martes, 14 de abril de 2015

Un país en la mochila

Artur Mas cerró su primera legislatura al frente del Gobierno de la Generalitat con sendos viajes a Moscú y Bruselas. En la capital rusa intentó entrevistarse con el ministro de Desarrollo Regional, con el ministro de Energía, con el vicepresidente del Consejo de la Federación Rusa y con el viceministro federal de Desarrollo Económico. Sin embargo, no llegó a estrechar la mano de ninguna de esas autoridades, que declinaron encontrarse con él. Unos días después, en la capital belga, y en el curso de una conferencia, Mas reclamó el apoyo de la UE a su plan secesionista. En el debate que siguió a su intervención, una periodista sueca, Teresa Küchler, corresponsal de Svenska Dagbladet, le recriminó su deshonestidad intelectual por plantear a los ciudadanos catalanes si querían un Estado independiente dentro de la Unión Europea. Asimismo, el eurodiputado socialista escocés David Martin calificó de "contradictorio" el hecho de que Mas quisiera "compartir sus recursos con la UE pero no con España". En el auditorio apenas había unas 200 personas, entre periodistas (españoles) que cubrían la charla, miembros del séquito de Mas y algún que otro invitado, como esos dos incautos que tomaron la palabra. Ambiente de canódromo, como suele decir el abogado Oriol Trillas.

En ambos viajes, el de Moscú y el de Bruselas, se perfilaba ya lo que, andando el tiempo, llegaría a ser una pauta. Cuando el presidente sale al extranjero, en efecto, no suele lograr más atención que la de quienes forman parte de la delegación o quienes, por obligación, como es el caso de los enviados especiales, tienen que escucharlo.

En Nueva York nada ha sido distinto, empezando por el número de asistentes a la conferencia (los 200 de siempre) y siguiendo por el desprecio de las autoridades y periodistas locales. Así y todo, y antes que del enésimo-viaje-oficial, cabe hablar de la perfección de un modelo. De ridiculez, de acuerdo, pero un modelo. Cómo, si no, interpretar el hecho de que su cicerone en la universidad haya sido el economista Sala, o que su único encuentro lo celebrara con catalanes (es de suponer que nacionalistas) residentes en Nueva York. Ya no es que internet, con su cibersexo, cuestione la mayor parte de estos prosopopéyicos contactos al-más-alto-nivel. Es que los únicos contactos de Mas son los que él ya se lleva de casa, esos figurantes a cargo del presupuesto cuya función primordial es ejercer de muñidores de una ficción, ay, que está durando demasiado.


Libertad Digital, 9 de abril de 2015

jueves, 2 de abril de 2015

Díezsen

En una de sus recientes andanadas contra Ciudadanos, Rosa Díez acusó a la formación de Albert Rivera de estar a favor de la inmersión lingüística, defender los privilegios territoriales, mostrarse indiferente a la corrupción y fomentar el transfuguismo. Tal fue la saña con que se empleó que, más que de Ciudadanos, parecía estar hablando de la sucursal española de Espectra.

No se trataba de la primera vez que Díez o algún integrante de su guardia pretoriana ahondaba en lo que separa a uno y otro partido. En cierto modo, UPyD ha construido su identidad utilizando como piedra angular el menosprecio a Ciudadanos, al que ha siempre ha caracterizado como un partido carente de principios y, por ello, moralmente insalubre. A semejanza del PSOE, que acaba de declarar a Ciudadanos zona libre de caspa, el núcleo duro de UPyD se ha arrogado, desde su nacimiento, la potestad de extender (y sobre todo denegar) certificados de aptitud. De puertas afuera y de puertas adentro, pues las exigencias de pureza suelen apuntar en todas las direcciones. Tantas que, en el culmen del desafuero, Mater Magentísima ha reprochado a los españoles que fueran eso mismo, españoles, en lugar de daneses, bien entendido que en Dinamarca los electores encajarían con el mejor de los talantes los insultos de un Gorriaransen; insultos, por cierto, dedicados casi exclusivamente a quienes fueron promotores de UPyD en 2007.

Sea como sea, UPyD ha terminado enmarañado en una clamorosa contradicción entre el decir y el hacer. El ahínco con que ha subrayado las diferencias entre iguales no parece conciliable con el lema "Lo que nos une", y episodios como el de las 6 horas de repudio al eurodiputado Sosa Wagner se oponen a un compromiso de regeneración democrática que ya sólo puede ir entre comillas. Por si fuera poco, al verse cuestionados al respecto, Díez y su feligresía se han escudado precisamente en la democracia, del mismo modo que han desdeñado a Ciudadanos en nombre de la independencia.

Arrellanado en su ortodoxia, el partido que había de vertebrar la Tercera España ha quedado reducido a un bufete anticorrupción, mas ni siquiera explotando esa veta (a menudo, y en eso se parece a Podemos y Ciudadanos, de forma un tanto demagógica, conforme a las hechuras de un peronismo soft); ni siquiera invocando ese espantajo, decía, se ha granjeado Díez el favor del Pueblo, cuyos designios son, en ocasiones, tan inescrutables como los de Dios. O tal vez no. Tal vez todo sea más sencillo y, como le sucede a Rajoy, el Pueblo no la soporte.


Libertad Digital, 31 de marzo de 2015

Populismos

Ante el largo periodo electoral que se abre en España, conviene llamar la atención sobre la amenaza que suponen el populismo y el nacionalismo, si bien en puridad la frontera entre ambos es un tanto neblinosa, pues el nacionalismo, como se sabe, no es más que una expresión grotesca del populismo.

El germen de este último se halla en la idea, tan frívola como falaz, de que la Transición fue poco menos que una estafa, un pacto vergonzante entre las élites tardofranquistas y la casta progresista. El polvo, en fin, que ha traído estos lodos, es el cada vez más extendido soniquete de que las libertades que nos dimos en 1978 son, en esencia, un amaño lampedusiano, sin que ninguna de las mentes preclaras que difunde esa especie se atreva a aventurar qué desenlace convenía a la dictadura y, sobre todo, cuál habría sido el precio, en vidas humanas, de ese desenlace.

Henchidos de ligereza, los arietes del populismo se refieren a la democracia como "el régimen del 78", cual si éste fuera una mera extensión de la dictadura. Que algunos de esos arietes sean, además, profesores universitarios no sólo habla de hasta qué punto el relativismo se ha infiltrado en el conocimiento, sino también, y dolorosamente, del desprestigio de la universidad en España.
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Podemos es la expresión más elocuente de esa tendencia, pero no la única. En los últimos tiempos, y a rebufo del complutense estrépito, PSOE, PP y Ciudadanos han exhibido una retórica que rebasa el electoralismo (al cabo, un populismo de ocasión). Así, tras las inundaciones en el cauce del Ebro, Pedro Sánchez instó a Mariano Rajoy a que pisara el barro, reduciendo la política al gambeteo del #yotambiénsoy..., por el que uno elude los problemas haciéndose pasar por damnificado.

Sin salir del lodazal, no hay día en que la candidata socialista a la presidencia de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, no alardee de humilde, al modo como alardean las chicas de Podemos de haber puesto copas en agosto. Lo hace, además, en disputada riña con su adversario popular, Juanma Moreno, al que le resulta difícil aceptar que Díaz reúna menos méritos que él para gobernar la región. Siguiendo con el PP, el Delegado del Gobierno en Andalucía, Antonio Sanz, ha tratado de convertir el desprecio a un catalán en baza electoral. Y en cuanto a Ciudadanos, la candidata a la alcaldía de Madrid, Begoña Villacís acaba de precisar que los miembros de su formación no son políticos, sino gente, haciendo suyo el desdén por la política de que blasona el populismo, y olvidando que no es la política, sino su ausencia, lo que lleva a las instituciones al colapso. Entre tanto brochazo, no es raro que haya pasado inadvertida la noticia de que Xavier García Albiol, alcaldable del PP por Badalona, pretende el apoyo de sus convecinos para "seguir limpiando" la ciudad. "Ya me habéis entendido", remachó para los cortos de entendederas.

Del mismo modo que para un químico no existen las sustancias impuras, habremos de aceptar que la política es sucia. El populismo, no obstante, ha de ser una frontera, no una gradación.



Libertad Digital, 19 de marzo de 2015

viernes, 13 de marzo de 2015

Por qué lo llaman amor

La periodista Laura Fàbregas contradice en Crónica Global al pensador de cámara Francesc-Marc Álvaro, para quien la teleserie de TVE El Ministerio del Tiempo es un ejemplo de nacionalismo español. Según Fàbregas, no sólo no es así, sino que, puestos a exprimir la paranoia, el personaje más edificante de la trama es Amelia Folch, cuya ficha wikipédica reza lo siguiente: "Estudiante de finales del siglo XIX. De familia burguesa acomodada, es una de las primeras mujeres en acudir a la Universidad de Barcelona. Inteligente, con memoria fotográfica y trabajadora, es el cerebro del comando". Una catalana, en efecto. ¡Y lista! Por el contrario, el personaje del enfermero (madrileño) rezuma tosquedad, y el veterano de los Tercios de Flandes (no sé si toledano) representa, con su hombría patriotera, una suerte de contrapunto a cualquier indicio de modernidad.

Antes que los personajes, empero, llamaron mi atención las personas. No en vano, uno de los argumentos que el nacionalismo catalán empuña para subrayar que España (Resto De) no ama lo suficiente a Cataluña es la escasa consideración que tienen en Madrit por los profesionales catalanes. Veamos. El actor que da vida a este remedo de alatriste es el valenciano Nacho Fresneda, que cimentó su carrera en las series de TV3 El cor de la ciutat e Infidels. Otros integrantes del reparto son Josep Linuesa, Francesca Piñón y Mar Ulldemolins, habituales, asimismo, de los dramáticos de la televisión autonómica de Cataluña. No parece, en fin, que TVE relegue a la insignificancia a los actores catalanes. Ni a los actores ni a los directores: una de las realizadoras de El Ministerio... es Abigail Schaaff, cuya hermana, Anaïs Schaaff, integra el cuarteto de guionistas de la serie.

No son los únicos catalanes que aparecen ("que triunfan", se dice) en canales de ámbito nacional. Ahí están Sandra Barneda, presentadora de Un tiempo nuevo; Manel Fuentes, Àngel Llàcer, Mónica Naranjo y Carlos Latre, presentador y jurados de Tu cara me suena; o David Janer, Loles León, Carles Francino y Roger Berruezo, miembros del elenco de Águila Roja. Eso por no hablar de Sandra Sabatés, Dani Mateo, Risto Mejide, Jordi Évole, Santi Millán, Andreu Buenafuente, Mònica López... Catalanes todos. Lo que casi nos lleva a concluir que la televisión que se hace en España es un asunto esencialmente catalán. Y pese a esta evidencia, el nacionalismo continúa propagando la especie de que "en España no nos quieren", en el bien entendido de que no hay nada más reconfortante en esta vida que odiar al vecino, pero sin cargo de conciencia.



Libertad Digital, 12 de marzo de 2015

Luto, medio luto y mangotero del nacionalismo de progreso


Luto. El ex dirigente del PSC-ICV [rellenar] ha anunciado que abandona definitivamente el partido para iniciaruna nueva andadura política. La decisión llega tras meses de desencuentros con la ejecutiva respecto a la relación de Cataluña y el resto del Estado. [rellenar], que conservará su escaño en el Parlamento autonómico hasta el final de la legislatura, ha salido al paso de los rumores que lo sitúan en ERC-CiU, asegurando que, "en estos momentos", no se ve en otra fuerza. "No concurriré a los próximos comicios", ha insistido, "en las listas de ERC-CiU". Así y todo, el ya ex integrante del PSC-ICV ha abierto la puerta a la posibilidad de alcanzar acuerdos con otros partidos para ensanchar el espacio electoral del soberanismo de progreso. Preguntado por qué hará con el carnet del PSC-ICV, [rellenar] ha afirmado que "todo menos romperlo; he militado muchos años en este partido, más de 35. Y, por lo tanto, lo sacaré de mi cartera, que es donde lo llevo, y lo pondré con aquellos documentos que me parecen significativos de todo lo que he hecho en mi vida".

Medio luto. Los ex militantes del PSC-ICV [rellenar] [rellenar] y [rellenar] han presentado hoy en Barcelona las siglas de su nuevo partido. La formación, que se denominará [rellenar], pretende erigirse en referencia del soberanismo de progreso, después de la renuncia explícita de PSC-ICV a la fractura de España. El manifiesto fundacional de [rellenar], cuyo congreso constituyente se celebrará a comienzos del próximo otoño, aboga por la justicia social y por que Cataluña sea un Estado. Los dirigentes de CiU-ERC [rellenar] [rellenar] y [rellenar] arroparon a los ex militantes del PSC-ICV durante el acto, en la confianza de que hallarán una forma de colaboración "buena para Cataluña". De hecho, algunos de los ex dirigentes del PSC-ICV ya participan de modo regular en los órganos consultivos de CiU-ERC. Tal es el caso de [rellenar] y [rellenar],que desde enero son miembros de su Consejo Asesor.

Mangotero. El ex militante del PSC-ICV [rellenar] y secretario general de [rellenar] ha hecho público el propósito de esta nueva formación departicipar en las próximas elecciones municipales. Para ello, apuesta poralcanzar un "gran pacto" con CiU-ERC, y aspirar así a "una nueva hegemonía de progreso que tenga como ejes la emancipación nacional, social y democrática de los catalanes". El número 2 de CiU-ERC, [rellenar], ha suscrito el discurso de [rellenar], haciendo hincapié en "lo positivo que resulta para el proceso la convergencia en un mismo bloque de los partidos de país". La inclusión de [rellenar] en las listas de CiU-ERC en las pasadas elecciones al Parlamento europeo prefiguró el acuerdo entre ambas formaciones.

Libertad Digital, 6 de marzo de 2015

martes, 3 de marzo de 2015

Savateriana

De Fernando Savater se suelen destacar sus facetas de ensayista, catedrático de Filosofía e incluso miembro de la plataforma Basta Ya, como El País, en aquel infausto 6 marzo de 2006, anotó al pie de su enésimo alegato contra el terrorismo, previniendo así al lector del inexorable sesgo opinativo, ay, del articulista cívico. Por descontado, Savater es todo eso y algunas cosas más, tales como un sagaz connaisseur de la novela de aventuras o un extravagante frecuentador de hipódromos. No obstante, poco se habla de su valía como escritor. Le ocurre, aunque en sentido inverso, lo mismo que a Mario Vargas Llosa, de quien se ensalza su condición de literato y se infravalora la de pensador. (Las semejanzas entre Savater y Vargas no acaban aquí. No en vano, ambos han dedicado su obra a la defensa entusiasta y, por qué no decirlo, exaltante, de la libertad, y a ese empeño han consagrado también su vida cuando han venido mal dadas o las circunstancias lo han exigido. El primero, jugándosela frente a ETA; el segundo, saltando a la arena electoral frente al (pre)sátrapa Fujimori. Estamos, en suma, ante dos intelectuales que se han ganado a pulso el pleonasmo de comprometidos.)

En su más reciente compendio, ¡No te prives!, Savater pasa por el cedazo de su republicanismo los últimos acontecimientos de la vida política española: el cese de la violencia de ETA, la efusión independentista en Cataluña, el auge de Podemos, la abdicación de Juan Carlos I, la sucesión al trono de Felipe VI... Lo hace, como es habitual en él, mediante una prosa en que la pedagogía no se torna en arrogancia, la amenidad no se confunde con lo banal, la audacia no deriva en ocurrencia y la radicalidad no se convierte en adustez. Tal como recalcó Arcadi Espada a propósito de esta misma obra, hay pocos ensayistas que empleen la analogía con la maestría con que lo hace Savater, que es a la ética lo que Sabina al desamor.


Así, y ante quienes abogan por que las víctimas del terrorismo sean ignoradas a la hora de orientar la política del Gobierno, sostiene: "Cuando en los medios de comunicación se hace una campaña institucional contra los accidentes de tráfico, por ejemplo, suelen incluirse [...] testimonios de quienes los padecieron, fuese por una imprudencia propia o ajena. [...] Y aunque no sean los accidentados quienes vayan a encargarse de la DGT, nadie descalifica sus advertencias llamándoles resentidos". Frente a quienes reprochan al Gobierno que no mueva ficha para solucionar el problema catalán, resuelve: "Por lo visto, cuando a alguien le da un ataque de epilepsia, todos tenemos la obligación de agitarnos al unísono". Y ya célebre es su receta para los complejos que atenazan a la izquierda respecto a la españolidad: "Saber que se forma parte de una nación no supone obligatoriamente ser nacionalista, lo mismo que tener apéndice no implica padecer apendicitis". Como el lector habrá intuido, la cursiva del posesivo se debe a que el padre del aforismo es Julián Marías, en lo que constituye un préstamo que, en cualquier caso, resulta emblemático de otra de las grandes vertientes de Savater: la de divulgador.


And not least, esta savateriana restaría incompleta sin recalcar el valor del personaje como brújula moral. Disculpen la inmodestia, pero yo sé perfectamente lo que Vázquez Montalbán, el bueno de Manolo, habría opinado sobre el referéndum fallido del 9N, Pablito Iglesias o la concesión del balón de oro a Cristiano Ronaldo. Con Savater, en cambio, nunca sabré qué misterio nos trae esta noche. Y ahí, en esa expectación, radica la exacta diferencia entre el chisporroteo y la luz.



Libertad Digital, 26 de febrero de 2015

lunes, 23 de febrero de 2015

Memoria de los días brutales

El lanzamiento de Honestidad brutal, de Andrés Calamaro, fue recibido con cautela por la prensa especializada. La mayoría de los críticos convinieron en que se trataba de un trabajo singular, sí, pero se resistieron a estamparle de salida el matasellos de «genial», como si el hecho de que estuviera integrado por treinta y siete canciones impidiera concederle tal calificativo. «No hagamos nuestra la desmesura de Andrés», parecían decirse los tasadores, quienes, de forma paulatina y a regañadientes, acabarían dando su brazo a torcer. No en vano, esos treinta y siete temas conformaban una suerte de canto general en que todo, aun el más nimio de los ritornelos, parecía surgir del mismo fango que amasaron los Cohen, Dylan o Clapton. Calamaro había dado el muletazo con que sueñan los matadores, ese natural que da sentido a una vida.

Darío Manrique ha glosado la peripecia del cantante porteño en Honestidad brutal o la huida hacia delante de Andrés Calamaro, séptimo título de la colección Cara B, de Lengua de Trapo, dedicada a algunos de los álbumes de culto del pop-rock en español. El texto, un brioso documental de 163 páginas, no solo desvela la entretela del doble CD; además, obra el prodigio de que los calamaristas lo revisitemos bajo una nueva luz, no siempre más favorecedora.

Manrique Jr. también es seguidor de Calamaro, mas su retrorreportaje rezuma más frialdad que jabón, más flema que incienso; en él advertimos ese prurito de distanciamiento que suele timbrar al periodismo con mayúsculas, rara avis en un género en el que predominan las agónicas supuraciones de alabanzas, las diatribas de maníacos desairados y las tesis doctorales. A partir del testimonio de músicos, productores y periodistas, Honestidad brutal o la huida… da cuenta de cómo se gestó el disco que dio la puntilla a los noventa, una década marcada por la atonía y el trampantojo. Tal como expone el autor, Calamaro venía de grabar el pulquérrimo Alta suciedad, catorce temas que habían gozado de los parabienes de la crítica y del favor de los 40 Principales. En cierto modo, el porteño había cumplido el sueño de cualquier rock star: saciar al gran público a base de beluga. Otro en su lugar habría tratado de amarrar el resultado imitándose a sí mismo: él grabó Honestidad brutal.

Una de las preguntas que más frecuentemente formula y se formula Manrique es qué hubo detrás de la fiebre creativa que se enseñoreó de Calamaro, a qué deidad consagró aquella pulsión masturbatoria que, a caballo de Madrid, Miami, Buenos Aires y Nueva York, fue sembrando el planeta de himnos. La versión más aceptada entre la calamarería (y a la que parece abonarse Manrique) es que la ruptura con su pareja de entonces le sumió en un trance que tuvo algo de penintencia y fuga, de flagelo y redención. En ese arrebato, Calamaro se convirtió en un estudio de grabación ambulante, en una suerte de Amadeus tóxico que no cesó de escupir milagros a ritmo de fundición fabril. Cualquier cubículo, por precario que fuera, le servía para celebrar una kermés: una habitación de hotel, el salón de casa de un amigo, su propio domicilio… Las canciones que fueron cuajando no eran, parafraseando al poeta, un bello producto ni un fruto perfecto, pero al pegar la oreja a ellas uno oía el borbotón de las calderas del infierno. En el afán de conservar ese hálito primordial, esa preclara impureza, Calamaro las fue grabando tal cual; a pelo, sin edición ni postproducción. La maqueta era ya la canción.

El otro gran combustible del artista, en efecto, fue la cocaína, como evidencian las alusiones a la sustancia en «Te quiero igual» («me dejaste la ceniza y te llevaste el cenicero»), «Clonazepán y circo» («Mucho traje de fajina, pero sobra cocaína, / y con el precio que tiene, este lugar me conviene») o «Los aviones» («se acabó todo lo que había, / queda un cigarro mojado»). No obstante, y más allá de que la palabra misma se halle incrustada en tal o cual canción, lo que habla a las claras de que la coca fue a Honestidad brutal lo que la benzedrina a On the Road o el whisky a Post Office, es la querencia por el vicio que espolvorea la obra. A semejanza, por cierto, del otro gran disco de aquel año, ese 19 días y 500 noches con que Joaquín Sabina abrió la puerta grande de todas las plazas del mundo, y que compartiría con Honestidad Brutal, además de su impronta narcótica, su halo mesiánico, como de verdad revelada. Por lo demás, tanto Sabina como Calamaro eran ya artistas maduros, lo que no fue óbice para que se reinventaran, y que lo hicieran, además, siguiendo la estela del Camarón de La leyenda del tiempo, del Rafael Amador de Inspiración y locura, del Kiko Veneno de Échate un cantecito. Otros tres títulos, por cierto, que bien merecerían un cara-b. (Del de Sabina, al parecer, se está ocupando Julio Valdeón Blanco).

Honesto como el álbum al que rinde su escritura, Manrique admite que no logró que sus entrevistados se soltaran la lengua como él habría querido. Una y otra vez, topa con el mantra «ah, si yo te contara… pero eso no se puede contar». Un fracaso menor, no obstante, que nada tiene que ver con la canónica ironía de Bill Buford, que definió el reportaje como ese género en que alguien que pretende entrevistar a Mick Jagger da cumplida cuenta de por qué no pudo hacerlo. Manrique sí habló con Calamaro, aunque este no se prodigara en grandes revelaciones y aun relativizara la hipótesis del cherchez la femme. Nada de que asombrarse, si tenemos en cuenta que también relativiza la valía de su Honestidad brutal, un álbum que en los últimos tiempos parece inspirarle una cierta indiferencia. Lo que prueba que, en ocasiones, son los genios quienes menos facultados están para hablar de su genialidad. Qué sabrá este Calamaro, ay, de aquel Andrelo.


Jot Down, 19 de febrero de 2015