2016

El gran conversador

En el documental 25 años después de la muerte de Jaime Gil de Biedma, de Luis Ordóñez, que se presentó en Barcelona bajo los auspicios de CLAC, dice el editor Andreu Jaume que le habría encantado conocer al poeta. El anhelo no sólo reposa en su condición de erudito en la obra de Gil de Biedma, sino también en el fantaseo de conversar con quien fue, a la luz del testimonio de quienes lo trataron, un conversador superlativo.

De ello da fe, asimismo, el compendio de entrevistas Jaime Gil de Biedma. Conversaciones, oportunamente reeditado por Austral, y que evidencia hasta qué punto el autor de Las personas del verbo cultivó el arte de conversar con la misma ambición estilística con que ofició de poeta. (En este punto, GdB me habría enmendado la plana. "¿Ofició? ¿Cómo, 'ofició'? Los oficios dan para vivir, y de la poesía no ha vivido nunca nadie".) No en vano, y tal como GdB manifiesta a Arcadi(o) Espada en una entrevista de 1981 (un Espada, por cierto, que ya entonces escribía 'hum...'):

La conversación, estéticamente, es algo mucho más importante que la poesía. Lo que me sigue fascinando, de lo que sigo teniendo ganas, es de hablar, de hablar con intenciones estéticas, creando efectos, por divertirme y divertir a los demás. La palabra como hecho estético es algo previo y fundamental para la literatura escrita. Donde no se habla bien es difícil que se escriba bien. Y hablar bien significa hablar de una manera divertida, inteligente, coherente y que produzca un efecto estético en los oyentes.

En cierto modo, esa reflexión constituye la piedra angular de una antología en que, las más de las veces, los interlocutores de GdB son tan sustanciosos como él. De hecho, lo que propicia que las entrevistas rompan en conversación es la enjundia de los partenaires, entre los que se cuentan, además de Espada, Jaime Camino, Carlos Barral, Beatriz de Moura, Juan Marsé, Biel Mesquida, Leopoldo María Panero o Ana María Moix (que esboza un primoroso perfil del poeta, al que acompaña durante 24 horas -le somete a una 'sombra', diríamos hoy-).

El retrato de GdB que trasluce en Conversaciones es el de un hombre que aúna cultura y sensualidad (por ser precisos, un hombre para quien la cultura es una expresión de sensualidad); dotado, además, de una inteligencia y agudeza endemoniadas, lo que jamás estuvo reñido (antes al contrario) con su exquisito sentido de la naturalidad. Así, y ante una de las habituales pedanterías de Panero ("la trampa", dice el maldito-por-antonomasia, "en que hemos caído los poetas es que nuestro discurso está proscrito simbólicamente, este discurso del autoconsciente que es la poesía..."), frente a tan pomposa circunstancia, en fin, GdB espeta (diríase que con el lector):

Mira, yo estoy muy poco à la page; elabora tu discurso a otro nivel". Y cuando Mesquida, en la misma sesión, le pregunta: "¿Qué piensas tú del crítico como distribuidor del discurso?", zanja: "No sé exactamente lo que significa distribuir el discurso.

Llevada al absurdo, esa misma veta brinda instantes memorables, como el que recoge la entrevista de José Batlló para la revista Camp de l'Arpa:

-¿Qué pregunta te gustaría que te hubieran hecho y no te ha hecho nadie?

-Me hubiese gustado que me hiciesen una proposición deshonesta.

-¿Cómo, deshonesta?

-Bueno, pues mira, lo normal en una entrevista es que te pregunten por tu opinión sobre la poesía, etcétera. Pero que llegue alguien y te meta mano, pues no lo esperas, y es lo que resultaría realmente divertido.

A su modo, Conversaciones también incorpora esa premisa de sensualidad con que GdB gravaba la cultura; leyéndolo, puede uno presentir, siquiera vicariamente, lo que dicen que fue charlar con este gigante. (De la textura de su voz se ocupó su sobrina, Inés García-Albí, en el delicadísimo catálogo sonoro que estuvo en cartel, hasta el 25 de octubre, en el Arts Santa Mònica.)


Libertad Digital, 17 de enero de 2016

viernes, 15 de enero de 2016

A Rivera le duele Dinamarca


Contrariada por el ramillete de disparidades que parece cundir entre la militancia de su bisoña formación, Birgitte Nyborg, lideresa in pectore de la misma, atraviesa la planta diáfana del viejo almacén que les sirve de oficina electoral y hace tintinear la taza de café con un repiqueteo de la cucharilla, convocando así la atención de los presentes.

Os estoy muy agradecida por el tiempo que hemos compartido. Muchas, muchas gracias… Y quiero que os fijéis en ese enorme tablón [una pizarra veleda en la que los simpatizantes han ido colgando noticias alusivas a la conveniencia de tal o cual propuesta]. En muchos sentidos, nuestro partido me recuerda a ese enorme tablón de noticias. Podría decir incluso que, ahora mismo, nuestro partido es ese tablón de noticias. No sé si alguno de vosotros las ha leído todas… Yo sí. Anoche. Es fantástico. ¡Cuántos sueños! ¡Cuántas opiniones! ¡Cuántas esperanzas e ilusiones! Dice en él que nuestro partido apoya un entorno más ecologista, pero también liberalizar la agricultura; nacionalizar el sector bancario, pero también dar más libertad a los negocios; bajar los impuestos, pero también subirlos… Un partido no puede defender políticas contradictorias. Debo decir también que hay muchas cosas en el tablón con las que no estoy en absoluto de acuerdo… Como es natural, todos los aquí presentes estamos a favor del bienestar de los animales, pero no hasta el punto de considerarlos casi unos ciudadanos más. (Jantzen, he estado ojeando tu libro de cuatrocientas páginas sobre teorías que abogan por el control de las empresas y la sociedad civil y me recuerda a una visión suavizada de la Unión Soviética; esa tampoco será nuestra política). Compartimos los llamados «valores culturales cristianos», pero aun así, no pondremos en cuestión el derecho de las mujeres a abortar. Es evidente que algunos se han unido a nosotros con ideas más radicales de las que tendremos nosotros jamás. A esas personas les digo amable y cortésmente: este no es vuestro partido. A todos nos ha entusiasmado formar parte de un movimiento de masas. Ahora vamos a ser más pequeños. Y a tener un rumbo. Muchísimas gracias a todos, seguiremos en contacto.

La escena corresponde al capítulo tres de la tercera temporada de Borgen, serie que destripa la política danesa a partir de los desvelos del personaje de Birgitte Nyborg, presidenta del Partido Moderado (PM) y a quien, en la primera temporada, vemos acceder al cargo de primera ministra de la mano de una coalición de gobierno entre su formación, Los Verdes y el Partido Laborista. Por establecer un símil con España, el partido local que más se parece al PM de la ficción televisiva es Ciudadanos. De hecho, y en lo que respecta a Dinamarca, Borgen es una suerte de desideratum, de horizonte moral, si se quiere, pues el espectro político del país nórdico carece de una formación de centro con tanta influencia como la que ejerce Ciudadanos en nuestro país.

El PM de Birgitte Nyborg aúna en su ideario principios de tradición liberal y principios de tradición socialdemócrata. Defensores de la economía de mercado (es decir, partidarios de la realidad), los moderados propugnan, asimismo, la universalidad de la sanidad y la educación públicas, y abogan por que el Estado contrarreste los efectos de la pobreza mediante el sistema de prestaciones de la seguridad social, evitando, eso sí, la arbitrariedad y discrecionalidad de las ayudas, esto es, previniendo en lo posible la deriva paternalista del estado de bienestar. Para el PM, los ciudadanos no son seres desvalidos a los que debe procurarse auxilio casi por defecto, sino adultos responsables a los que, solo en determinadas circunstancias, el Estado ha de socorrer. Y lo que vale para los nacionales vale para los recién llegados: en las antípodas del furibundo Partido de la Libertad (trasunto del Partido Popular Danés, ultranacionalista y de corte xenófobo), el moderantismo no transige con la criminalización de la inmigración que este practica y se opone con denuedo al endurecimiento de las leyes de extranjería. Con todo, tampoco comulga con la asignación de cuotas a las minorías por considerar que, antes que favorecer la integración, perpetúan los clichés y desincentivan el progreso individual. Análogamente, y a diferencia de la socialdemocracia clásica, que tiene el multiculturalismo por una bendición, el PM considera que el derecho a la diferencia no puede amparar prácticas contrarias a la igualdad de sexos (léase, ablación de clítoris) ni, en general, poner en tela de juicio la superioridad de los valores occidentales. Del mismo modo, el Estado debe garantizar el derecho al aborto, bien entendido que en una sociedad laica no ha lugar a la confusión entre las leyes de Dios y las de los hombres.

A la luz de este credo, la formación de Albert Rivera bien podría hermanarse, siquiera virtualmente, con la de Birgitte Nyborg, pues los ideales que animan a ambas fuerzas son, grosso modo, similares. Sin embargo, y mientras que los dirigentes moderados exhiben su doctrina con apasionamiento, los de Ciudadanos, y con la excepción de Juan Carlos Girauta, no parecen concernidos por la política de altos vuelos, por la política con mayúsculas. Esa atonía, esa renuncia al activismo (en parte, tan semejante al tancredismo del Partido Popular), unida a la ausencia en sus filas de verdaderos cuadros (y a la sobreabundancia, sea dicho, de auténticas nulidades) ahonda en la percepción de que Ciudadanos no es tanto un partido político cuanto una maquinaria electoralista o, por emplear la taxonomía de Josep Ramoneda, un «partido-acontecimiento».

Al contrario que Rivera, arquetipo de dirigente líquido, Nyborg no entiende el compromiso político sin que este vaya aparejado una acérrima defensa de las convicciones. En la temporada 3, en efecto, y tras un tiempo apartada de la primera línea, la expresidenta del Partido Moderado reclama su reingreso en la ejecutiva, alarmada por el flirteo de su otrora íntegro PM con el Partido de la Libertad. Ante la negativa del nuevo presidente del PM, que ve amenazado su estatus, Nyborg funda Nuevos Democrátas (una refundación, de hecho, del PM). La cita de Churchill que encabeza el capítulo tres, «Hay quien cambia de partido para defender sus principios, y hay quien cambia de principios para defender su partido», no es sino el frontispicio de esa ulterior peripecia, que tanto recuerda a los comienzos de Ciudadanos, a aquellos días de 2005 en que quince intelectuales se levantaron contra el sesgo nacionalista del maragallismo. Por apurar la similitud, el hangar de paredes desconchadas donde Nyborg planta la semilla de Nuevos Demócratas no deja de ser un remedo del ya desaparecido restaurante Taxidermista, en la plaza Real, de esa catacumba moral donde los promotores de Ciudadanos alumbraron el manifiesto del que resultaría el partido. A su modo, y durante un sinnúmero de cenas, también ellos hicieron tintinear la taza de café. La doctrina de la Tercera España, piedra angular del ideario de C’s, fue la destilación de cientos de horas de discusiones entre izquierdistas y transversales, liderados, respectivamente, por Francesc de Carreras y Arcadi Espada, que mantuvieron un pulso enfebrecido, pleno de entusiasmo, en el cometido de sustanciar ideológicamente a la futura formación.

Fue precisamente en uno de aquellos conciliábulos donde Espada, el gran inspirador de C’s, planteó la necesidad de que Ciudadanos escapara a la dicotomía izquierda-derecha por el procedimiento de abrazar el método científico; de que Ciudadanos fuera, en resumidas cuentas, un partido moderno. Empleó (aproximadamente) estas palabras: «¿Estamos a favor de la investigación con células madre? Supongo que sí. Pues bien, conforme a este punto, seríamos de izquierdas. ¿Estamos a favor de la despenalización del aborto? ¿Sí? Pues también ese rasgo indicaría que somos de izquierdas. Ahora bien, el hecho de ser contrarios a las cuotas femeninas nos inclinaría a la derecha. Como también nos inclinaría a la derecha la defensa de la meritocracia. Con ello quiero decir que izquierda y derecha son dos categorías vencidas por la realidad, y cualquier partido que se reclame novedoso tiene que superarlas».

La cita figura en Alternativa naranja (Debate), la crónica sobre los diez años de vida de Ciudadanos que he escrito al alimón con el periodista de La Vanguardia Iñaki Ellakuría, y corresponde al momento en que los padres fundadores de Ciudadanos se interrogaban acerca de quiénes eran y adónde iban. Como Birgitte Nyborg, se hallaban frente a un tablón de noticias y habían de depurar el contenido para «tener un rumbo».

El otro gran aspecto de la serie que, por lo que toca a Ciudadanos, es susceptible de comparación, es el círculo de confianza de la primera ministra. Cada vez que Nyborg se sabe en un atolladero, recurre al consejo de su amigo Bent Sejrø, viejo zorro de la política y ministro de finanzas del Partido Moderado. Sejrø simboliza, en parte, la sabiduría de los ancianos de la tribu, uno de esos valores que Rivera ha acabado soslayando (cuando no despreciando) con el pretexto de que su liderazgo no ha de someterse a tutela alguna.

Por lo demás, Borgen es tan sumamente instructiva que ya en su arranque presenta un escenario postelectoral muy parecido al que Rivera acariciaba tan solo dos semanas antes del 20-D. En la ficción televisiva, la victoria de los liberales (equivalente al PP) se revela insuficiente para que estos gobiernen en solitario y deja el paso franco, queda dicho, a un Gobierno de coalición entre moderados laboristas y ecologistas, con Nyborg como primera ministra.

Por eso, entre otras razones, la serie era tan del agrado del presidente de C’s, que hoy debe de verla con ineluctable melancolía.


Jot Down Magazine, 15 de enero de 2016

miércoles, 13 de enero de 2016

Manual del perfecto idiota norteamericano

Es probable que uno de los libros que más sacerdocios han truncado sea el Manual del perfecto idiota latinoamericano, el tratado que publicaran en 1996 Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, y que devino en azote, por azogue, de la izquierda. Pensaba estos días en aquella epifanía al ir conociendo los detalles de la entrevista que mantuvieron en México Sean Penn y Joaquín Guzmán, lo que me llevó a concluir que urge una adaptación del clásico que ponga negro sobre blanco las hazañas de tipos como Michael Moore, Oliver Stone o el propio Penn, por citar sólo a la santísima trinidad del redentorismo born-in-the-usa.

Nadie como esos tres ejemplares (ni que decir tiene que multimillonarios) sostiene la certeza de que los progres de allí y los de aquí pertenecen a la misma falla de la inteligencia. No en vano, también aquéllos se dan a vadear la ciénaga de moda con el solo objetivo de señalar no lo malo que es el capitalismo, sino lo irresistiblemente buenos que son ellos. A tal efecto, les importa bien poco la causa que defiendan. De hecho, y dado el progreso general de la humanidad, cada vez quedan menos causas por defender, entendidas éstas como el edén radiante, apacible y hambriento que la izquierda ha descrito como tales. Y tampoco, claro está, es cuestión de ir al frente kurdo a batirse con el ISIS, ésta sí, una causa de antología.

Qué mejor, entonces, que encararse (es un decir) con el Gran Narco Mexicano a fin de exaltar su condición de víctima. Y es que a los ojos de Penn, si el Chapo es un criminal es porque el mundo ha propiciado que lo sea o, por decirlo a la manera de Jeanette, el mundo le ha hecho así. Es verdad que rebana pescuezos por doquier, sí, pero semejante frenesí no es más que una expresión de rebeldía. Después de todo, si Maradona fue una reencarnación del Che, un libertador a su pesar, por qué demonios el Chapo no habría de ser el próximo cristo de Palacagüina.


Libertad Digital, 12 de enero de 2016